Capítulo 6 Joyas y outfits

Por Leonardo

Bajé, con aparente tranquilidad, me bajé de mi lujoso auto, aunque tenía muchas dudas de lo que haría Valentina y eso me ponía nervioso.

No sabía cómo, Valentina, llegaría hasta el teatro y me estaba arrepintiendo, una vez más, de haber escuchado a Isabella, quién me aconsejó no salir de la mansión con mi mujer, para no crearle falsas expectativas.

Los documentos fueron firmados, por lo tanto, Valentina no tenía por qué hacerse ilusiones. Por otro lado, cuando le presenté los papeles de divorcio, ella nunca rogó por nada, no me pidió tiempo, no mostró dudas, no derramó ni una lágrima, aunque me hubiera encantado que lo hiciera. Su dignidad la demostró en todo momento. No podía dejar de pensar en como su comportamiento era distinto desde la noche de nuestro quinto aniversario. Quizás por eso, recordé que cuando estuvimos casados, me aceptaba en las noches cuando borracho, la buscaba con desesperación.

Me quedé petrificado con mi pensamiento.

¿Desesperado?

Debo confesar que nunca lo pensé de esa manera.

Tampoco en este momento voy a darle un nombre a las ganas que, a veces, tenía de estar con ella, porque aunque sencilla, era una mujer muy bella y fue mi mujer, por lo tanto era lógico tener sexo con ella…

¿Quién la traería? ¿Tendría dinero para un taxi?

Sería una deshonra que viniera en taxi.

Supongo que Isabella se estaba vengando por no acompañarme esta noche y trató de manejarme para que humillara por última vez a Valentina.

Estaba incómodo, pero hice lo que Isabella dijo, sabiendo que era la que se quedaba a mi lado.

Me doy cuenta de que cedo demasiado ante las peticiones, a veces absurdas o fuera de lugar a Isabella, peor tampoco es momento de pensar en eso en este instante.

Espero que no llegue con su viejo auto, avergonzándome aún más.

Estaba ansioso y asumí que la ansiedad era por el vehículo en el que Valentina llegaría y en su atuendo, interiormente sabía que jamás le había proveído un vestido para un evento de tal magnitud, ni siquiera uno decente, ni un par de zapatos, ni un bolso, nada, absolutamente nada, en ese instante recordé, lo que quizás fue el único reproche de Valentina cuando dijo que para mí, una amante merecía mucho más que una esposa.

Isabella, para mí, era mucho más que una amante, era…

No pude completar esa frase.

Un imponente Mercedes Clase S, serie E, que es un auto histórico, que se usa para traslados ejecutivos, era elegante y clásico; me sacó de mis pensamientos al frenar delante del histórico teatro.

No tenía idea por qué ese auto, en forma particular, llamó mi atención, aunque es mi automóvil preferido, sé qué vehículos así, hay decenas en eventos de esa categoría.

No aparté la vista de mi Mercedes favorito. Vi cuando el chofer abrió la puerta y del auto bajó una mujer elegante, exquisita, bella, sensual… tardé en reconocer que esa mujer de ensueño, era Valentina Ferrer, mi mujer… Mi exmujer.

Por un instante me quedé parado, casi petrificado, sin comprender lo que estaba viendo.

¿Cómo podía ser Valentina la mujer que, con tanta clase, estaba de pie tan cerca de mí?

Sin saber cómo, de repente, me encontré a su lado.

Quise saludarla, pero ninguna palabra salió de mi garganta; solamente le tomé la mano y la llevé a mi boca, en un gesto de caballero, que con anterioridad, jamás tuve con ella.

Besé su mano y no la había soltado, cuando vi en su dedo anular un anillo con una piedra increíblemente pura, que jamás había visto en ningún lado, sin embargo, bastaba mirarla para saber que era realmente una piedra preciosa con un valor descomunal.

La miré por más tiempo del que hubiera querido, buscando algún detalle que me dijera la marca o al menos algo sobre su creador, no pude reconocer nada de lo que estaba queriendo reconocer..

Valentina tiró suavemente de su mano, entonces yo levanté la cabeza y vi la piedra de su collar, que hacía juego con el anillo.

Busqué los ojos de Valentina, pero antes me encontré con su sonrisa, no era cálida, tampoco fría, solo era correcta.

Esta mujer no era la misma con la que estuve casado por cinco años.

Los flashes llegaron a nosotros y yo, instintivamente le ofrecí mi brazo, ella lo tomó en silencio, y juntos entramos en la gran gala.

