Capítulo 3 Capítulo 3

Llego en tiempo récord a casa de Georgina, donde trabajamos. Su departamento es amplio y ella vive sola, ya que su hijo acaba de ir a la universidad. Georgina es una mujer joven y muy vivaz; la conozco de una clase de yoga de la cual ambas salimos como alma que lleva el diablo porque no es para nosotras. Y aunque Georgina es unos años menor, tuvo un hijo siendo muy joven y su esposo era un hijo de puta que terminó en prisión por posesión de drogas, y que la usaba como saco de boxeo cuando estaba hasta las pestañas.

Algo muy diferente a mi historia. Yo me casé, dejé mis estudios; años después llegó Barbie y mi vida se resumió en ser la esposa y madre perfecta hasta que ese esposo me engañó con una veinteañera y la embarazó. Perdí mi matrimonio, mi autoestima y la seguridad en mí misma cuando se la llevo una chica de veintitrés años. Tuve que lidiar con la venta de la casa, un divorcio algo doloroso en su momento y una adolescente quejumbrosa, y ella está así por mi decisión porque el colmo del descaro con Owen fue cuando me dijo: «Voy a tener un bebé, lo aceptas o me largo». ¡Claro que no iba a aceptar semejante afrenta! Pero Barbie… ella me ve como la mala de la historia. La maldita que echó a su padre de casa y ahora vive con una mujer joven y su bebé.

—¿Quieres que llevemos las fotografías de anoche? —inquiere Georgina sacándome de mi ensimismamiento.

Levanto los ojos del portátil y veo sus ojos ámbar viéndome con atención.

—Sí, creo que es lo más sofisticado que tenemos. Miro el reloj y me doy cuenta de que apenas tenemos tiempo de llegar. —¡Gigi! ¡Es muy tarde! Andando. —Me pongo de pie, tomo mi bolso y mis tablet.

Georgina hace lo mismo mientras toma su abrigo porque afuera está lloviendo.

Un día más en Seattle.

Dejamos su departamento y cuando subimos al elevador aprovechamos para arreglarnos un poco; Georgina y yo somos como el día y la noche. Ella es de ojos ámbar y cabello color miel, un poco más baja que yo, mientras que yo tengo ojos y cabello negro, el último un poco más debajo de la barbilla, que me da un toque más elegante, o al menos eso quiero creer. Ajusto el traje de camisa y falda que llevo color blanco, asegurándome de que me veo perfecto, y hago una mueca cuando noto uno de los botones de mi camisa flojo.

—Es el mejor que tengo —me quejo antes de negar y cerrarme la chaqueta del traje.  —Cuando lleguemos debemos ser certeras —espeto a Gigi mientras me pongo mi propio abrigo.

—Seremos un jodido huracán —asiente con una sonrisa genuina. —Somos un dúo perfecto. Ya lo veras.

Así es.

Subimos a mi auto y solo ruego que no nos deje a medio camino como otras veces ha sucedido

—Vamos, jodido. Arranca que vamos tarde —asevera Georgina, sabiendo cómo se las gasta.

—Con cariño, Gigi. Sabes que McQueen es sensible —la miro antes de girar la llave; ruego que encienda y Georgina resopla. —¡Eso! —celebro cuando el motor cobra vida.

Atravesamos las calles del centro de la ciudad y me siento aliviada de que estamos a tiempo.

Contengo el aliento cuando llegamos al imponente edificio con letras en plateado que dice Armstrong & Callahan Luxury Imports. Gigi y yo intercambiamos una mirada antes de enderezarnos y avanzar al interior.

—Joder, ¡me pica un pezón! —susurra mientras el ascensor de cristal sube hacia el piso ejecutivo.—Eso queire decir que se acerca dinero.

La miro con una expresión divertida.

—¿No es cuando te pica la palma de la mano?

Ella bufa y hace un gesto con la mano restandole importancia.

—Un pezon, la palma de la mano. Da igual.

La ignoro porque habla sin parar cuando está nerviosa. Me quito el abrigo, arreglo el saco de mi traje y reviso mi reflejo en el espejo una vez más. Maquillaje impecable, postura firme y la mente centrada en el negocio.

—Violet, este lugar es absurdo —susurra Georgina emocionada, mirando a través del cristal la vista de la ciudad—. Si cerramos esto, aseguramos la agencia por todo el año.

—Lo cerraremos —afirmo con seguridad, aunque en el fondo mi estómago es un nudo de nervios—. Solo mantén la calma y deja que yo maneje la negociación.

Las puertas del ascensor se abren directamente en un vestíbulo de lujo con pisos de mármol negro. Una recepcionista impecable nos atiende de inmediato.

—Señora Grimm, bienvenida. El señor Armstrong la está esperando en su oficina. Su asistente puede esperar en la sala de juntas de apoyo con el equipo técnico para revisar los planos del salón.

Georgina me lanza una mirada de sorpresa, pero se recupera rápidamente y me guiña un ojo antes de seguir a un chico del personal. Yo respiro hondo, ajusto el agarre de mi bolso y abrigo antes de caminar hacia las imponentes puertas de madera oscura que la secretaria me señala.

«Tú puedes hacerlo, Violet». Me repito mentalmente antes de tocar dos veces con los nudillos.

—Adelante —resuena una voz desde adentro.

Una voz profunda, grave, con una vibración que me resulta familiar y que me eriza los vellos de los brazos al instante.

Giro la manija y empujo la puerta. La oficina es enorme, con ventanales de piso a techo que dominan todo el horizonte. Y detrás de un escritorio de nogal macizo, vistiendo un impecable traje oscuro de tres piezas, está él.

El hombre de anoche…

Theron.

Se toma su tiempo para subir la mirada de los documentos que revisa. Cuando sus ojos azul grisáceo se clavan en los míos, esa sonrisa de medio lado, cargada de superioridad y picardía, vuelve a dibujarse en sus labios.

—Vaya, qué puntualidad —dice, poniéndose de pie con la elegancia perezosa de un depredador que sabe que su presa acaba de caer en la red—. Bienvenida, Violet.

Me quedo clavada en el umbral, apretando la mano contra mi pecho mientras mi mente procesa la escena a toda velocidad.

«¡Sabía que no era un simple invitado, pedazo de tonta! ¡Es el dueño de su propio circo!», me grita mi conciencia a modo de bienvenida.

Trago saliva, recupero la compostura a la fuerza y doy un paso al frente, haciendo sonar mis tacones contra el piso con la cabeza en alto.

—Usted... —Suelto, manteniendo la voz lo más fría y profesional posible—. El señor Armstrong.

—En carne y hueso.

«¡Diablos! Siento que se nos caen las bragas, Violet», hago una ligera mueca.  «Piérdete, sí. No te necesito». Respondo a mi inoportuna y nada elegante conciencia.

Miro a Theron Armstrong y pongo mi mejor sonrisa profesional.

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