Capítulo 24

Lirael

La marca de la mordida en su brazo seguía sangrando; el carmesí le corría hasta la muñeca en delgados hilillos, y yo podía saborearlo en la lengua: esa extraña mezcla de hierbas amargas y dulzor químico que no debería existir en la sangre de nadie.

Y entonces la cabeza empezó a darme vuelta...

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