Capítulo 5 Capítulo 5
La sensación de Theron me acompaña por unas horas más y debo espabilar porque no estoy para esos.
Georgina y yo pasamos el resto de la tarde metidas en su departamento, rodeadas de bocetos, listas de proveedores y tablas de Excel. Mientras más hablamos y más detalles desglosamos, más caemos en cuenta de la magnitud real de esto. Es un proyecto colosal. Por momentos, un frío helado me recorre la espalda y el miedo visceral de no estar a la altura, de meter la pata o de que la pequeña agencia pueda colapsar me embarga por completo.
—¡Hey, mírame! —me repite Georgina cada vez que me ve hiperventilar sobre la laptop—. Eres una maldita genio organizando cosas. Si pudiste sobrevivir a una gala en tiempo récord, a un puñado de personas no te van a tumbar. Lo vamos a lograr.
Sus palabras me devuelven el aire. Al final de la tarde, cuando recojo mis cosas y manejo de regreso, la mezcla de agotamiento y entusiasmo me tiene flotando junto a la idea de qué preparar de cena para Barbie y para mí.
Sin embargo, toda la paz se desintegra en un segundo cuando doblo la esquina de mi calle y veo el auto de mi exesposo aparcado justo frente a mi entrada.
Resoplo con fuerza, apoyando la frente contra el volante un segundo. «Por supuesto. Ha sido un día demasiado bueno como para no tener que verle la cara a Owen».
Estaciono en mi lugar, tomo mi bolso y avanzo hacia la casa. En cuanto me acerco a la puerta principal, alcanzo a escuchar su voz desde adentro, interrogando a Barbie sobre mi evento de anoche con ese tono inquisitivo que tanto aborrezco.
Abro la puerta de un tirón.
—¡Buenas noches! —digo con un tono alegre y vibrante, intencionalmente exagerado porque sé perfectamente cuánto le molesta que no lo reciba con drama. Clavo mi mirada en él—. Si quieres preguntar por mi trabajo, puedes preguntarme a mí directamente —suelto a modo de saludo.
Los ojos cafés de Owen me estudian con el ceño profundamente fruncido desde el centro de la sala. A su lado, Barbie está sentada en el sofá con un tazón de cereal entre las manos.
—Hola, mamá —saluda Barbie con su habitual tono de «mírenme y no me toquen».
—Hola, cariño. ¿Qué tal la escuela?
Ella solo hace un gesto con los hombros que se interpreta como un claro «meh».
«Su capacidad comunicativa me sorprende cada día más», pienso con pura ironía.
Dejo mi bolso en el sofá cercano y avanzo a paso firme hacia la cocina. Escucho los pasos pesados de Owen seguirme de cerca. Abro el refrigerador, ignoro su presencia un segundo y saco una botella de agua helada.
—Vine a llevar a Bárbara a cenar fuera —dice, cruzándose de brazos cerca del marco de la puerta.
Asiento, tomando un trago largo de agua.
—Qué bien. Deberías hacerlo más seguido.
—Sí, es que Abby... ella se fue con la bebé un par de días a visitar a su madre y… bueno, sabes que no le gusta mucho que venga aquí.
Miro a Owen con detenimiento mientras habla. Dios mío, no puedo evitar pensar en qué demonios estaba pensando cuando decidí casarme con este idiota. ¡Ah, sí! Ya, lo recuerdo. En su momento, Owen era cariñoso, atento, todo un caballero. No era el más guapo del lugar, pero me ganó con sus atenciones. Pero mi esposo perfecto se volvió un imbécil y terminó por engañarme, no sin antes echarme la culpa a mí de toda la situación.
Puedo superar que haya sido un pésimo marido. Lo que no pienso aguantar bajo ninguna circunstancia es que sea un mal padre.
Suelto un suspiro pesado y miro por encima de su hombro, asegurándome de que nuestra hija siga en la sala y no esté escuchando esto.
—¿Me estás diciendo que para ver a tu propia hija tiene que ser a escondidas de tu mujer? —murmuro con severidad—. ¿De verdad eso es lo que me estás queriendo decir?
Él resopla, rodando los ojos.
—Violet. Vine a verla, ¿no?
Asiento.
—Por supuesto. Porque venir a verla o llamarla de vez en cuando es lo normal, ¿cierto? Owen, Barbie todavía está resentida por la separación. Si pasaras más tiempo con ella, sería ideal para que no sienta que la estás abandonando.
—Si se siente abandonada es por tu culpa —suelta sin arrugarse.
—¡¿Mi culpa?! —exclamo en un susurro furioso, inclinándome sobre la barra—. ¿Acaso yo fui infiel? ¿Acaso yo embaracé a una jovencita? —inquiero con sorna y él solo me mira—. ¿Qué pensabas? ¿Que seríamos felices los tres? ¿Que seríamos tu harén y tú un jeque árabe con sus mujeres? —bufo, mirando al techo—. Vete a la mierda, Owen.
—No. —Replica indagando. —Al menos habríamos intentado solucionar nuestro matrimonio.
«Hay personas descaradas y luego está este hombre». Suelto una risa vacía.
—Tú habrías seguido con tu aventura o quizás con otra mientras yo me quedaba en casa. ¡Claro que sí, don Comodín! Estarías sentado en el sofá del salón viendo tu móvil y tu maldito partido de fútbol en la televisión mientras yo te preparo la cena, te lavo los calzones y tú me preguntas si llevé tus trajes a la tintorería. Yo te diría que no porque resulta que no solo eres tú en esta familia, y no tuve tiempo. Entonces, tú me mirarías con tu expresión come mierda y me preguntarías: «¿Qué hiciste hoy que no pudiste llevar mis trajes?». Porque me convertí en tu madre, en tu sirvienta, y dejé de ser tu esposa. Tu amante. La mujer que se supone debiste haber amado y respetado. Así que sí, Owen Page. Es mi culpa no querer seguir siendo la maldita alfombra de la casa, el adorno sobre la repisa.
—Eres una maldita dramática —escupe resentido—. Sabes, ¡por eso te engañé! Porque siempre estabas inconforme.
—¡Ding! ¡Ding! ¡Ding! —canturreo en voz baja, aplaudiendo con sarcasmo—. La respuesta clásica de un idiota que jamás asume sus culpas. Así que no me jodas. Lleva a tu hija a cenar, haz que se sienta amada y a mí déjame con mi "descontento".
Me acerco a la alacena y saco una bolsa de arroz para empezar a cocinar algo para mí sola.
—Por cierto, si lo que quieres es que te ruegue por la pensión del mes para Barbie, siéntate a esperar. Pero ponte cómodo, porque te saldrán raíces, Owen Page
Lo fulmino con la mirada. Él se remueve incómodo en su lugar, evidentemente acorralado, antes de dar media vuelta a toda prisa.
—¡Barbie, ponte tu abrigo, nos vamos! —grita desde el pasillo con un tono urgente. Le he dado justo en el clavo, pero sé que volverá por más. Es una espina constante en mi costado.
—Mami, iré con papá a cenar —dice Barbie apareciendo en el marco de la cocina.
—Me parece bien, cariño. —Me acerco y dejo un beso en su mejilla. Ella, fiel a su costumbre, hace una mueca de fastidio—. La quiero aquí a las diez, tiene clases mañana —le recuerdo en voz alta al glorioso padre.
Segundos después escucho el portazo de la salida.
