Capítulo 6 Y se va, sin decir mas.

Tragué saliva y bajé la mirada al suelo. La manta que me cubría se deslizó un poco de mi hombro y la subí con rabia. El frío de la noche no ayudaba, y mi cuerpo seguía marcado por los golpes. Moretones que no quería que él viera. Moretones que, de alguna forma, él había causado sin siquiera tocarme.

— No es justo. — susurré.

— La justicia no existe, Emely. — su tono cambió. Ya no era burlón. Era, vacío. Como si hubiera aprendido esa lección de la forma más dura. — Solo existen las decisiones. Y tú ya tomaste la correcta al subir a mi auto.

— No fue una decisión. No tenía otra opción.

— Exactamente. — dijo, y caminó hacia la puerta principal de la mansión sin mirarme.—  A veces no tener opciones es la mejor opción. Entra, Hace frio.

— No me des órdenes.

— No te estoy dando una orden. — se detuvo en el umbral y giró solo el rostro hacia mí. La luz de la entrada dibujó sombras en su mandíbula. — Te estoy dando un techo. Uno que no tiene un cuchillo clavado en el sillón. ¿O quieres volver ya para que tu hermana termine de ver al hombre que casi te mata?

Quedé muda. Odiaba que tuviera razón.

Odiaba más que cada vez que abría la boca, me hiciera sentir que yo era la niña y él el adulto. Que yo era la que no entendía nada y él el que lo sabia todo. Esa arrogancia me quemaba la piel.

Entré detrás de él. La casa era tan imponente por dentro como por fuera. Techos altos, mármol blanco, cuadros enormes que probablemente costaban más que cinco años de mi salario. Un escalera helicoidal se alzaba en el centro como la columna vertebral de aquella fortaleza.

— Te mostraré tu habitación. — dijo mientras caminaba sin esperar mi respuesta.

— ¿Mi habitación? ¿Voy a tener una?

— ¿Qué esperabas? ¿Qué durmieras en el jardín?

— Esperaba una explicación, la verdad. Es lo que he estado esperando desde que empezó todo esto, desde que apareciste en mi vida. Y desde que decidiste que, estaríamos en medio de tu jodida vida.

Se detuvo en el primer escalón. Lentamente, se giró hacia mí.

—¿Quieres una explicación?

— Quiero la verdad.

—La verdad es peligrosa, Emely. Más peligrosa que el hombre que entró—  bajó un escalón. —Más peligrosa que lo que sientes cuando te toco.

Mi corazón se detuvo.

— Yo no siento nada cuando me tocas.

— Otra mentira. — bajó otro escalón. Estaba a tres de mí.— ¿Quieres que te demuestre lo que sientes?

— No me toques.

— No te estoy tocando. —levantó ambas manos a la altura de su pecho, mostrándome que no me estaba rozando. — Y aún así estás respirando como si lo hiciera.

Llevé la mano al pecho sin pensar. Mi respiración estaba agitada. Pero no era miedo. Era... otra cosa. Y eso me aterraba más que cualquier cuchillo o cualquier arma.

— Eres arrogante. - fue lo único que pude decir.

— Y tú eres terca. Y nada, solo juego. Tranquilízate, policía de la paz. Tienes un corte aquí. — finalmente miro mi cien, debia tener ciertos rasguños.

— Es del...

—Lo sé, de qué es. — su pulgar recorrió la línea del corte con lentitud. — No volverá a pasar.

— No puedes prometer eso.— escupi con rabia.

— No estoy prometiendo. su voz bajó hasta convertirse en un susurro que sentí más en mi estómago que en mis oídos.— Estoy dictando.

Y antes de que pudiera responder, se alejó como si nada. Como si no hubiera dejado mi cuerpo entero vibrando con solo dos palabras y un roce.

— Sígueme. — ordenó subiendo las escaleras.

Lo seguí. No porque quisiera. No porque él me lo pidiera. Sino porque en ese momento, con los moretones punzando y la imagen de Rosa llorando quemándome la mente, la única dirección que tenía era hacia arriba. Hacia él. Hacia aquella mansión que olía a sándalo y a algo más que no podía nombrar. Algo que sabía a peligro.

— Esta es tu habitación.— abrió una puerta al final del pasillo. Era enorme.

Una cama king size con sábanas grises, una ventana que daba al jardín iluminado y un baño propio que parecía de hotel cinco estrellas.

— Rosa está al lado. Fred le trajo ropa y algo de comer.

— Gracias. — dije, y me sorprendió que la palabra saliera de mi boca sin rabia.

Gonzalo asintió y se apoyó en el marco de la puerta. Me observó en silencio por unos segundos Sus ojos oscuros recorrieron la habitación y luego volvieron a mí.

— Hay ropa en el armario. Es nueva. — dijo.

— ¿Compraste ropa?

— Cuando estábamos en camino, la dejaron aqui, algunas personas de mi confianza. - se encogió de hombros como si fuera lo más normal del mundo pedir ropa para una desconocida en medio de una crisis. — Tu talla. Lo supe por el vestido de aquel día en cuanto te conoci.

— ¿Qué?

— Impermi confeccionó tu vestido. Conozco cada medida de mis diseños. —dijo, y la esquina de su labio se curvó.— Cada una.

El calor subió desde mi cuello hasta mis orejas como una ola de lava.

— Eres...

— ¿Un degenerado? — completó mi frase con mi misma palabra. — Ya me lo dijiste.

— No me arrepiento, muchas veces si pareces serlo, sin ofender.

— No espero que lo hagas.—  su sonrisa desapareció. — Descansa.

Mañana hablaremos precisamente de lo que hoy, sucedio.

— Y de todo lo que viene con él. Gonzalo.

Se detuvo en el pasillo sin girarse.

— ¿Qué es el collar?—  pregunté.— De verdad. No sé nada.

Un silencio largo. Tan largo que pensé que se había ido sin responder.

— Yo sé que no.— dijo finalmente. Su voz sonó diferente. Más baja. Casi...

humana. — Pero él no lo sabe. Y eso es lo que te pone en peligro.

— ¿Por qué me busca a mí entonces?

— Porque eres una parte importante.

— Esto es como un rompecabzas.

—Solo descansa.

Y se va, sin decir mas.

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