Capítulo 6 06
Caín Sloan
Los incesantes y fuertes gemidos femeninos inundaban mis oídos, combinados con el sonido de nuestros cuerpos chocantes y el chirrido de la cama; el calor, el sudor, y la adrenalina que corrían por mis venas en aquel momento me incitaban a embestir sin piedad a la mujer que se encontraba bajo mi cuerpo, boca abajo, mientras sus manos se aferraban a mis piernas, ya que me encontraba con las rodillas a sus costados, y sus uñas se hundían en mi piel, rasguñándome.
Estando a punto de llegar al éxtasis, se removió con desespero y juntó las piernas, flexionándolas hasta enlazar sus tobillos tras mi espalda, en lo que se apoyaba con sus manos en palmas sobre el colchón para intentar incorporarse.
—¡Ah! Caín, espera. —pidió, cuando me apoyé sobre ella, sujetándola de las muñecas, para obligarla a mantenerse recostada.
Posé mis piernas sobre las suyas, bajándolas hasta que quedó tendida sobre la cama, y comencé a embestirla con más fuerza, lo que provocaba que el sonido de mi pelvis chocando contra su trasero resonara en aquellas cuatro paredes, hasta que alcanzó el ansiado clímax, temblando debido a los espasmos que invadían su cuerpo.
Solté un ligero gruñido al llegar también, y me incliné hacia ella para encajar los dientes en su hombro, besando y succionando su piel.
—Por todos los cielos —gimió, hundiendo la cara en las sábanas. —. No me canso de esto, eres grandioso.
Me dejé caer junto a su agotado cuerpo, deshaciéndome del látex que cubría mi miembro, y apartando el cabello húmedo de mi frente.
—¿Qué dirían tu padre, y prometido, de oírte decir eso? —inquirí, girando la cabeza para ver a la mujer morena que se encontraba a mi lado, cuyos largos rizos cubrían su rostro.
—Mi padre me desheredaría, seguro —soltó una carcajada, en lo que se sentaba para alcanzar su bolso y tomar una caja de cigarrillos. —. Y respecto a mi prometido, pues, para comenzar nuestro matrimonio será debido a un arreglo entre él y mi padre.
Arqueé una ceja, y me incliné hacia ella para arrebatar el cigarrillo de sus labios.
—No fumes, te lo he repetido mil y un veces. —dije, lanzándolo lejos.
Sus ojos marrones me vieron carentes de humor. Rodó los ojos y dejó el bolso nuevamente sobre el buró, para luego atar su cabello rebelde en un moño alto, con algunas hebras sueltas.
Tomó su teléfono celular después de que este sonara con un mensaje entrante, y decidió reproducir aquella nota de voz en alto, lo que me permitió escuchar de la cita que tenía en unas cuantas horas con el hombre que se convertiría en su esposo.
—Lo único que puedo agradecerle a mi padre de este acuerdo, es que al final mi prometido resultó no ser un mal tipo. Aunque es demasiado lento, ¡por todos los cielos! —comentó, volviendo a recostarse boca abajo. —. A pesar del tiempo que llevamos juntos ni siquiera es capaz de posar su mano en mi espalda baja, o de tocarme el trasero, al menos para darme a entender que tiene un interés sexual en mí —resopló con frustración, antes de girar el rostro en mi dirección. —. Qué bueno que estás aquí llenando ese vacío —dijo, y se acercó para dejar un beso en mi pecho, entrelazando su pierna con la mía. —. Ustedes dos complementan al hombre perfecto; él es tierno y atento, mientras tú, eres carnal, salvaje y desenfrenado. —comenzó a dibujar el contorno de mi abdomen con la yema de su dedo.
—¿Y qué harás cuando tengas que elegir entre el amor, y el salvaje desenfreno? —le pregunté, arqueando una ceja.
Me miró a los ojos, y torció una sonrisa.
