Capítulo 6 Capítulo 6

Estoy parada frente a mi armario con las manos en las caderas, resoplando por quinta vez en diez minutos mientras el desastre de mi vestidor amenaza con engullirme por completo. Me pongo con cierta prisa un traje sastre de pantalón y blazer en un tono neutro, pero al girarme frente al espejo de cuerpo entero, el aliento se me atora en la garganta.

«Mi culo se ve enorme en esto», pienso de inmediato, sintiendo un bochorno repentino que me sube por el cuello.

Me quito el traje de un manotazo lleno de frustración y lo arrojo sobre la silla. Busco algo más y tomo un vestido recto de punto. Me lo deslizo por la cabeza, dejando que la tela caiga, pero en cuanto me pongo de perfil frente al reflejo, arrugo la nariz con un profundo malestar. El tejido suave se adhiere a la línea de mi cintura y me parece notar hasta el más mínimo relieve de mi abdomen.

—Carajo... ¿Desde cuándo me importa tanto cómo la ropa abraza mis curvas? —susurro al espejo.

Finalmente, doy con un vestido azul oscuro. Tiene mangas cortas, un escote cuadrado muy elegante que enmarca mis clavículas sin revelar de más y una falda en corte A que se ajusta a mi cintura y cae con una fluidez perfecta sobre mis caderas, disimulando cualquier imperfección y resaltando mi figura de manera sofisticada. Me veo una última vez, soltando un largo suspiro de alivio al ver que la prenda parece encajar.

Para rematar el conjunto, me inclino sobre la zapatera y saco unos tacones color nude de diez centímetros. No son precisamente mis favoritos para trabajar, pero hoy necesito proyectar la mejor versión de mí.

—Es por imagen —susurro para convencerme, ajustando la correa del zapato derecho mientras sostengo el equilibrio contra la pared.

«Sí, claro, por imagen. Seguro que no tiene nada que ver con el par de ojos azul grisáceo», me suelta mi conciencia con su habitual tono ácido y sarcástico. «A otro perro con ese hueso, Violet. Que nos conocemos».

—Cállate —murmuro entre dientes, apretando los labios.

Satisfecha o medianamente satisfecha con mi reflejo, tomo mi bolso y un abrigo grueso, porque afuera el cielo de Seattle está cubierto por una capa densa de nubes grises y el viento helado promete un día inclemente.

Dejo mi casa a toda prisa y me deslizo en el asiento del conductor de mi auto, giro la llave en el contacto con la prisa marcándome el pulso y el motor tose. Hace un ruido ahogado, metálico y patético, y se apaga por completo.

—Vamos, McQueen —farfullo apretando el volante con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos.

Giro la llave una vez más. Nada. El maldito auto se ha ahogado por completo.

—¡No me hagas esto! —exclamo, dando un golpe frustrado contra el volante.

Cierro los ojos un segundo, echando la cabeza hacia atrás contra el reposacabezas mientras el pánico empieza a arañarme la garganta. Resignada y maldiciendo, salgo del auto de un tirón, recojo mis pertenencias y me regreso a toda prisa al interior de la casa, donde pido un taxi por una aplicación segura, rogando en silencio a cualquier divinidad piadosa que la unidad llegue lo más rápido posible porque el reloj no se detiene y ya estoy descaradamente retrasada.

Quince minutos después, por fin veo los faros del taxi recortarse contra la lluvia incipiente fuera de mi ventana. Salgo volando de la casa, me deslizo en el asiento trasero y le doy la dirección al conductor con la voz entrecortada. El trayecto hasta el centro se me hace eterno y cuando el taxi se detiene frente a la imponente fachada del Fairmont Olympic, prácticamente salto del vehículo antes de que termine de frenar por completo y corro hacia el vestíbulo del hotel, resoplando por la carrera nada elegante que acabo de protagonizar sobre diez centímetros de tacón.

Y entonces, lo veo.

Theron está sentado en uno de los sofás de cuero del salón principal, viéndose perfecto. En ese preciso instante, levanta la muñeca y consulta la hora en su reloj. Ese gesto simple me mortifica aún más, encendiendo una chispa de culpa abrasadora en mi estómago.

Trago saliva, me obligo a erguir la espalda y me acerco con pasos que pretenden ser seguros, aunque por dentro me sienta temblar como una hoja al viento. En cuanto la distancia entre los dos se acorta, él levanta la cabeza. Sus ojos me encuentran en el aire, clavándose en mí con una intensidad tan profunda que me hace estremecer de manera inconsciente, enviando una corriente helada y caliente a la vez por toda mi columna vertebral.

Se pone de pie con la elegancia fluida y perezosa de un depredador que domina su terreno, recortando los últimos metros que nos separan.

—Violet —dice a modo de saludo, con esa voz grave y cavernosa que me retumba en el pecho.

Antes de que me dé cuenta de lo que está haciendo o tenga tiempo de reaccionar, se inclina ligeramente hacia mí y deja un beso suave y cálido en mi mejilla, muy cerca de la comisura de mis labios.

Es un gesto de intimidad tan natural, como si fuésemos amigos de toda la vida o algo más. Me aclaro la garganta a toda prisa, dando un medio paso disimulado hacia atrás para recuperar mi espacio y mi cordura.

—Lo siento... Realmente lo siento mucho —empiezo a atropellarme con las palabras, sintiendo cómo las mejillas se me encienden de vergüenza—. Tuve un problema terrible con mi auto... Sé que es completamente poco profesional de mi parte.

Theron me escucha en silencio. Asiente despacio mientras sus ojos recorren detenidamente mi rostro, bajando por el cuello de mi abrigo hasta detenerse en mis ojos.

—Entiendo —responde con una pausa calculada—. ¿Pero todo bien?

—Sí, por supuesto —me apresuro a decir, con la voz un poco más alta de lo normal y el tono atropellado por la adrenalina—. Podemos ir a ver el salón de una vez si lo deseas.

—Relájate, Violet —dice suavemente, con un matiz cálido—. De hecho, yo acabo de llegar. Tuve una reunión que se extendió más de la cuenta y, ya que mi socio no está en el país ahora mismo, no pude pasarle la pelota para estar aquí a tiempo.

Una pequeña sonrisa de alivio se me escapa de los labios mientras siento cómo la tensión de los hombros empieza a ceder gradualmente.

—¿Vamos? —hace un gesto elegante con la mano, indicándome el camino hacia el pasillo lateral que conduce a los salones de eventos.

Apenas damos unos pasos, siento cómo su mano derecha se posa con suavidad en mi espalda baja. La presión de sus dedos es firme, posesiva pero respetuosa, y juraría que puedo sentir la calidez abrasadora de su palma atravesando la tela gruesa de mi abrigo y la del vestido, directo a mi piel.

«¡Esto no es nada profesional, Violet!», me digo en un grito silencioso y desesperado dentro de mi cabeza.

«¡Chitón! Solo avanza y disfruta el recorrido, estúpida», replica mi conciencia sin el menor pudor, dándole un manotazo a mi sentido del decoro.

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