Todo el mundo estaba pendiente de nosotros, hacía mucho que no asistíamos juntos a eventos de este tipo.

Los cuchicheos a nuestras espaldas, comenzaron.

Posiblemente muchos se preguntaban por qué, teniendo a esta aparición de mujer, yo me paseaba impunemente con Isabella, que aunque presentaba como mi asiste, todos sabían que era mi amante.

Me sentí estúpido.

Valentina se movía entre esa sociedad exclusiva, como si siempre hubiera pertenecido allÍ.

De hecho, antes de que su familia cayera en desgracia, ella debía moverse entre ese pequeño círculo, aunque, en ese entonces, Valentina era demasiado joven.

Quizás por eso no tengo recuerdos de ella.

En este momento, viéndola interactuar con hombres y mujeres que sin duda, la admiraban, me doy cuenta que quise romper toda su estructura, cuando ni siquiera supe que la tenía.

Luego de un rato, presté atención a su vestido y a sus zapatos, estaba vestida con diseños exclusivos, que obviamente no fueron comprados por mí.

¿Tendría un amante?

Ese pensamiento hizo que un frío intenso recorriendo mi columna vertebral.

No lo pensé dos veces, cuando las parejas comenzaron a acercarse a la gran pista de baile.

-¿Qué haces?

Me preguntó cuando la tomé del brazo.

-Bailemos.

-No es necesario.

-Ven.

Sin darle opción, la llevé al medio de la pista.

Ella no iba a dar un espectáculo, ya demostró que sabía comportarse como una señora.

-¿De dónde sacaste esas joyas?

Le pregunté luego de abrazarla, en lo que aparentaba ser un baile de esposos amorosos.

-¿Importa?

-Sí, a mí sí.

-No tendría que importante, porque no las compraste tú, su valor, es muy alto, pero no salió de tu presupuesto.

-Por eso, necesito saber.

-Ya no tienes derecho a saber sobre mis decisiones económicas, el acuerdo de divorcio está firmado y cada uno maneja su propio presupuesto.

-Tus joyas son de colección.

No pienso dejar el tema de lado, es importante para mí.

-Sí.

Asintió con seguridad, mirándome con seguridad y hasta con desafío.

-¿Son de una colección privada?

-Por supuesto.

-Nunca las había visto, ni siquiera vi algo similar.

-Es verdad.

Me dio la razón, sin contestar a mi pregunta y eso me estaba volviendo loco.

-¿De qué colección? ¿A quién les pertenece?

Me sonrió con desdén.

-A mí.

Sus palabras no tenían sentido.

-¿A ti? ¡Tú no tienes cómo pagar estas joyas!

Valentina sonrió, pero había frialdad en sus ojos.

-Eso no lo sabes.

Y mi pensamiento nubló mi razón, sintiendo que había perdido el control sobre ella, mis celos y mi ira, buscaron acusarla.

-¿Tienes un amante?

Pude ver el desprecio en sus ojos.

-¿Eres tan básico? ¿Es lo único que se te ocurre?

Levantó su rostro, lo hizo con orgullo, nunca le había visto esa actitud.

La que tenía delante mío, era una mujer con amor propio, sofisticada, desenvuelta, segura de sí misma.

Nuevamente pensé que nunca conocí a la verdadera Valentina.

-Dime quién hizo esas joyas o cómo las obtuviste.

-Simplemente, son mías.

-¿Quién te las regaló.

-¿Por qué piensas que tuvo que ser un regalo?

No comprendí su pregunta.

-¿De dónde sacaste el vestido? ¿Y los zapatos?

-¿Piensas qué soy Cenicienta?

No pude contestarle nada.

Dejamos de bailar y casi instantáneamente, un primo lejano, con el cuál unca me llevé muy bien, se acercó para saludarnos.

Apenas lo miré al darle la mano.

-Valentina, qué honor para mis ojos es verte a ti.

Lo miré asombrando.

No podía procesar sus palabras.

¿De dónde la conocía?

¿Desde cuándo?

Mi vista se nubló de rabia, sentí que quería agarrar a trompadas a mi primo, decirle que se fuera, que no tenía derecho a hablar con mi esposa, que ella era mía.

Nada de eso tenía sentido, me quedé quieto, sin pronunciar palabras, pero me di cuenta de que mis nudillos dolían de tan fuerte que los tenía apretados.

No pude reclamar nada, estábamos allí para anunciar la disolución de nuestro matrimonio y realmente me sentí un imbécil al sentir que mi corazón palpitaba con angustia al pensar en el divorcio.

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