—De mi parte eso nunca pasará, depende de ti —comentó, sonriendo con descaro. —. Así que lo único que terminaría esto, será que alguien logre derretir ese témpano de hielo que tienes por corazón, y hasta ahora no hay señales de que eso pueda pasar, porque sigues muy renuente a abrirte con las personas.
—No estoy de humor para conversaciones—comenté con simpleza, y me puse de pie. —. Me voy a casa.
—Hablo en serio Caín —dijo, sentándose en la cama. —. Llevamos mucho tiempo viéndonos a escondidas, cualquier otro ya habría sentido el mínimo afecto, pero tú, me sigues teniendo registrada como sexo casual, y ni siquiera te inmutaste cuando te dije que me casaría con un socio de mi padre.
—Porque no es de mi incumbencia —respondí serio, girándome para verla. —. ¿No quedamos de acuerdo en que esto era sexo y nada más?
—Así es, y lo tengo muy en claro, por eso no reprocho. Fuiste tú quien me preguntó sobre tener que elegir, y así surgió el tema —soltó un bufido. —. Lo único que digo, es que de mi parte jamás terminaría con estos encuentros. A veces fantaseo con hacerlo en un lugar que no sea una habitación, quisiera probarte en un espacio público, o incluso en tu oficina. Se lo comenté a tu secretaria la otra vez.
—Y fuiste muy indiscreta —reclamé al recordar aquel hecho. —. Reconoció tu apellido. ¿Tienes idea de los problemas en que me metería, especialmente con los Hamilton? Harold es mi socio mayoritario, no puedo perderlo.
—No recuerdo haber dicho mi nombre —frunció el ceño. —. Pero seguro a ella no le pareció importante, ya que no intentó chantajearte como lo hizo tu secretaria número… Ya ni recuerdo. —se recostó, estirando las piernas. —. Tu actual secretaria es…
—Un verdadero fastidio —concluí por ella.
Y no mentía, la tal Jaden era realmente irritante; comenzando por el hecho de que siempre estaba feliz, sin importar qué. Saludaba todo el tiempo con aquella patética sonrisa en sus labios, destellando alegría y haciéndome irritar en gran manera.
Aparte de que la última vez se atrevió a llamarme desgraciado.
—Pues, a mí me agrada. —comentó.
Solo eso me faltaba.
—No solo a ti. Hace unos días me fastidió, así que la envié a la veterinaria para buscar a…
—¿Ra, Seth y Anubis?
Asentí con la cabeza.
—Y mi madre decidió acompañarla, ya que al parecer le cayó muy bien.
—Eres imposible —ella rio, negando con la cabeza. —. Siempre usas a tus perros para castigar a esas pobres chicas. Oye, ¿en serio piensas despedirla solo porque es muy alegre?
—Pese a que me irrita su presencia, no la despediría. He de reconocer que es buena en su trabajo. —concluí.
Miré mi reloj de mano, y me di cuenta de que ya era tiempo de salir de aquel lugar. No era la primera vez que asistíamos en un hotel, nuestro primer encuentro fue en uno, así que no hubo problema en buscar otro lugar que fuese privado al enterarme que mi madre había decidido quedarse conmigo unos días.
Rebeca y yo nos conocimos en una fiesta de empresarios, y no dudé en llevarla a la cama aquella misma noche. Era osada, audaz y ardiente, la pasé muy bien con ella; sin tener la menor idea de que se trataba de la hija de Stain, el más grande rival de mi empresa. Una vez que lo descubrí, y supe que ella era consciente de dicha rivalidad y que no le importaba, decidimos convertir aquello en un juego de puro placer.
El riesgo a ser descubiertos era el afrodisiaco de aquellas aventuras. Aunque lo que más me excitaba, era tener segura la satisfacción de algún día poder ver a Stain a la cara, con una sonrisa prepotente, y decirle lo buena que era su hija en la cama.
—¿Caín? —su voz llamó mi atención, así que giré la cabeza para verla.
