Capítulo 2 Capítulo 2
Dante Sandoval estaba en su oficina, como siempre, y es que pasaba tantas horas allí que el lugar había dejado de parecer un simple despacho y se había convertido en una extensión de su vida, había mandado remodelar el baño, instalar un jacuzzi y reemplazar los sofás por unos tan amplios que bien podían confundirse con una cama matrimonial, porque para Dante, el mundo podía venirse abajo siempre y cuando sus empresas siguieran de pie, todo lo demás era ruido, todo lo demás era prescindible, porque su imperio era lo único que realmente le importaba.
Repasaba unas carpetas financieras cuando su teléfono vibró sobre el escritorio, y al ver el nombre que aparecía en la pantalla, soltó una maldición en voz baja.
Era su madre y no necesitaba contestar para saber de qué se trataba, pues una semana atrás habían discutido con ferocidad, y no era la primera vez, Dulce De Luca llevaba años insistiendo en el mismo tema, y ese era el hecho de que Dante ya tenía treinta años, que era hora de formar una familia, que necesitaba sentar cabeza, que debía dejar de vivir como si el matrimonio fuera una enfermedad contagiosa.
Para Dante, aquello era una pérdida absurda de tiempo, porque no tenía interés alguno en ocuparse de una mujer, ni en construir una vida doméstica, ni en cargar con el peso emocional que implicaba criar hijos, para él sus empresas le bastaban, su trabajo lo consumía, sí, pero era una carga elegida, una que dominaba con precisión, en cambio, una familia significaba obligaciones invisibles, discusiones innecesarias, exigencias constantes y la amenaza permanente de perder el control sobre su propia vida.
La discusión anterior había escalado hasta lo ridículo, y Dante le había recordado a su madre, con una frialdad cruel, que sus hermanas ya habían cumplido con su parte, ya que María José y Atenea ya le habían dado nietos de sobra, que si tanto deseaba niños corriendo por la familia, que se conformara con los hijos de ellas y lo dejara en paz, incluso, con la indiferencia que sólo él podía tener, había llegado a decirle que, si moría sin herederos, donaría toda su fortuna a orfanatos de Europa o a cualquier organización de refugiados que la necesitara.
Dinero no le faltaba, lo que le faltaba era paciencia para aquella clase de exigencias.
A Dante no le interesaban las portadas por su vida privada, si aparecía en revistas, prefería que fuera por una adquisición millonaria, una expansión empresarial o una negociación brillante. El título de “soltero más codiciado” le parecía una burla disfrazada de halago, ser deseado no le aportaba nada, ser admirado tampoco, porque él no estaba para romances, ni para fantasías de heredero perfecto.
Así que creyó, sinceramente, que después de aquella pelea tendría al menos un mes de tregua, pero se equivocó, el teléfono siguió vibrando, una, dos, tres veces y al final, Dante exhaló con fastidio y atendió.
—Madre —dijo con sequedad, como si no estuviera hablando con la mujer que le había dado la vida, sino con un subordinado que lo interrumpía en el peor momento.
Del otro lado estalló la voz de Dulce, sonó cargada de indignación.
—No puedo creer que me hagas sufrir de esta manera. ¿Por qué siempre te empeñas en llevarme la contra? Si al final ya tienes novia y estás a punto de casarte, ¿por qué no simplemente me lo dijiste?
Dante apartó el móvil de su oído y frunció el ceño.
No sólo por el tono escandalizado de su madre, sino porque necesitaba asegurarse de haber escuchado bien, porque durante un segundo pensó que podía tratarse de una broma, una extorsión, una locura mal armada, pero no, era la voz de Dulce De Luca, al borde del drama, como tantas otras veces.
—¿De qué estás hablando? —preguntó, más helado que molesto.
—¿De qué estoy hablando? —repitió ella, ofendida hasta el alma— Deja de tomarme el pelo, Dante Sandoval, si no quieres que me meta en tu vida, dímelo de frente, no tienes por qué ocultarme estas cosas, tus padres están a punto de ir a patearte el trasero, Giovanni y Pedro están indignados, y Horus quiere darte una lección por ser tan mal hijo.
Dante cerró los ojos un instante, presionando el puente de la nariz con dos dedos.
—Madre, en verdad no te estoy entendiendo.
Y no era mentira, a esas alturas, debería haber sospechado que sus padres intervendrían, porque Dulce tenía el extraño poder de convertir cualquier cosa en un asunto familiar, y sus tres esposos la respaldaban sin discusión, como si el universo entero debiera rendirse ante cada uno de sus caprichos, tal vez eso era, precisamente, lo que más irritaba a Dante, que ella se sintiera con derecho a decidir sobre su vida amorosa como si su matrimonio fuera una obligación pendiente.
—Estoy hablando de la noticia que salió en primera plana del periódico —soltó Dulce, triunfal, como si acabara de revelar un secreto de Estado.
Entonces Dante tomó el móvil con firmeza, abrió el navegador y escribió su nombre.
No tuvo que buscar mucho, porque el primer titular apareció de inmediato, enorme, brillante, absurdo.
“El magnate Dante Sandoval, pronto a pisar el altar con su novia secreta, la chef Paloma Sánchez.”
Durante unos segundos, Dante no reaccionó.
Leyó el nombre una vez, luego otra, e incluso una tercera, esta vez con más atención, porque el apellido le sonaba, no el de ella exactamente, pero sí el de alguien, una chef, una mujer que, al parecer, ahora estaba vinculada a él por un compromiso inexistente y una historia que jamás había autorizado y el gesto de Dante se endureció.
No le gustaba que invadieran su espacio, no le gustaba que inventaran sobre su vida, y definitivamente no le gustaba, bajo ningún concepto, que alguien se atreviera a ponerle una esposa en los periódicos cuando él jamás había mostrado interés en tenerla.
Pero más allá de la molestia, había algo más… curiosidad, porque malditamente el nombre le resultaba familiar, sí, y eso bastaba para despertar su interés.
El magnate levantó la vista lentamente, con la expresión fría de quien ya está calculando a quién hacer responsable por el escándalo.
—Paloma Sánchez… —murmuró para sí.
Y por primera vez en mucho tiempo, Dante Sandoval dejó de pensar en números, contratos y fusiones, porque ahora quería saber quién era esa mujer y por qué demonios estaba su nombre junto al suyo.
