Capítulo 7 Capítulo 7
Paloma retiró a Ángela de la guardería, al menos ahora comprendía por qué el trato de las niñeras era diferente, aun así, no se atrevió a decir nada, en el fondo agradecía enormemente de que ninguna de ellas preguntara por el lujoso automóvil que esperaba tanto por Ángela como por ella.
—Realmente podemos ir en bus.
Aseguró sintiendo vergüenza de hacerle gastar al empresario un poco de gasolina, mientras el chofer le dedicaba una sonrisa condescendiente a través del espejo retrovisor.
—Son órdenes del señor y lo que el señor pide se hace.
Genial, esa frase le acababa de dar un escalofrío, aunque no debería de ser el caso, después de todo ella cada miércoles recibía las instrucciones de lo que el señor necesitaba comer durante la semana, pero esto era totalmente distinto, más que distinto.
—Muchas gracias.
—Luchas gachas.
El chofer simplemente sonrió, y a Paloma no le quedaban fuerzas para explicarle a Ángela cómo decir correctamente, muchas gracias, por lo que simplemente la tomo entre sus brazos e ingresó a su pequeño departamento, primero se movió en automático, le sirvió la comida a Angela, y se cercioró que se alimentara bien, luego las llevó a dormir su pequeña siesta, y sólo entonces, Paloma quería abrir la ventana y lanzarse al vacío.
—Estúpida cabeza que no sabe pensar.
Murmuró para sí, y de pronto vio una mosca volar y su atención se fue a ella, siguiéndola por casi todo el departamento, hasta que finalmente pudo aplastarla con los papeles que tenía en la mano, y sólo allí lo recordó, maldición, estaba leyendo el contrato, uno que había firmado ciegamente, y es que en parte no se la podía culpar, porque con la ayuda de Dante sí o sí conseguiría que al fin le diera los papeles de adopción de Ángela, aunque su cerebro siempre tan disperso como como era su costumbre, le hizo recordar algo, una pequeña alarma.
—Maldición, por qué no leí esto con atención.
Se reprochó una vez más al percatarse de que el contrato establecía, no solo que ella se tendría que mudar a la mansión del magnate, por un tema relacionado a su seguridad, aunque no entendía por qué, suponía que al ser Dante multimillonario seguro y ahora alguien quería secuestrarla, aunque la verdad aquella medida se debía pura y exclusivamente a que la familia de Dante estaba relacionada con la mafia, pequeño detalle que Paloma no sabía, aunque eso no era lo peor, lo peor era que debía de renunciar a sus trabajos.
—Esto no puede ser, ¿qué voy a hacer?, ¿qué voy a hacer?, ¿qué voy a hacer?
Repitió una y otra vez mientras daba golpecitos en su cabeza, y de pronto sus ojos se clavaron en el retrato de Catalina.
—¡Ve en el problema que me he metido!, ¿comprendes lo que es esto Cata?, ¿cómo se supone que juntaré dinero para seguir rentando este lugar?, porque ni modo que me quede a vivir para siempre con el señor Dante, pero claro, tú te tenías que morir ¿verdad?
Se estaba volviendo loca y lo sabía, su única amiga había sido Catalina, inclusive 4 años después, seguía siendo Catalina, su existencia era tan patética, y su mente se distraía con tanta facilidad, que en esos 4 años, no había conseguido absolutamente a nadie a quién considerar una amiga, no una a la que realmente le pudiese contar sus problemas, porque había días en los que Paloma se sentía realmente perseguida, imaginando enemigos incluso donde no los había, con temor aquejarse así sea en voz alta de todo lo que tenía que hacer para no perder a Ángela, en parte porque no quería que la niña la escuchara, y por otro lado porque tenía terror de quién pudiese escuchar esas palabras, si alguien las usaría para sacarle a Ángela, no podía fallarle a Cata, mucho menos a la pequeña Ángela.
—Mamá, quiero leche.
Mamá, esa palabra salida de los labios de Ángela le hacía sentir que todo valía la pena, y a la vez la hacía sentir como una ladrona, sentía que le estaba robando el lugar a su amiga, esa misma que ya no estaba.
—¡Ay Dios mío!
Gritó de pronto luego de haberle entregado la pequeña taza de la niña y es que alguien estaba llamando a su puerta y eso sí que era raro, la trabajadora social apenas y la había visitado el día anterior, la vecina que siempre cuidaba de Angela en la noche, cuando ella debía de ir a trabajar, e esa ahora seguro y estaba jugando las cartas con sus amigas, porque incluso hasta la vecina de 80 años tenía amigas.
—¿Quién?
preguntó sintiéndose ridícula, porque obvio que si eran ladrones no le iban a decir quiénes eran.
—Dante.
Su mente quedó en blanco, su mano quedó afirmada contra el picaporte de la puerta, y por un segundo, por un escaso segundo, sus neuronas que corrían de un lado para el otro dentro de su cabeza gritaban a toda voz que hubiese sido mejor que fuesen ladrones.
—Señor Dante, ¿qué hace usted aquí?
Preguntó casi con asombro, y Dante la vio con las cejas fruncidos, porque este hombre que estaba acostumbrado a que todos a su alrededor sean sumamente eficientes en lo que hacían, se preguntaba por qué malditamente Paloma estaba preguntando aquello.
—Antes de que salieras de mi mansión, quedamos en que vendría por ti, se supone que vivirán conmigo a partir de hoy.
El mono que estaba aplaudiendo sin cesar en la cabeza de Paloma se congeló por un segundo, mientras las mejillas de la regordeta mujer enrojecían cada vez más, y de forma inconsciente Dante se lamió a los labios.
—Lo siento, creo que no recuerdo esa parte de la conversación.
Si debía ser honesta, Paloma no recordaba absolutamente nada de la conversación, porque mientras Dante hablaba, el abogado escribía, y ella firmaba como una tonta cuanto papel le ponían en frente, lo único que se repetía en su cabeza era, “alabado sea Jebús, me he salvado, he salvado Ángela”, claro definitivamente debería dejar de ver Los Simpsons.
— Paloma.
La llamó un poco irritado Dante, y la pelirroja ordenó a sus neuronas prestar atención a lo que estaba sucediendo.
—¿Sí?
—Podrías dejar al menos que ingrese a tu departamento, o pretendes que me quede en la puerta…
—Oh por Dios, sí claro, entre.
Definitivamente su déficit de atención le traería problemas, eso estaba más que claro, en especial porque sus neuronas se habían distraído, viendo el redondo trasero que tenía su jefe/falso prometido.
