Capítulo 6 Capítulo 6

Dante no podía negar que aquello le había resultado… entretenido, no el contrato, ese papel estaba resuelto en menos de un suspiro, lo que realmente le había intrigado era la forma en que Paloma había salido de su mansión, con el rostro encendido, los labios temblorosos y una mezcla extraña de dignidad y miedo que no se parecía en nada a lo que él estaba acostumbrado a ver.

A mediodía, la mujer ya se había ido, y aun así, su presencia seguía ahí.

Dante cerró la puerta de su dormitorio y se quedó un instante inmóvil, aflojándose el nudo de la corbata, el silencio de la habitación era familiar, pulcro, controlado, todo en su vida respondía a ese mismo orden, todo lo que poseía había sido construido para servirle, la mansión, las empresas, los automóviles, incluso las personas a su alrededor.

Todo, excepto la incómoda sensación que le había dejado Paloma.

—¿Qué demonios…? —murmuró, más para sí que para nadie.

Se quitó la chaqueta y la dejó sobre una silla mientras que su mente, normalmente ocupada por números, adquisiciones y estrategias, regresó sin permiso a la imagen de la chef, pequeña, redondeada, con el cabello pelirrojo escapándosele en mechones rebeldes y una boca que había temblado demasiado cuando intentó defenderse.

No era la clase de mujer que solía llamar su atención, y, sin embargo, lo había hecho.

Dante se pasó una mano por el cabello, irritado consigo mismo, había visto cuerpos más perfectos, más delgados, más artificiales, mujeres que sabían exactamente cómo moverse para ser deseadas, Paloma no tenía nada de eso, no estaba construida para provocar, ni parecía saber lo que causaba y tal vez por eso era peor.

Porque tenía algo real.

Sus ojos se cerraron y recordó el momento en que la joven cayo en plena sala de rodillas… las caderas anchas, el pecho generoso, la firmeza suave de su cuerpo, un cuerpo imposible de confundir, lejos de los estándares que la alta sociedad veneraba y compraba como si fueran parte del decorado.

Dante sonrió apenas, apenas un gesto en la comisura de los labios.

—Interesante —murmuró.

Era exactamente ese tipo de curiosidad la que siempre lo metía en problemas, como un gato elegante y caprichoso, Dante tenía la mala costumbre de fijarse en aquello que no debía, de perseguirlo con paciencia, de acercarse con esa mezcla de hambre y diversión que acababa volviéndose peligrosa, primero quería tocar, luego probar, luego poseer, y, una vez satisfecha la curiosidad, lo dejaba atrás sin mirar demasiado.

Así había funcionado siempre, las mujeres, los autos, las joyas, los negocios, todo terminaba perdiendo brillo, pero Paloma… Paloma no se sentía como una de esas cosas.

La puerta se abrió sin previo aviso.

—Señor —dijo Osvaldo desde el umbral, con ese tono impecable que usaba cuando intentaba evitar una confrontación directa— Si me permite…

—No te lo permito, Osvaldo.

La voz de Dante salió tan fría como siempre, afilada, impecable, incapaz de ofrecer grietas, pero Osvaldo no se movió, lo observó con la paciencia de quien lo había visto crecer, volverse un hombre y endurecerse hasta parecer invulnerable.

—Entonces hablaré de todos modos.

Dante alzó una ceja, cruzándose de brazos.

—Qué valiente.

—Qué necesario.

Eso sí hizo que Dante lo mirara mejor, porque Osvaldo había sido uno de los pocos hombres que no le temían, uno de los pocos que se atrevía a corregirlo cuando lo consideraba oportuno, y precisamente por eso seguía a su lado después de tantos años.

—Habla —dijo Dante, con una calma tensa y Osvaldo respiró hondo.

—Usted no está siendo del todo honesto consigo mismo.

Una risa baja, seca, escapó de los labios de Dante.

—Qué sorpresa, mi mayordomo cree conocerme mejor que yo.

—No lo creo, lo sé.

El silencio cayó entre ambos y Osvaldo lo miró con firmeza, sin bajar la vista.

—No le ofreció ese contrato a Paloma sólo por conveniencia, ella le llamó la atención.

Dante sonrió, pero no hubo humor en esa sonrisa.

—Me llamó la atención no es problema.

—Mentira.

La palabra quedó flotando en el aire, directa, incómoda y Dante avanzó un paso hacia él, despacio, como si midiera el terreno.

—Ten cuidado.

—Siempre lo hago, por eso estoy aquí para decírselo, la está mirando como si fuera una tentación.

Los ojos de Dante se oscurecieron apenas, pero Osvaldo continuó, sin retroceder.

—Y usted tiene un patrón cuando algo le llama la atención, lo quiere cerca, lo estudia, lo toca con la mirada, lo prueba un poco… y luego lo desecha cuando deja de entretenerlo.

Dante soltó una exhalación lenta por la nariz.

—Hablas como si fuera un depredador.

—No, hablo como alguien que conoce a un hombre acostumbrado a obtener todo lo que desea.

Dante no respondió de inmediato, porque lo peor era que Osvaldo tenía razón.

Paloma le había despertado algo que no podía nombrar del todo, no era simple deseo, era peor que eso, era curiosidad, sí, pero una curiosidad cálida, insistente, casi física, le intrigaba la forma en que ella ocupaba el espacio, como si pidiera perdón por existir y al mismo tiempo se negara a encogerse, le intrigaba su voz quebrada, sus manos pequeñas, la manera en que trataba de sostener la mirada aun cuando claramente estaba al borde del derrumbe.

Y le gustaba, le gustaba demasiado.

—No voy a tocarla —dijo al fin, con una lentitud peligrosa— No voy a cruzar esa línea.

Osvaldo lo estudió con atención.

—¿Lo promete?

Dante tardó un segundo en contestar.

—Sí.

Porque sabía lo que estaba en juego, Paloma no era una amante ocasional, ni una distracción de una noche, era una mujer desesperada, con una hija en riesgo, con el cuerpo entero lleno de cansancio y una fragilidad que podía romperse con demasiada facilidad, y Dante, por más acostumbrado que estuviera a tomar lo que quería, no era un cobarde.

No iba a jugar con alguien así, no iba a dejar que una simple fascinación se convirtiera en una herida para ella.

Se giró hacia la ventana, observando los jardines impecables desde el cristal.

—El plan seguirá tal como está —dijo en voz baja— Pareja falsa, nada más, si necesito distraerme, buscaré a otra mujer.

Detrás de él, Osvaldo no respondió enseguida.

—Me alegra oírlo, señor.

Dante cerró los ojos un instante, en el fondo, sabía que la prudencia de su empleado era lo correcto, Paloma merecía algo mejor que un hombre como él jugueteando con su vulnerabilidad, merecía estabilidad, no el interés volátil de un millonario caprichoso.

Pero eso no borraba lo otro, esa atracción extraña, ese hambre contenida, esa necesidad de volver a pensar en ella, aunque no quisiera.

Dante abrió los ojos y sonrió apenas, con una frialdad perfecta.

—Prepárate para cuando vuelva —dijo— Vamos a hacer esto bien.

Osvaldo asintió, aunque en su mirada había una advertencia silenciosa y Dante la entendió, y aun así, mientras el nombre de Paloma Sánchez se le repetía en la cabeza como una promesa peligrosa, supo que no sería tan fácil mantener la distancia.

Porque si algo había aprendido en su vida, era que todo lo que despertaba demasiado su interés terminaba dejándole marca y Paloma ya había empezado a hacerlo.

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