Capítulo 1 Capítulo 1: Mi amor platónico
Apenas escuché el ruido del portón, me asomé por la ventana.
Y ahí estaba Tobías Sturm, de pie en el jardín de al lado, con el uniforme todavía puesto. El color oscuro le marcaba los hombros anchos, la cintura estrecha y esa forma de mantenerse erguido que solo tienen los que llevan años dando órdenes. El sol de la tarde le daba de lado y resaltaba la mandíbula afilada, el cabello castaño oscuro peinado con precisión militar y esa expresión seria que nunca se le borraba del todo.
Malote y sexy. Exactamente igual que en todos mis recuerdos.
Me quedé congelada detrás de la cortina, con el corazón golpeándome las costillas como si tuviera quince años otra vez.
Desde que era niña había tenido un crush ridículo por él. Primero fue la admiración silenciosa de la vecina pequeña que veía al chico mayor subir al coche con sus padres. Después, cuando él entró a la academia militar y empezó a volver solo en vacaciones o en permisos cortos, se convirtió en algo más peligroso, yo me escondía detrás de las persianas, lo miraba desde mi ventana y memorizaba cada detalle. Cómo se quitaba la chaqueta del uniforme. Cómo saludaba a su madre con un beso seco en la mejilla. Cómo caminaba con esa seguridad que a mí me hacía sentir pequeña y estúpida.
Pensé que se me pasaría con la edad. Que cuando yo creciera y él se convirtiera en un hombre de verdad, el sentimiento se iría diluyendo. Pero no se fue.
Cada vez que el volvía, sus padres organizaban una de esas cenas enormes e invitaban a los vecinos más queridos. Entre ellos, siempre estábamos mis padres y yo.
Yo, que fingía indiferencia mientras me moría por dentro cada vez que él se sentaba frente a mí.
Ahora, a mis veinticuatro años, seguía haciendo exactamente lo mismo, espiándolo desde la ventana como una acosadora de mierda.
Otra vez había vuelto. Y otra vez iba a tener que sentarme a la mesa con él y fingir que el corazón no me latía como loco solo por su presencia.
Un par de horas después, el timbre de mi casa sonó de repente, tan fuerte que di un pequeño salto.
Bajé las escaleras todavía con el pulso acelerado y abrí la puerta. En el umbral estaba la señora Sturm, la vecina del otro lado de la calle, con su delantal de flores y esa sonrisa de quien trae noticias importantes.
—Alma, cielo —dijo, asomándose un poco hacia adentro—. ¿Están tus padres?
Negué con la cabeza.
—Salieron hace un rato. Fueron al súper y después pensaban pasar por casa de mi tía. ¿Pasa algo?
Ella hizo un gesto con la mano, como restándole importancia, pero sus ojos brillaban de emoción.
—Nada grave. Solo que estamos organizando una cena esta noche. Por el regreso de Tobías. Ya sabes… acaba de llegar de la misión. De la guerra, vaya. Ustedes están invitados, claro. Como siempre.
Sentí que el estómago se me contraía.
—¿Esta noche?
—Sí. A las ocho. Dile a tus padres que no falten. Y tú también, jovencita. Hace mucho que no te veo.
Me forcé a sonreír.
—Claro. Se lo diré en cuanto lleguen. Y en cuanto a mí, he estado ocupada buscando trabajo. Esto de graduarse es muy complicado.
La señora Addison asintió, satisfecha, y se fue calle abajo.
Cerré la puerta y me apoyé contra ella un segundo, con los ojos cerrados, imaginándome esa cena. Me toqué el pecho, como si pudiera calmar el latido absurdo.
Tenía veinticuatro años ya, y seguía siendo la misma niña escondida detrás de la cortina.
Solo que ahora sabía exactamente lo que sentía… y lo ridículo que era.
Esa noche me había arreglado de más. El vestido negro me quedaba demasiado bien, el maquillaje era más cuidado de lo habitual y hasta me había planchado el pelo. Por un segundo pensé que aún me faltaba algo. Que si hubiera tenido más tiempo habría corrido a comprarme un vestido nuevo, unos zapatos distintos, cualquier cosa que me hiciera sentir menos… yo. Pero las llegadas de Tobías siempre me tomaban por sorpresa. Nunca avisaba con días de antelación. Simplemente aparecía, y el mundo se desordenaba.
Bajé las escaleras. Mis padres ya estaban listos.
Cruzamos la calle en silencio. La puerta principal estaba entreabierta. Antes de que pudiéramos llamar, la madre de Tobías apareció con los brazos abiertos y esa sonrisa enorme que siempre sacaba cuando su hijo volvía.
—¡Por fin! Pasen, pasen.
Entramos. La casa olía a comida casera y a madera. Había más gente de la que esperaba.
Tobías estaba de pie junto a la chimenea, estaba guapísimo de civil. Cuando levantó la vista y nos vio, su mirada se detuvo en mí un segundo más de lo necesario.
Por primera vez en todos estos años, me sonrió.
No fue una sonrisa grande. Fue pequeña, casi de lado, pero real. Y me dirigió la palabra.
—Alma —dijo, con esa voz baja y controlada—. Cuánto tiempo.
Me quedé sin aire un instante.
—Hola, Tobías —logré contestar, y odié lo suave que me salió la voz.
Él asintió una sola vez y se giró para saludar a mis padres, pero yo seguí sintiendo el peso de esa mirada. Durante toda la cena, cada vez que levantaba los ojos, lo encontraba observándome, como si estuviera registrando algo. Y yo, idiota de mí, no podía dejar de sonreír. Sonreía cuando me pasaban el pan. Sonreía cuando mi madre contaba una anécdota vieja. Sonreía incluso cuando no había nada que sonreír. Cada vez que nuestros ojos se cruzaban, algo caliente se me instalaba en el pecho y me costaba tragar.
La noche se me pasó demasiado rápido. Las conversaciones se mezclaban, el vino hacía que todo se sintiera un poco más ligero, y yo solo era consciente de dos cosas, de lo cerca que estaba Tobías y de lo mucho que me estaba mirando.
Cuando la cena terminó y la gente empezó a levantarse, mis padres se entretuvieron hablando con la madre de Tobías cerca de la puerta. Yo me quedé un segundo atrás, recogiendo mi bolso del respaldo de la silla. Y de pronto, el salón se quedó casi vacío.
Tobías se acercó y se detuvo a menos de un metro de mí. Olía a jabón limpio y a algo más profundo, algo que no sabía nombrar.
—Mañana —dijo de pronto, en voz baja—. ¿Tienes planes?
Parpadeé.
—¿Mañana?
—Sí. Pensaba salir a comer. Si quieres… puedes venir.
Me miró directamente a los ojos. No había burla, ni había esa distancia fría que yo siempre había imaginado en él. Solo una pregunta sencilla y una espera silenciosa.
El corazón me dio un vuelco tan fuerte que estuve segura de que él lo había oído.
—Está bien —susurré—. Sí.
Él asintió una vez, casi imperceptible, y dio un paso atrás justo cuando mis padres se acercaron para despedirse.
Salimos de la casa. Cruzamos la calle otra vez. Yo caminaba un poco detrás, con las manos temblando dentro de los bolsillos y una sonrisa idiota que no lograba borrar. Esto tenía que ser un jodido sueño.
