Capítulo 4 Desconocida

Por Leonardo.

-Buenos días.

Saludó con mucho decoro, ese que no sé desde cuándo lo tiene.

No parecía esa simple mujer, que nada hacía de su vida y que pese a desearla, la despreciaba.

Esta era una mujer con una presencia marcada, era elegante y parecía muy segura de sí misma.

La desconocía.

¿Dónde estaba ese parásito que se casó conmigo por interés?

Algo no me cuadraba.

Quise creer que tampoco me importaba tanto, mi vida estaba resuelta, por otro lado.

Pronto me iba a casar con Isabella, ella sí era una mujer pasional, que sabía lo que quería y que me ayudaría a expandir la empresa.

Isabella es una mujer independiente, preparada, que desde hace bastante me acompaña a todos los eventos como mi asistente personal, aunque técnicamente en muchos de estos eventos, estaba ocupando el lugar de mi esposa.

No creí que a Valentina le importara ese detalle.

Ella estaba viviendo las consecuencias de ser interesada, de buscar en el matrimonio estatus y dinero.

Nunca quise analizar porque me molestaba tanto que esa mujer se haya unido a mí solo por interés.

Por otro lado, estaba Isabella, con su personalidad avasallante y su espíritu libre, era mi compañera ideal, no le importaba mi dinero, ni acceder a mi círculo social.

Mi asistente, antes de cada acontecimiento, comenzaba a hablar de los contactos que podríamos generar.

Se instalaba a mi lado, haciendo proyecciones de lo que lograríamos en cada reunión.

Se vendía como la mujer que yo necesitaba a mi lado y yo lo creía…

Volví a mirar a Valentina y realmente la desconocí.

Me asombró que haya venido completamente sola, sin la compañía de un abogado, aunque estoy seguro de que no podría costearse uno, ni siquiera uno de poca monta.

Era una mujer solitaria, no tenía ni una sola amiga, supongo que había perdido a sus amigas cuando su familia cayó en la desgracia de la pobreza y posiblemente no debió ser buena amiga. Eso lo pienso porque doy por sentado que todas sus amistades huyeron rápidamente.

Otro defecto más que se sumaba a la lista interminable de todos los que tenía.

No analicé cuáles eran sus otros defectos, pero sin dudas, eran muchos.

-Hemos corregido sus pretensiones, y queremos que le quede claro que eso fue posible por la generosidad del señor Leonardo Valcárcel.

-Se lo agradezco.

Sus palabras sonaron casi vacías.

Yo sabía que ella estaba pidiendo casi una limosna, y en todo caso lo único que quería era lo que legalmente le pertenecía.

Mis abogados sabían que Valentina no tenía los recursos para contratar a un abogado y que ella apenas podría comprender los términos legales de esos documentos.

Para asombro de todos, Valentina volvió a leer todas las páginas que mis abogados le extendieron.

Las leyó demasiado rápido, por lo que considero que lo hizo por arriba y sin entender nada.

-Este párrafo no deja en claro sobre las cláusulas de independencia total sobre el patrimonio individual de cada uno.

-¿Se refiere a la propiedad que era de su abuelo?

-Sí, pero también a cualquier otra propiedad que mi abuelo haya poseído y de la que yo, en este momento, no tengo conocimiento.

-¿Piensas que de repente va a aparecer un palacio para que vivas como una princesa?

Le digo yo, mofándome de sus modificaciones.

-¿Por qué no?

Su contestación me volvió a asombrar, definitivamente, no era la misma mujer que estuvo cinco años a mi lado.

-Dejé en claro, que todos los bienes inmobiliarios o móviles, o incluso minas llenas de diamantes, que puedan aparecer de su grandiosa herencia, serán únicamente de ella, que yo no tengo derecho a disputarle nada, que se los cedo, aunque cuesten millones de euros.

Les ordeno a mis asesores jurídicos y financieros.

