Capítulo 3 Sin llanto

Por Leonardo

Esperé a Valentina, ella no estaba en la casa y nadie me supo decir a dónde había ido.

Seguramente no fue muy lejos, porque a pesar de tener movilidad propia, ese viejo y destartalado automóvil, ni siquiera contaba con dinero para llenar el tanque de nafta. Yo me aseguré de eso, es que con el dinero de la mesada que mensualmente le depositaba, apenas podía cubrir algún pequeño gasto. No merece más.

Se casó conmigo solamente para no caer, junto a su familia, en la vergüenza de ser expulsados del círculo social donde pertenezco, ellos hicieron todo mal y cayeron en desgracia.

No se merecían ni siquiera mi saludo y Valentina… ella tampoco lo merecía.

Si hubiese sido una mujer distinta, hasta me hubiera enamorado de ella, a pesar de sus defectos, debo reconocer que era hermosa y que cuando la miraba, un deseo que no podía dominar se apoderaba de mí; me molestaba no poder contener lo que sentía, porque sabía que era una mujer interesada y trepadora.

Confieso que aun así, mi cuerpo reaccionaba a sus encantos.

Mi abuelo, con la estupidez que le dieron sus años, me exigió que para heredar el 51% del conglomerado de todas las empresas Valcárcel puso esa regla estúpida de que tenía que estar casado.

Eso era sí o sí.

No hubo manera de disuadirlo.

Había pensado en casarme con Isabella; ella era una mujer espléndida, emprendedora, se llevaba el mundo por delante, y cuando propuse su nombre, mi abuelo no lo aceptó y me impuso como esposa, a la nieta de un viejo amigo.

Al investigar, supe que su amigo estaba en la quiebra; es decir, mi abuelo pretendía que me casara con una arrimada. Aunque no estaba de acuerdo, no pude negarme a ese casamiento, porque era el precio a pagar para convertirme en el heredero mayoritario de las empresas que poseía mi abuelo.

El día que la conocí en la sede principal de las empresas de mi familia, ella llegó con su abuelo, que se abrazó al mío y le susurró “Gracias”, o al menos eso me pareció escuchar.

¿Le estaba haciendo un favor a su amigo? ¿Acaso estaba loco? ¿Eso valía para él?

Estaba indignado, consideraba que era injusto la imposición de casarme con esa mujer, aunque apenas la conocí, me imaginé tomándola sin control y ese deseo surgió en el instante en el que la miré.

Valentina era hermosa, se lo concedía, y su cuerpo tenía algo indescifrable, que me volvió loco, aunque no lo iba a reconocer en voz alta.

Tenía bronca y por eso la investigué y supe que estaban en desgracia. Mi conclusión no tardó en aparecer. Ella era una aprovechada, un parásito que no sabía hacer nada, más que conseguir un marido rico y eso conmigo no iba; esa mujer no sabía con quién se estaba metiendo.

Observé su comportamiento y parecía muy tímida, no dejaba de sonrojarse y bajar la mirada.

¿Jugaba a ser una damisela ingenua? Espero que al menos sea virgen, porque esas que son tan calladitas delante de su familia, suelen ser las peores.

Logré, después de negociar bastante, que el matrimonio durara solamente 5 años.

Nos casamos con una boda espectacular, la alta sociedad estaba allí.

Durante la ceremonia me comporté con Valentina como todo un caballero, por mi conducta, nadie duraría por la veracidad de ese matrimonio; sin embargo, todo cambió cuando terminó la noche, ya que le puse límites apenas puso un pie en mi mansión. Le prohibí acercarse a mi empresa y le dije que le iba a dar una mesada de 200 euros mensuales para sus gastos y fui más allá cuando le aclaré que, aunque estuviesen en la ruina, no me pensaba hacer cargo de su familia y que no iba a tener piedad al adquirir los locales que estaban en subasta, esos en los que hasta hacía poco, todo el mundo asociaba a las joyerías que su familia poseía.

