Capítulo 1

Lirael

Presente

La mano de Sebastian se soltó y caí al suelo con tanta fuerza que me castañetearon los dientes. Se me doblaron las rodillas al impacto; las palmas se me rasparon contra la piedra helada cuando me sostuve, y durante un segundo precioso me permití respirar… respirar de verdad… sin que sus dedos me aplastaran el aire de los pulmones.

Bastardo, pensé con saña, saboreando la sangre donde me había mordido la lengua. Bastardo arrogante y pagado de sí mismo.

No duró.

—No me importa que te hagas la tonta —dijo, con esa tonalidad particular de diversión aburrida que ya estaba aprendiendo a odiar; el tipo de tono que decía que mi resistencia le resultaba entretenida en lugar de amenazante, como un gato mirando a un ratón correr en círculos antes de asestar el golpe final.

Ah, ya te va a importar, le prometí en silencio, manteniendo el rostro cuidadosamente inexpresivo aunque la rabia me ardía, caliente y ácida, en el pecho. Te va a importar cuando te queme el mundo entero alrededor de las orejas, maldito engreído hijo de puta.

Alcé la vista justo a tiempo para verlo sacar algo del bolsillo de su chaleco: un collar que, para cualquier otra persona, habría parecido nada más que un elegante collar de plata, la superficie grabada con patrones delicados que podrían haber sido simple filigrana decorativa. Pero yo lo sabía. Podía sentir la magia zumbando bajo esa fachada inocente; podía percibir la trampa esperando cerrarse sobre mi garganta.

No. No, no, no…

Un Collar Inhibidor. De los que no solo te marcaban como propiedad: te convertían en propiedad, atándote a tu dueño mediante una magia y una tecnología que yo no entendía del todo y que no tenía esperanza de romper. Para cualquiera que lo viera de pasada, parecería joyería cara, un adorno bonito sobre una garganta bonita. Solo quien tuviera su llave lo vería por lo que realmente era.

Mierda.

Me arrastré hacia atrás por instinto, pero él ya se estaba moviendo: una mano se le cerró en mi enredado cabello plateado mientras la otra llevaba el collar a mi cuello. Un dolor agudo me atravesó el cuero cabelludo cuando me echó la cabeza hacia atrás de un tirón, y quise gritar, quise arrancarle los ojos, quise hacer cualquier cosa excepto lo que de verdad hice: quedarme inmóvil, congelada como el animal de presa indefenso que él creía que era.

El metal estaba frío contra mi piel y entonces hizo clic… un sonido tan suave que debería haber sido insignificante, pero me retumbó en los oídos como una puerta de celda al cerrarse de golpe.

No. Dios, no. Otra vez no. No otra jaula…

Los patrones del collar cobraron vida apenas un latido —visibles solo para mí y para él— antes de volver a apagarse, pareciendo de nuevo nada más que un collar ornamentado. Pero sentí que algo muy dentro de mí se desplazaba, como una puerta que se cerraba sobre una parte de mí misma que siempre había dado por hecha; y el zumbido constante de la energía de la naturaleza —el susurro de las plantas, el pulso de los seres vivos a mi alrededor— de pronto se amortiguó, como si alguien me hubiera envuelto los sentidos en lana gruesa y me hubiera hundido bajo el agua.

La pérdida fue tan inmediata, tan visceral, que se me escapó un jadeo. Se sintió como perder una extremidad, como quedarme sorda o ciega, como si me arrancaran una parte del alma y la encerraran donde yo no pudiera alcanzarla.

Respira, me ordené, aunque el pánico me arañaba la garganta. Que no lo vea. No le des el gusto. Respira, estúpida, solo respira…

Sebastian alzó su reloj de bolsillo, y miré con horror cómo el diamante negro del centro empezaba a brillar con una tenue luz plateada, visible solo para nosotros, me di cuenta, oculta para cualquier observador casual. Los dos objetos resonaron, sus luces palpitando en perfecta sincronía, y comprendí con una certeza enferma que estaban emparejados, vinculados; que ese antiguo reloj era ahora la única llave de mi libertad, y estaba en manos de un hombre que me miraba como si yo fuera un insecto interesante que estaba considerando clavar en una tabla.

