Capítulo 5 Miradas

Llegamos a un complejo privado. Habíamos viajado al rededor de treinta minutos. En una ciudad tan grande, era difícil no perderse. Pero estábamos en Op. Uno de los complejos privados mas costosos de la ciudad. Exclusivo para magnates.

Bajamos del auto cuando se estacionó frente a un gran jardín. Era una mansión hermosa. Combinada al estilo romano y cierto modernismo. Sus espacios eran impecables. Las luces hacían figuras por doquier, casi volvían los problemas tan pequeños, que jamás iban a alcanzarnos.

— Esto parece Disney. — Rosa murmuro mientras dejaba que su cuello se estirara en todas las direcciones. — Es demasiado linda esta casa. — afirma.

— ¿Y a ti que te parece? — Gonzalo pregunto.

Mantuve mi lengua a raya. Quería proteger a rosa de el mundo exterior. Y de lo que sea que sucediera conmigo cuando perdía el me hacia perder el control.

— Estas calmada. — Soler dejo sus manos dentro de los bolsillos.

Abrace la manta contra mi cuerpo. El aire fresco me daba contra las costillas.

— Si. ¿Qué esperas que haga? ¿Seguir gritando? — le di una mirada de odio.

— Fred.

— Señor. — el chófer lo busco rápidamente acercándose a nosotros con mucha elegancia.

Me sonrió amablemente y no pude devolverle el gesto. Estaba incomoda, molesta, desnuda.

— Enséñale a la chica el jardín, y dale algo para arroparse. — Ordenó señalando a Rosa.

— Iré con ella. — me encamine hacia mi hermana con rapidez.

— No, tu vendrás conmigo. — el CEO tomo mi brazo sosteniendo mi andar bajo sus dedos.

Me zafe de su agarre con molestia y lo aleje de mi.

— ¿Cuál es tu problema? — sisee bajo. Estaba harta de sus provocaciones.

Si, esas malditas sensaciones de que me gustaba recorrían mi piel, y las partes más absurdas de mi cerebro. Pero estaba siendo totalmente un cretino.

— Hablaremos. Deja de ser la niñera por un segundo y vuelve a tu rol de empleada. — levantó su barbilla para enseñarme con todas las letras que el tenía el control. — Se coherente.

— Eres un imbécil.

— Y tu haces berrinches más que tu hermana. No tienes doce años, Emely.

— No respeto a personas que creen que por tener dinero pueden acabar con la vida de los demás. — y aunque, me parecía atractivo el hecho de estar en su casa, me volvía loca saber que estaba en medio de una guerra solo por haber conocido a la persona equivocada.

— Sino quieres hablar conmigo, no te obligare. Lo último que quiero es que continúes despotricando por toda la casa. — pasaría de mi, para irse a dentro. — No tolero mas gritos hoy.

Rosa y Fred caminaron por el lugar, a muchos metros de nosotros pero aun podíamos verles. La mansión era grande, y la iluminación era maravillosa.

— No puedo creer que encima quieras hacerte la víctima. — le dije cruzada de brazos.

— Hablemos entonces. — su paciencia parecía estar a nada de acabarse.

— Adelante, Gonzalo. Estoy esperando que empieces. Te escucho.

— Me agradaría que te pusieras una camisa primero, aun puedo ver tus tetas ¿Sabes? — sonrió con malicia dejando que sus ojos se pasearan por mi cuello hasta bajar a mi pecho. Ese que, me obligaba a cubrir de cualquier forma.

— ¡¿De verdad estas viendo mi pecho?! Degenerado.

— No es como si te esforzaras tanto en cubrirlo. — se acercó a mí.

Su nariz casi perfecta, sus ojos oscuros, su cabello peinado hacia atrás.

De repente me imagine dejando que mis manos tocaran sus hebras, que deslizaba mis dedos entre ellas. Esa idea se volvió lejana, cuando recordé lo que estaba sucediendo.

— Me gustaría que me dijeras algo. — dijo suavemente a pocos centímetros de mi rostro.

— Empieza a soltar la lengua, Gonzalo.

— ¿Te crees muy fiera? — me tomo por la cintura con rudeza. — Respondona. Grosera y gritona. ¿No te cansas?

Intente soltarle sin hacer un escandalo pero fue en vano. Mi pecho comenzó a acelerarse. Estaba nerviosa, ansiosa. Temía, una parte de mi sentía miedo.

Y la otra... la otra quería que no me soltara, inexplicablemente.

— Suéltame, Gonzalo. — mi voz sonó más como una súplica que como una orden, y me odié por eso.

— Dime que tienes miedo. — sus dedos se hundieron más en mi cintura, no lo suficiente para lastimarme, pero lo suficiente para hacerme entender que no me iba a soltar. —Dilo y te dejo ir.

— No tengo miedo de ti. ¿Es tan difícil entender que no te tengo miedo? Ni a ti, ni a nadie.

— Mentira.— sonrió. Esa maldita sonrisa que hacía que todo se viera como un juego. Menos un juego.

— ¡No me provoques! — empujé su pecho con ambas manos y retrocedí dos pasos, tropezando con el borde de la fuente del jardín. El agua salpicó mis pantorrillas y casi pierdo el equilibrio.

Gonzalo no se movió. Me miró como si estuviera observando a un animalito acorralado. Como si supiera exactamente lo que yo iba a hacer antes de que yo lo supiera.

— Ya te solté. — dijo con calma. Se metió las manos en los bolsillos del pantalón y dio un paso atrás. — ¿Contenta?

— No. No estoy contenta.— me aparté el cabello de la cara con furia.

— Entonces busca como estarlo. No vas a perturbar todo con tu incertidumbre.

Gilipollas.

— Un hombre entró a mi casa con un cuchillo y un arma porque tú le diste algo que yo ni siquiera sé qué es. Mi hermana está involucrada. Perdí mi auto. Y ahora estoy aquí, con un desconocido. ¿Crees que quiero hacer una fiesta?

— No, Emely. Pero mantener la compostura en una situación asi, seria lo mas adecuado.

— Lo hare.

— Hazlo.

— Has que toda esta mierda acabe ya, quiero volver a mi casa.

— Eso hare.

— Estás aquí porque yo soy el único que puede protegerte.

— ¡No te necesito!

— Ya. — asintió con sarcasmo.—Claramente no me necesitas. Por eso estabas temblando en tu sala con un arma en la cara, ¿no?

No porque fuera falso. Sino porque era tan malditamente cierto.

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