Seguía recostada en la cama, viendo con atención la pantalla de su celular.
—¿Hiciste socio de tu empresa a H&J? —cuestionó, y presionó los labios para no reír. —. Por Dios, nadie hace trato con ellos, son pésimos, aparte de que en cualquier momento se declararán en bancarrota.
Fruncí el ceño en confusión, en lo que terminaba de ponerme mis zapatos. Tomé mi teléfono celular y encontré el comunicado que H&J había hecho a la red de empresas.
¿Socios de Sloan BC Company? No entendía qué carajo significaba aquello si yo jamás…
Abrí los ojos de par en par recordando que le había encomendado a la secretaria el responderles a las empresas. Volví la mirada a la pantalla del teléfono y la sangre me hirvió de furia.
—¡¿Qué demonios hizo esa secretaria incompetente?!
—Caín, por favor, no está tan mal. —comenzó a reír a carcajadas.
Me detuve en seco, posando la mirada en ella, odiando en gran manera la expresión burlona que mantenía en su rostro. No importaba cuanto sexo tuviéramos, o cada cuanto lo hiciéramos, ella seguía siendo la hija de mi más grande rival, así que cualquier daño en mi empresa era un beneficio para la suya, y eso le traía satisfacción.
—Tienes razón —dije, poniéndome mi saco. Algo tintineó del bolsillo, recordándome lo que llevaba en él. —. Quizás si logro que H&J se levante de su decadencia, terminaré saliendo, de nuevo, en la portada de la revista para empresarios. En donde ni tú, ni tu padre, han estado jamás.
Soltó un bufido.
—Igual no creo que lo logres, esa empresa no tiene remedio.
—¿Tú crees? —pregunté, caminando en dirección a la cama, para luego subirme y gatear hasta ella. —. Quizás tengas razón, así que no vale la pena irme tan deprisa.
—Ah, ¿sí? —dijo en un tono seductor.
Una sonrisa pícara se encendió en sus labios, y sin dudar enroscó las piernas alrededor de mi cintura, mientras guiaba las manos hacia el cierre de mi pantalón, dándome tiempo de aprovechar su distracción para sacar lo que llevaba en el bolsillo de mi chaqueta y estirarme con disimulo hacia el respaldar de aquella cama.
—¿Que no tenías una cita? —le pregunté, tomándola del mentón para atrapar su labio entre mis dientes, rozándolo con la lengua. —. Tu prometido se decepcionará.
—Él puede esperar un poco más. —jadeó, removiéndose con desespero bajo mi cuerpo, y metiendo la mano en la tela de mi bóxer.
Asentí con la cabeza, comprendiendo, mientras tomaba sus manos, para hacerla alzarlas por sobre su cabeza. Para aquel punto su mente ya estaba tan nublada por el deseo, que no se dio cuenta en qué momento cerré aquellas esposas en su muñeca.
—Caín —se quejó, tirando de su mano, una vez que me aparté y comencé arreglar mi ropa. —. Caín, debes estar bromeando.
—Te juro que no. —respondí, sacando la llave del bolsillo de mi chaqueta.
Caminé hasta el buró, y la dejé un poco más lejos de lo que normalmente lo hacía.
—Caín, basta, tengo una cita con mi prometido. —chilló, tirando con más fuerza.
—Entonces comienza a buscar la manera de alcanzar esa llave, o no llegarás.
—¡¡Caín!!
—¿Qué? ¿Ya no te gusta este juego? —pregunté con burla, en lo que me dirigía hacia la puerta.
Era ella quien había comenzado, un día en que tenía una reunión importante desperté atado a la cama, junto a una nota que decía “suerte” con una carita sonriente. A partir de ese momento comenzó la guerra, y ante el más mínimo descuido, uno de los dos terminaba atrapado. Casi siempre era ella, ya que solía ser muy despistada.
—Suerte con tu cita, Stain. Ahora me iré, tengo asuntos que atender.
