Capítulo 3 03

Tuve que hacerme una rutina para organizarme mejor. Me compré una libreta y comencé a anotar todo lo que era importante, o no debía olvidar. Incluso tuve que aprender los tipos de flores que su madre adoraba, ya que dos veces por semana debía encargar un arreglo floral para ella.

Lo bueno era que Caín era el tipo de persona que seguía una rutina específica, así que fue fácil memorizar sus horarios de comida, el tiempo que se tardaba en hacer ejercicio y salir de casa, ya que de eso dependía la hora en que llegaría a la empresa, y así, para ese momento, ya tenía un café negro sin azúcar listo sobre su escritorio.

Eficiente era mi segundo nombre, así que no sería despedida tan fácil.

—¿Hola? —respondí al llamado de la chica de recepción. —. Entendido.

Salí de mi cubículo para ir con prisa a su oficina, toqué un par de veces la puerta y esperé a que me permitiera pasar. Su respuesta estaba tardando mucho, y yo solo golpeaba el suelo insistentemente con mi pie, esperando a escuchar su molesta voz.

—¡Adelante! —dijo, finalmente.

No esperé ni un segundo, y me apresuré a ingresar.

—¿Qué quieres? —me preguntó, sin despegar la mirada de su pantalla.

Solté un bufido al verlo, porque no estaba haciendo nada importante, solo estaba ahí sentado, así que nada le impedía dejarme pasar antes. Solo deseaba tenerme como una idiota de pie frente a su oficina.

—Su socio viene a verlo.

—¿Hamilton? —inquirió, alzando la mirada para verme con sorpresa y molestia. —. ¿Por qué no me informaste antes?

Abrí la boca con indignación, conteniéndome para no responderle que era su culpa por haberme dejado esperando afuera tanto tiempo.

—Ya puedes marcharte. —me dijo, recargándose en su asiento y rebufando.

Puse los ojos en blanco, y me retiré para volver a mi sitio. Arreglé todo a mi alrededor, me senté erguida y esbocé mi mejor sonrisa para recibir a la visita.

El señor Harold Hamilton salió del elevador, junto su hija Fresia. Mi mirada viajó sin disimulo de aquel hombre, hacia la audaz, y muy traviesa chica de hermosa cabellera rojiza que caminaba aferrada a su brazo. La joven de diecinueve años lucía realmente hermosa con un vestido negro ceñido a su cuerpo, cuyo largo llegaba unos centímetros arriba de sus rodillas; estaba sexi, pero formal.

No era la primera vez que los veía, en especial a Fresia, ya que acostumbraba a visitar a Sloan cada dos días, sin falta, según había entendido, para que éste le instruyera en la forma y manejo de las empresas… era algo así como su mentor.

No tenía idea de cuál era el trato entre Hamilton y Sloan respecto a eso, lo único que sabía era lo que podía ver con mis propios ojos, en la forma en que mi jefe se comportaba cuando ellos estaban cerca; les tenía respeto, en especial a Fresia, no la veía con lujuria, ni deseo, y siempre se comportaba como un caballero.

Pero no diría lo mismo de ella.

—Venimos a ver a Sloan. —dijo la joven, con aquel brillo que siempre tenía en los ojos cuando llegaba a la oficina.

—Sí, él los espera. —dije, invitándolos a pasar. Mi mandíbula dolía, debido al tiempo que permanecí forzando mi sonrisa.

Ella giró la cabeza hacia su padre y chilló con emoción, encogiéndose de hombros, en lo que ambos se dirigían hacia la oficina de Sloan. Y no se me pasó desapercibida la manera en que, al estar más cerca, ella comenzaba a emplear un caminado sexi que consistía en un exagerado contoneo de caderas.

Tal parecía que no era un secreto para aquel hombre que su hija se sentía atraída por su socio, y no le resultaba un problema. Pero, pobre chica, tan bella y enamorada de una bestia.

Tomé mi celular para distraerme un momento, aprovechando que ellos hablaban, y esbocé una sonrisa al encontrarme un mensaje de Byron, mi amigo, informándome que nos visitaría ese día, y llevaría pizza. Aquel hombre sabía cómo hacernos feliz. Le respondí que me parecía perfecto, y luego le escribí a mi amiga para pedirle que consiguiera algunas cervezas.

Esa noche la pasaríamos como cuando estábamos en la universidad.

—¡Jaden!

Me sobresalté al punto en que mi celular voló de mis manos, luego de oír aquella áspera voz. Con el corazón latiéndome a mil, alcé la mirada, encontrándome con los Hamilton yendo de salida, mientras Sloan permanecía de pie frente a su puerta, con los brazos cruzados.

—A mi oficina. —demandó, antes de darme la espalda e ingresar nuevamente.

Cerré los ojos con fuerza, dándome un par de bofetadas mentales. ¿Cómo había sido tan descuidada? Siempre era cuidadosa de que él no me viese holgazaneando en horas de trabajo, para evitar su enojo.

—Jefe, le juro que nunca tengo el teléfono en mano en horas laborales; lo que pasa es que recibí una llamada de emergencia de…

—No me interesa, Jaden —me dijo, mientras avanzaba hacia su escritorio, aflojando su corbata.

Se veía más irritado que cuando sus socios llegaron.

