Capítulo 1 Capítulo 1
Paloma sintió la espalda completamente empapada, el sudor le resbalaba por la nuca y le mojaba la clavícula, en su frente, apenas brillaban unas gotas que se apresuró a disimular con un gesto torpe, como si simplemente quisiera acomodarse el cabello, se había aclarado la garganta dos veces, pero aun así la voz le salía áspera, tensa, apenas contenida.
Frente a ella, la trabajadora social la observaba con una seriedad impecable, no había crueldad en su expresión, pero tampoco indulgencia, sólo profesionalismo, y, detrás de esa firmeza, una lástima que Paloma habría preferido no ver.
—Debe comprender, señorita Paloma —dijo la mujer con calma— que lo que buscamos es proteger el bienestar de la niña, no sólo ahora, sino durante toda su infancia y también en sus primeros años como adulta.
Paloma apretó los dedos contra el borde de la silla.
—Yo puedo asegurarle ese bienestar, ya lo he demostrado, tengo ingresos estables…
—Señorita Paloma, usted tiene cuatro empleos.
—Son dos —corrigió ella, demasiado rápido— Bueno… técnicamente soy chef en el restaurante Dulce Vida, y además trabajo como chef particular.
—Para tres familias diferentes —respondió la mujer, sin perder la calma— Lo que le estoy diciendo es que, en la mayor parte del tiempo, Ángela está en la guardería o al cuidado de una vecina, y eso no es lo que buscamos para ella.
—Pero soy la única persona que conoció a su madre —dijo, con la voz estrangulada— Yo fui la única que estuvo ahí, algo debe significar la voluntad de mi amiga, no es justo que me hayan permitido criarla durante cuatro años y ahora simplemente quieran arrebatármela.
—Usted sabía desde el principio de que la niña estaba bajo su cuidado de forma momentánea, debe entender que el sistema colapsa muchas veces, y en aquel momento nos pareció la mejor solución que Ángela quedara con usted, pero eso no puede continuar así, pronto empezará la colegio, y aunque usted sea su tutora legal, la niña necesita más que estabilidad económica, necesita un núcleo familiar, una madre y un padre.
Paloma sintió un vacío helado abrirse en el pecho, porque no tenía a nadie, esa era la verdad desnuda, la que le dolía incluso pensarla, no tenía amigos a quienes llamar, ni hermanos que la ayudaran, ni padres a quienes acudir, su familia biológica hacía años que la había borrado de su vida, y ella había aprendido a vivir sola, a no esperar nada de nadie, a no pedir auxilio porque nunca lo recibió, su vida era una cadena interminable de trabajo, guardería, compras apuradas, comidas preparadas con las manos cansadas y noches sin descanso.
No había diversión, no había salidas, ni había romances, no había siquiera tiempo para imaginar algo así, sólo trabajo, y Ángela, nada más.
Paloma tragó saliva, el silencio pesaba sobre ella como una losa, y entonces, sin pensarlo del todo, sin medir las consecuencias, soltó la frase como si estuviera aferrándose al último hilo que le quedaba para no desplomarse.
—Puedo dárselo, de hecho… estoy a punto de casarme.
La mentira cayó en la habitación con una claridad brutal, Paloma casi sintió que el aire se rompía a su alrededor, pero no podía retroceder, no después de todo lo que había hecho, no después de cada noche sin dormir, de cada turno extra, de cada comida que se había saltado para comprarle a Ángela lo que necesitaba, había renunciado a todo por esa niña, a su juventud, a su descanso, a sus ganas de llorar, incluso a la idea de tener una vida propia.
Ángela no era sólo su responsabilidad, era lo único que la mantenía en pie, el último rastro vivo de Catalina, su mejor amiga, su hermana elegida, la única persona que alguna vez la había amado sin condiciones.
La trabajadora social arqueó apenas las cejas.
—¿En verdad, señorita Paloma? Si ese es el caso, ¿por qué no lo informó antes?
Paloma apretó los labios, y la culpa le ardió en el estómago, pero la desesperación ardía más fuerte.
—Porque usted siempre insiste en el tema económico, no pensé que fuera… tan importante.
La mujer la miró con una seriedad aún mayor.
—¿Darle un padre a la niña? Sí, por supuesto que es importante, dígame entonces, ¿quién es su prometido? ¿Cuándo piensan casarse?
El silencio que siguió fue insoportable, Paloma sintió el retumbar de su propio corazón en los oídos, sus manos, escondidas en el regazo, se habían convertido en puños cerrados con tanta fuerza que le dolían los nudillos, desvió la vista por un instante, recorriendo el pequeño departamento de la oficina como si en algún rincón pudiera aparecerle una respuesta.
Pero no había nadie, no tenía a quién inventar de la nada, porque a sus veintitrés años, Paloma había dejado de vivir para sí misma, desde que Ángela llegó a su vida, todo se había reducido a sobrevivir, trabajar, cuidarla, volver a trabajar, y otra vez empezar, no conocía bares, ni citas, ni fiestas, ni conversaciones triviales, no tenía tiempo para soñar con el amor, ni con una casa llena de risas, ni con una vida distinta.
Además, después de lo que le había pasado a Catalina, Paloma había enterrado cualquier confianza en los hombres, para ella, todos terminaban igual, prometiendo el cielo y desapareciendo cuando la realidad exigía responsabilidad, ninguno merecía una oportunidad, ninguno merecía que ella bajara la guardia.
Pero eso tampoco importaba ahora, ahora necesitaba un nombre, uno solo, entonces pensó en sus compañeros del restaurante, pero la mayoría estaba casada o comprometida, pensó en las familias para las que trabajaba por las noches, la familia Galarza era eso mismo, una familia, imposible, los Gutiérrez acababan de casarse, imposible también, y entonces, como un fogonazo casi ridículo, el nombre apareció en su mente.
Dante Sandoval.
El único hombre soltero al que conocía, o más bien, el único para el que trabajaba y del que sabía, por encima de todo, que no tenía esposa, apenas lo había visto un par de veces de manera fugaz, y es que él nunca estaba cuando ella llegaba a preparar la comida para la semana, era un hombre distante, reservado, tan fuera de su alcance que hasta nombrarlo parecía una locura.
Pero era real, y estaba solo.
Paloma sintió una punzada de culpa, breve y feroz, antes de dejarla atrás, ya no podía permitirse pensar en honestidad, ni en ética, no cuando Ángela estaba en juego, no cuando el mundo entero parecía dispuesto a arrancarle de las manos lo único que amaba.
—Sandoval —dijo, con una firmeza que casi la sorprendió a ella misma— Dante Sandoval, el dueño del conglomerado Sandoval y Asociados.
La reacción de la mujer fue inmediata, sorpresa, sí, pero también una advertencia silenciosa, como si aquella respuesta acabara de abrir una puerta peligrosa, una puerta que Paloma no estaba en condiciones de cerrar, debería haber retrocedido en ese mismo instante, debería haber sentido miedo suficiente para callarse, pero no lo hizo.
Porque estaba demasiado desesperada, porque perder a Ángela le parecía peor que perder la dignidad, peor que perder la paz, peor incluso que perder el alma.
Y quizá, en el fondo, ese precio.