—Ahí —murmuró él, con el aliento cálido contra mi oreja de una manera que me hizo erizar la piel de asco—. Ahora eres mía. Destruiste mi ofrenda para Derek, así que a partir de ahora vas a ser mi nueva mascota. Me llamo Sebastian y soy tu nuevo amo. Recuérdalo.

Mascota. La palabra me golpeó como una bofetada. Tres años había pasado en la Fundación siendo “espécimen” y “sujeto” y “eso”, y había creído que nada podía ser peor, pero mascota… eso era de algún modo más degradante, más personal, porque un espécimen era algo clínico y distante, mientras que una mascota era algo que poseías porque querías, porque te complacía tenerlo.

Te voy a matar, pensé con una claridad cristalina, clavando la mirada en esos ojos color ámbar. Todavía no sé cómo, y no sé cuándo, pero lo juro por todo lo que he perdido: algún día voy a ver cómo la vida se apaga en esos malditos ojos de imbécil engreído.


Dos horas antes

La jungla estaba tratando de matarme, lo cual casi tenía gracia si se consideraba que se suponía que yo tenía una afinidad natural con las plantas.

Vaya afinidad, pensé con amargura cuando otra enredadera espinosa me azotó el antebrazo, dejando una línea de sangre que sanaría demasiado despacio gracias al Bloqueo Genético, que todavía pulsaba su veneno por mis venas. Estos bastardos tienen tantas ganas de verme muerta como sus amos.

Isla Black Reef. Base Edén. La joya de la corona de la Fundación Génesis en el tráfico de seres sobrenaturales, escondida a plena vista en una isla privada que no aparecía en ningún mapa oficial, rodeada de arrecifes lo bastante afilados como para destripar un barco y corrientes lo bastante fuertes como para ahogar a un nadador olímpico. Durante tres años, esta isla había sido mi prisión, mi cámara de tortura, mi infierno personal disfrazado con los pasillos blancos e inmaculados de la Fundación y su eficiencia clínica.

Y esta noche… por fin, después de meses de planificación y una oportunidad perfectamente calculada, me iba a largar de una puta vez.

Lo llamaban el Día de Interferencia. Un día al año en que los sistemas de seguridad de la isla pasaban por actualizaciones obligatorias, cuando las rotaciones de guardia se ajustaban para acomodar al personal técnico, cuando la fortaleza impenetrable mostraba la más mínima grieta en su armadura. Llevaba seis meses contando los días para que llegara, desde que Damian me susurró la información durante una de sus “inspecciones” cuidadosamente orquestadas; su acento inglés no flaqueó ni un instante mientras me deslizaba los códigos de acceso que abrirían mi celda.

—Veintitrés horas, Lirael —había dicho, y sus ojos grises sostuvieron los míos con una intensidad que me apretó el pecho—. Las cámaras del perímetro norte se desconectan en ciclo durante exactamente cuatro minutos, durante el enlace del sistema. Esa es tu ventana. No la desperdicies.

No lo hice.

El vestido blanco que me habían dado —una enfermiza aproximación de pureza que la Fundación parecía considerar apropiada para sus “especímenes”— ya estaba roto y mugriento, el dobladillo hecho jirones de tanto engancharse en las ramas, la tela manchada de lodo y sangre y de vetas verdes de vegetación aplastada. Me colgaba de los hombros en harapos, apenas decente, pero me daba igual. La modestia era un lujo para quienes no corrían por su vida.

La alarma había empezado a aullar dos minutos después de que saliera de mi celda, lo que significaba que alguien se había dado cuenta más rápido de lo que esperaba. El sonido —ese chillido agudo y lastimero que significaba espécimen suelto, todas las unidades respondan— me heló las venas y, al mismo tiempo, me inundó el sistema de adrenalina.

Muévete. Sigue moviéndote. No te detengas, no pienses, solo corre…

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