Ellos aún tenían el prestigio de esos locales, pero estaban ahogados en deudas, por eso, fue muy fácil comprarlos a una cuarta parte de lo que valían.

También le aclaré que su familia no era bienvenida a mi mansión, ni una sola vez, ni por casualidad, porque sé cómo comienzan esas cosas y siempre es de a poco y cuando me quiera dar cuenta, los iba a tener de ocupas en mi casa.

Ya suficiente tenía con estar casado y mirarle la cara, aunque era hermosa, todos los días a mi mujer.

La mansión era enorme, por lo que le destiné un dormitorio del ala este, no era el lugar más templado, es decir, en invierno hacía demasiado frío y en verano mucho calor, era el único lugar de la casa que no había sido remodelado y el aire acondicionado se manejaba desde la caldera del hogar, por lo que yo lo manejaba a gusto.

Sabía que era cruel con Valentina, pero consideraba que se lo merecía.

El personal de servicio apenas le alcanzaba lo indispensable, sábanas limpias una vez por semana, etc., del aseo de su habitación se hacía cargo ella y solía comer en la cocina.

La humille de muchas maneras, pero no significaba que no la deseara.

Muchas veces me encontraba pensando en ella y como no estaba cómodo con eso, me ahogaba con algunos tragos, tampoco vivía conservado en alcohol, simplemente me gusta tener el control de todo y de todos.

Esas noches, en las que estaba pasado de copas, muchas veces entraba a su cuarto, ella me aceptaba, como lo hizo desde el primer día.

No tuvimos noche de bodas, esa noche salí a desahogar por ahí toda la impotencia que me producían las imposiciones de mi abuelo.

Ni siquiera sé porqué pienso en ella en este momento, pero al verla marchar hacia su dormitorio, con la cabeza en alto, algo se removió dentro mío.

No esperaba que ella leyera cada renglón del acuerdo de divorcio.

Esperaba llanto y ruegos y no obtuve nada de lo que hubiera querido, porque sí, me habría encantado que me ruegue, que se arrodille y que llore por mí.

Casi con integridad, me dijo que no quería ni un peso mío; sin embargo, quería que yo no me inmiscuya en sus cuentas en el extranjero.

Por poco y me río a carcajadas.

¡Ella era una muerta de hambre!

Podía comportarse como una dama en algunos banquetes a los que asistimos en el pasado, pero eso era resquicio de una vida pasada que ya no le pertenecía.

Mis abogados van a corregir sus absurdas peticiones.

¡Cuentas en el extranjero! ¡Cómo si algo de lo suyo valiera algo!

¿Y la vieja mina abandonada?

¡Eso no tenía ningún valor económico!

Mis abogados pretendían que yo me quedara con cada centavo y con todas las propiedades o bienes, por eso la incluyeron, a sabiendas de que era de ella y que era una mina abandonada, sin la posibilidad de poder extraer ni una piedra de fantasía.

¡Se la doy envuelta y con un moño de regalo y quedo como un tipo generoso!

El divorcio, gracias a su estupidez, me salió gratis.

Soy un verdadero genio en los negocios y tengo a los mejores abogados.

Ella no tenía ni peso partido a la mitad para pagar las costas del divorcio, por eso no podía pelear nada.

Estaba en la empresa cuando Valentina llegó.

No la esperé para salir juntos, quería ver como no llegaba a tiempo, con ese auto que se le debía descomponer cada dos por tres y que desentonaba al lado de mis vehículos, verdaderas naves, que lucían ostentosos en el gran garaje de mi mansión.

Jamás permití que ella manejara siquiera para dar una vuelta de manzana, algunos de mis lujosos autos.

Me encanta humillarla, para que le quede en claro su lugar.

Cinco minutos antes del horario acordado, entró a la sala de juntas de Valcárcel una Valeria desconocida, más parecida a la mujer que la noche anterior se alejaba de mí, con la cabeza en alto, sin una pizca de dolor y con aparente dignidad.

¿Qué está sucediendo?

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