—B-Bien —garraspé, intentando que mi voz no saliera temblorosa. —. Pero es Jade, sin la “n” al final, ya que eso cambia por completo el sentido de mi nom…

—¡Cierra la boca! —gruñó, frustrado, y se quitó la corbata. —. ¿Tienes auto?

Fruncí el ceño en confusión ante su pregunta, pero al mismo tiempo negué con la cabeza.

—¿Y sabes conducir?

Esa vez asentí.

—Bien, tendrás que ir a mi casa.

Tragué grueso… ¿su casa?

—Tengo una cena benéfica con los Hamilton, así que necesitaré que vayas, y me consigas un traje más formal.

Abrí la boca con la intención de responderle, pero de mis labios no salían más que incoherentes balbuceos.

—Toma —me aventó sus llaves, las cuales gané en el aire. —. El auto tiene el GPS programado, te dirá dónde está mi casa. El portón se abrirá cuando llegues, y la puerta no tiene seguro. Mi habitación es la última a la izquierda… ahora ve.

Asentí con frenesí, y me apresuré a salir de su oficina antes de que me gritara. Una vez que crucé la puerta, solté todo el aire que ni yo sabía que tenía contenido, y pasé las manos por mi falda de tubo para secar el sudor, literalmente estaba temblando.

¿A su casa? ¡Cielos! ¿desde cuándo aquello era parte de mi trabajo?

Resoplé, una vez que el miedo menguaba, el enojo me invadía y el odio hacia aquel hombre iba en aumento. Enviarme a su casa a traer un traje, como si fuese su sirvienta personal, ya iba más allá del límite.

Renegaba mientras bajaba en el elevador, salía del edificio y llegaba hasta el estacionamiento, pero dejé de renegar un momento al ver aquel lujoso auto de color negro, y tragué saliva, nerviosa, mientras me subía en él.

Guau, era el auto más limpio y oloroso en el que me había subido a lo largo de mi vida.

No sabía su marca, pero casi todo en su interior era digitalizado. Comencé a rezar porque no terminara yendo a chocar contra otro auto, o la acera. También temía rayarlo... la verdad era que el único auto que había conducido era la vieja minivan de papá.

Renegaba mientras iba de camino, conduciendo más lento que una abuelita mayor, renegué cuando me perdí y el GPS me hizo dar mil vueltas, pero dejé de renegar cuando llegué a su casa.

Lo había conseguido.

—¡Toma eso, Caín! —exclamé triunfante, cuando estacioné el auto en la acera.

Una vez que estuve frente a ellos, como él dijo, los portones eléctricos se abrieron para darme paso. Tragué saliva cuando divisé una enorme casa de color negro, y dos plantas, cuya estructura era moderna, y las paredes que daban al frente, de cristal.

Comencé a andar sobre aquel verde y bien cuidado pasto del patio delantero, admirando todo aquello, en lo que me dirigía hacia la entrada. Tal parecía que Caín no tenía aprecio por la privacidad, ya que a través de sus paredes podía ver su sofisticada sala de estar y mucho más… ¿Quién era su decorador de interiores? Quizás haría un milagro en mi apartamento.

Me detuve en seco cuando me pareció escuchar un gruñido, y rápidamente comencé a ver a los lados, manteniéndome cautelosa.

¿Era posible que él tuviese un perro? No, de ser así seguramente me hubiese advertido… ¿O no?

Giré la cabeza hacia el extremo derecho de la casa luego de oír otro gruñido, y mi corazón dejó de latir por segundos al ver, no uno, sino tres perros de la raza Gran Danés, con aproximadamente ochenta centímetros de altura, en color negro… cielos, eran realmente altos, se veían salvajes, y los tres tenían sus orejas punteadas hacia arriba, estando tan alertas como yo.

Lentamente coloqué mis manos al frente, y con las palmas extendidas, murmuraba “lindos perritos, lindos perritos”, en lo que comenzaba a dar pasos cortos, yendo de espaldas en dirección a la entrada.

Llevaba tacones, así que, al dar un paso en falso sobre aquel pasto verde, mi pie se torció, haciéndome perder un poco el equilibrio con un movimiento en falso que provocó que los perros comenzaran a ladrar. Un grito de horror brotó de mis labios al verlos venir en mi dirección, por lo que no lo pensé ni un segundo y comencé a correr por mi vida, gritando como loca, en lo que intentaba llegar a la puerta antes de ser devorada por aquellos canes.

Tropecé nuevamente, y el tacón de mi zapato se quebró, pero no tenía tiempo para detenerme a pensar en lo que estaba pasando, por lo que solo me levanté y seguí corriendo. Tomé la perilla de la puerta y abrí de golpe, adentrándome en aquel lugar para luego cerrar de un portazo y apoyarme contra aquella superficie de madera color pintada de negro.

Mi respiración era entrecortada, mi pecho subía y bajaba de manera súbita y el aire que salía de mis fosas nasales era tan caliente que quemaba en la comisura de mis labios. Todavía no podía creer que hubiese podido escapar con vida de aquello, y que él no me advirtiera que tenía tres enormes perros en su casa.

—¡¡Maldito Caín Sloan!! —exclamé a todo pulmón.

¡Maldito bastardo!

Capítulo anterior
Siguiente capítulo