Capítulo 1 El CEO
— Rosa, hazme el favor de vestirte un poco más rápido y ponerte los zapatos para irnos. — grité y mi voz se expandió por todo el departamento.
Era viernes, y aunque ya estábamos cansadas de la rutina de toda la semana, no era razón para ser perezosas y llegar tarde. Rosa, mi hermana de dieciséis años era una impuntual de primera, pero yo; no podía hacer la misma gracia o la casa y nuestra vida se vendrían abajo.
— Estoy lista, solo necesito que me pongas esta apretada corbata, otra vez. — gruñó Rosa llegando hasta mí.
Yo, me encontraba envolviendo nuestros desayunos en papel de aluminio para comerlos en el camino.
— Es parte de tu uniforme, tienes que adaptarte a ella. Vuélvete su amiga, te complicas demasiado.
— Ay Emely, no empieces. Es muy temprano como para que me estés regañando.
— Listo. — canté victoria dejando que ella asintiera y fuera a ponerse los zapatos.
— Vámonos ahora mismo o vamos a llegar tarde como los demás días. Ponle seguro a la puerta, que si es por ti nos roban toda la casa y no te das cuenta.
— Que exagerada, deja tus vibras malas.
Dejo a Rosa en su instituto, y nos despedimos con un beso en la mejilla.
Sigo mi ruta, tomando la avenida para regresar y llegar más rápido a la fábrica que queda un poco al norte de la ciudad.
Llego a la empresa después de quince minutos y dejo el auto en el estacionamiento, es un Chevrolet spark azul, que resalta entre todos los demás negros y elegantes, un auto que pude comprar después de tres años trabajando en la empresa y me pongo feliz cada vez que recuerdo que lo tengo.
— Buenos días Julián! — saludo al guardia con la mano y entro a la empresa taconeando y luciendo el tierno vestido rojo que compré hace unos días para cerrar el viernes con buen humor.
— Buenos días Emely, te ves muy hermosa — Francisco, mi compañero de trabajo sonríe y camina junto a mí, mientras voy por el pasillo que me llevará hasta la oficina de marketing.
— Muchas gracias, debe ser por el color rojo, creo que me sienta un poco bien... — respondo casi llena de vergüenza y mis mejillas se calientan de inmediato cuando observo algunas miradas puestas sobre mí.
— El rojo te queda genial, siempre estás perfecta. — dicta y yo me río.
— Ojalá pudiese estar siempre perfecta, pero creo que me despeino cuando tengo que hablar con esos periodistas.— confieso entrando a la oficina de marketing para buscar unos papeles que me ha encargado el dueño de la empresa, José Montés.
Un hombre tierno, cariñoso y para nada modesto. Humilde en cada palabra y gesto, casi me hace desear que fuese mi padre.
— Son entrometidos, ¿Cuándo no? Ellos meten la cabeza siempre dónde nadie los llamó, su trabajo sí que es horrendo. — Francisco se sacudió como si aquello le hubiese dado Grima.
Entramos en la oficina y busqué los papeles para después salir con el detrás. Me acompañó hasta mi oficina de relaciones públicas con mi nombre estampado en la puerta.
Al abrir, una figura masculina fué lo primero que observé. Sentado en mi lugar de trabajo, con papeles en la mano y un lapicero bien acomodado entre sus dedos. Tez blanca, barba, alto. Presumido, podía deducirlo.
¿Quién era?
¿Iban a despedirme...?
Francisco respingó al mirarlo. Y me hizo señas para que yo entrara a la oficina. Me dejó allí dentro y dió media vuelta yéndose de prisa del lugar.
— Buen día, Señorita Emely. — Alzó su cara de los papeles permitiéndome tener una vista completa de su rostro.
Era maravilloso. Como un ángel caído del....
— Buenos días, ¿Quién es usted? ¿Por qué está dentro de mi oficina?
— ¿No sabes quién soy? Me sorprende su ignorancia.
Jamás había visto un hombre como el. Me refería a lo estúpido, claramente.
— Si lo supiera créame que no lo preguntaría. — acote acercándome al escritorio donde el se encontraba sentado plácidamente, en mi silla.
Me inquietaba un poco su confianza, era amenazante. Imponente. Atractivo. Deje la cartera en el escritorio.
— ¿Esta muy desocupado el día de hoy?
— Veo que, como relaciones publicas es un poco, altanera.
—Scusa tanto...— el italiano salió a relucir. Empezaba a enojarme.
— Veo que le gusta el humor.
— Y a usted tomar cosas que no son suyas.
— ¿Cómo cuáles?
— Hoy, como todos los días, vine a mi puesto de trabajo y usted, señor, esta ubicado en la silla incorrecta, del lado incorrecto.
Me senté en la silla frente a el cruzando los brazos, demostrándole que no me amedrentaba. Siempre llegaban tipos empresarios como él tratando de hacerme sentir inferior, amenazando con sacarme de la empresa.
Su rostro se giro con suavidad hacia un lado. Algo en mis mejillas se encendio, mis dedos hormiguearon en mi regazo.
— Lo escucho, señor.— puntualice. — Va a moverse de mi oficina, o va a decirme que es lo que por un demonio quiere.
— Gonzalo Soler. Dueño de Impermi.
— Impermi. — repetí. Buscando el nombre en mi cabeza, ese que, había visto en algún lado hace nada. Solo que no lograba recordarlo. — Sea mas directo.
— ¿Qué pasa? — me reta poniendo una sonrisa bajo sus mejillas. — Sino quiero irme no lo hare. No te gustara saber lo que pasara si me voy de aquí ahora.
— ¡¿Me esta amenazando?!
— Le advierto.— juguetea con su barba, dejando que sus manos caigan hasta el escritorio. — Su vestido está perfectamente confeccionado, ¿Dónde lo compró?
— Señor Soler, su conversación esta tomando el rumbo equivocado. ¿Qué es lo que le pasa por su obscena cabeza? ¡¿De verdad desea una demanda por acoso sexual en su expediente?! — lo mire directo a los ojos.
— Lo que intento decir, no tiene nada que ver con su vida personal. El vestido que usted lleva puesto, fué confeccionado en mi marca de ropa. Y aún lleva puesta la etiqueta, por cierto. No sabia que valía tanto.
— ¿Qué caraj...— traté de girar el cuello y verme pero no alcance.
Rosa no me dijo nada.
— Cuando vuelva, espero ya no este aquí. — dije.
Y acto seguido di un portazo saliendo de la oficina.