Los abogados, comprendiendo mi sarcasmo, porque todos sabían sobre la posición económica de mi hasta ahora esposa, hicieron todos los cambios que ella pretendía y exageraron con los detalles.

Finalmente, ambos firmamos los documentos, que se presentaría ese mismo día en el juzgado.

Se leyó cada punto y fue filmado, para que no hubiera dudas y que Valentina luego no pudiera reclamar nada.

Cuando ya no quedaba ni un papel sobre la mesa, ella volvió a hablar.

-Por último, creo que me debes una última aparición en público.

Dijo, exigiendo tonterías como si estuviera en medio de una negociación a su favor.

-¿Por qué? ¡Ya estamos separados!

Luego de mirarme con condescendencia, me habló como si yo fuera un niño al que le tenía que explicar todo lentamente para que entienda.

-Esa aparición juntos sería el costo que las relaciones públicas exigen, la reputación de tu empresa, tu apellido y mi propio nombre siguen siendo importantes en el rubro que nos precede, y sería conveniente que les quede claro al círculo social al que pertenecemos, que nuestro matrimonio termina de manera amigable, es decir, de mutuo acuerdo. De esa forma no te verán como el culpable de la disolución de nuestro casamiento por ser un hombre infiel y por pasearte con tu amante en reuniones, dónde tendrías que haber estado acompañado por tu legítima esposa.

Sus palabras me asombraron, ¡No sonaba como la mujer que estuvo a mi lado durante cinco años!

No terminaba de entender por qué le importaría limpiar mi nombre. Aunque también habló de mantener su propia imagen a salvo, no lo dijo con esas palabras, pero sí con esa intención.

-Hasta serviría para limpiar el nombre de la señorita que estuvo a tu lado en cada reunión, aunque no correspondía que estuviera.

¿A ella le importaba no haber estado a mi lado todo este tiempo?

Sus palabras no terminan de hablar de sus emociones.

Definitivamente es una mujer fría… aunque por las noches, cuando entraba a su habitación… no tenía nada de fría.

Claro que le tuve que enseñar muchas cosas.

En un principio era inocente y no quería admitir que su inocencia me conmovió.

Quise reconfortarme de alguna manera, pensando que al menos me quedé con su virginidad.

Me asombré cuando comprobé su falta de experiencia, aunque me encantó ser el primero en su vida.

Estoy seguro qué, de alguna manera, la marqué a fuego.

En este momento, algo me incomodaba.

Nadie más la tuvo como yo y ahora, divorciada, no es más que una mujer marcada, se lo merece por interesada.

Nadie le va a ofrecer su brazo, nadie la va a llevar a un evento, mientras que yo me quedo con un premio mayor, que es el amor de Isabella.

-Ok, vamos a la gala benéfica juntos, y esa noche, con una amigable sonrisa, anunciamos nuestro divorcio.

-Perfecto.

-Si esto llega a ser un juego, para humillarme, o humillar a Isabella, te juro que no sales viva de allí.

-Mi única condición es que ella no esté ese día allí, y te puedo asegurar que no busco destruir mi imagen con un patético acto, no me interesa lo que hagas con esa mujer, tampoco en cuantas galas aparezcas con ella. De ahora en más, pero ese día el que no se tiene que humillar, eres tú.

Hay desprecio en sus palabras y yo no estoy seguro de lo que debía pensar.

¿Ella se atrevía a despreciarme a mí? Eso no tenía sentido porque ella es un parásito.

No hizo nada durante el matrimonio.

Claro que tampoco me enfrentó ni me reprochó cada vez que Isabelle aparecía a mi lado en público, dejándola fuera de mi vida.

Ni siquiera tenía personalidad, era una arrimada y ni siquiera se daba cuenta.

-Hasta el último día de nuestro matrimonio, voy a vivir en la mansión, en el ala este, como siempre, espero que la próxima señora Valcárcel, no se haga cargo del hogar hasta que me vaya.

¿No se daba cuenta?

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