Capítulo 5 El precio de protegerte

Isabella no podía apartar la mirada de aquella fotografía. Su madre aparecía caminando frente a su casa, completamente ajena al peligro que la rodeaba. Las manos comenzaron a temblarle mientras las lágrimas amenazaban con desbordarse.

—¡Tenemos que ir por ella! —exclamó, agarrando la fotografía—. ¡Alexander, por favor!

Él permaneció en silencio, observando la imagen con una expresión indescifrable.

—Mis hombres ya están vigilando su casa —respondió finalmente—. Nadie se acercará a ella mientras yo esté al mando.

—¿Y cómo se supone que voy a confiar en ti? ¡Ni siquiera sé quién eres realmente!

Alexander apretó la mandíbula.

—Soy el hombre que está intentando mantenerte con vida.

—¡No te pedí que lo hicieras!

Sus palabras quedaron suspendidas en el aire. Durante unos segundos, ninguno de los dos habló. Isabella respiraba entrecortadamente, mientras Alexander parecía luchar contra algo dentro de sí mismo.

Finalmente, él se acercó.

—Tienes razón. No me pediste ayuda. Pero ahora estás involucrada en una guerra que comenzó mucho antes de que nos conociéramos.

—¿Qué guerra?

Alexander desvió la mirada hacia la ventana.

—Una que me ha costado demasiadas cosas.

Antes de que Isabella pudiera preguntar más, él salió de la habitación, dejándola sola con sus pensamientos.


Pasaron casi veinte minutos antes de que Isabella tomara una decisión. No podía quedarse sentada esperando mientras su madre corría peligro. Si Alexander no iba a permitirle marcharse, encontraría otra manera.

Abrió lentamente la puerta y recorrió el pasillo, procurando no hacer ruido. Al llegar a las escaleras, escuchó voces procedentes de una habitación cercana.

—¿Estás seguro de que es ella? —preguntó Alexander.

—Completamente, señor. Su padre tenía una deuda pendiente con nosotros.

Isabella se quedó paralizada.

¿Su padre?

Su padre había muerto cuando ella tenía diez años. Apenas conservaba recuerdos de él, salvo algunas fotografías y las historias que su madre contaba ocasionalmente.

—¿Qué relación tiene su familia con esto? —preguntó Alexander.

—Creemos que su padre escondió algo antes de morir. Algo que nuestros enemigos llevan años buscando.

Isabella sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Su padre no había sido el hombre que ella recordaba.

De repente, una tabla crujió bajo sus zapatos.

Las voces se interrumpieron.

—¿Quién anda ahí? —preguntó Alexander.

Isabella intentó retroceder, pero él apareció en la puerta antes de que pudiera escapar.

Sus ojos se encontraron.

—¿Cuánto escuchaste? —preguntó él.

—Lo suficiente para saber que todos me están ocultando algo.

Alexander miró hacia el hombre que permanecía dentro de la habitación y le ordenó que se marchara.

Cuando quedaron solos, Isabella cruzó los brazos.

—Quiero saber la verdad sobre mi padre.

Él guardó silencio durante unos segundos.

—Tu padre trabajó para hombres peligrosos. Antes de morir, desapareció algo que pertenecía a una de las familias criminales más poderosas de Europa.

—¿Y qué tiene que ver eso conmigo?

Alexander se acercó, pero esta vez mantuvo cierta distancia.

—Creen que tú sabes dónde está.

Isabella negó con la cabeza, horrorizada.

—¡No sé nada!

—Lo sé —respondió él, sorprendiéndola—. Pero ellos no me creen.

Alexander sacó su teléfono y recibió una llamada. Escuchó atentamente, y su rostro se endureció.

—¿Qué sucede? —preguntó Isabella.

Él colgó y la miró directamente a los ojos.

—Tu madre acaba de desaparecer.

Isabella sintió que el corazón se le rompía.

Alexander le tomó la mano, y por primera vez su voz perdió aquella frialdad habitual.

—Te prometo que la encontraré.

Ella lo miró entre lágrimas.

—¿Y si le hacen daño?

Los ojos de Alexander se oscurecieron.

—Entonces descubrirán por qué nunca debieron tocar a alguien que me importa.

Isabella quiso preguntarle qué significaban aquellas últimas palabras.

Pero, en el fondo, temía conocer la respuesta.

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