Capítulo 2 Capítulo 2: Sudor y nervios

No dormí casi nada.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a verlo, la sonrisa pequeña, la forma en que me había mirado durante la cena, la voz baja preguntándome si tenía planes. Me removí en la cama hasta que el sol empezó a filtrarse por las persianas. Me levanté temprano, me duché, cambié de ropa tres veces y terminé en pantalones cortos y una camiseta vieja, intentando parecer casual. Como si fuera posible parecer casual cuando Tobías Sturm te había invitado a comer.

Pasé la mañana mirando el reloj y el teléfono, aunque él no tenía mi número. Eso lo hacía aún más irreal.

A media tarde me asomé a la ventana, casi por costumbre.

Tobías en el jardín de sus padres, entrenando. Llevaba un pantalón corto negro que le dejaba ver las piernas musculosas y una camiseta deportiva oscura pegada al cuerpo por el sudor. El cabello castaño estaba húmedo y desordenado, muy lejos de la precisión militar del día anterior. Cada vez que hacía una flexión o levantaba las pesas que tenía en el césped, los músculos de los brazos y la espalda se marcaban de una forma que me hizo morder el interior de la mejilla.

Me quedé pegada a la cortina como la acosadora de siempre, con el corazón latiéndome demasiado rápido.

No sé cuánto tiempo estuve mirándolo. Solo sé que de pronto él se enderezó, se pasó el antebrazo por la frente y miró hacia mi casa. Por un segundo absurdo pensé que me había visto otra vez. Pero solo recogió una toalla, se la pasó por el cuello y cruzó el jardín en dirección a la calle.

Hacia mi puerta.

Me aparté de la ventana de golpe. Bajé las escaleras tan rápido que casi me tropiezo. El timbre sonó justo cuando llegaba al recibidor. Abrí casi al instante.

Tobías estaba ahí, sudado, con la camiseta pegada al pecho y esa expresión seria que le era tan natural. Oliendo a esfuerzo y a sol. Guapísimo de una forma completamente distinta a la del uniforme o a la de la noche anterior.

—Hola, Alma —dijo.

—Hola —contesté.

Él se pasó una mano por el cabello húmedo, como si de pronto fuera consciente de su estado.

—No tengo tu número —explicó sin rodeos—. Por eso vine. Para finiquitar la hora.

Asentí demasiado rápido.

—Claro. Sí.

—Vendré a buscarte a las diecinueve horas —dijo—. ¿Te parece bien?

—Perfecto —logré decir.

Él me miró un segundo más. Sus ojos bajaron un instante a mi camiseta vieja y a mis piernas desnudas antes de volver a mi rostro. No dijo nada. Solo asintió una vez, como si hubiera confirmado algo, y dio un paso atrás.

—Hasta luego, Alma.

Me quedé como una acosadora, observándolo caminar y carajo, el hombre estaba como quería.

Cerré la puerta cuando él ya estaba de vuelta en su casa. Me apoyé contra la madera y solté el aire que no sabía que estaba conteniendo. Ni siquiera sabía qué hora eran las diecinueve, Tobías hablaba en horario militar, pero no me importaba. Ya averiguaría. Lo único que me importaba era esa cita con e.

Subí a mi habitación con las piernas un poco flojas y me asomé otra vez a la ventana. Él ya estaba recogiendo las pesas del jardín.

Sonreí contra la cortina, idiota y emocionada a partes iguales. Busqué en google la hora y aún faltaba muchísimo. ¿Cómo iba a poder soportar la espera?

Las horas se me hicieron eternas.

Me cambié de ropa más veces de las que estaba dispuesta a admitir. Al final me decidí por un vestido sencillo de color crema que me llegaba a medio muslo y unas sandalias. Nada exagerado. O al menos eso intenté decirme mientras me miraba al espejo por décima vez.

A las seis y media ya estaba lista. Me senté en el borde de la cama, me levanté, miré por la ventana, volví a sentarme. El reloj de la pared parecía burlarse de mí.

A las siete en punto escuché el ruido de un motor deteniéndose frente a casa.

Me asomé y era la camioneta de la madre de Tobías, estacionada justo en la entrada. A lo largo de mi vida, había visto a muchas mujeres bajar y subir de esa camioneta, y ahora estaba aquí, en mi puerta. Él bajó del lado del conductor. Vestía vaqueros oscuros y una camisa negra de mangas cortas que le marcaba los brazos. El cabello todavía un poco húmedo, peinado hacia atrás de forma imperfecta. Se pasó una mano por la nuca mientras caminaba hacia la puerta y mi estómago dio un vuelco violento.

El timbre sonó.

Bajé las escaleras justo cuando mis padres abrían la puerta. Los dos se quedaron mirándolo con una mezcla de sorpresa y confusión, como si no terminaran de procesar que Tobías Sturm estuviera en nuestro umbral.

—Buenas noches —dijo él, con esa voz baja y controlada—. Vengo por Alma. Vamos a cenar.

Mi madre parpadeó. Mi padre abrió un poco más la puerta, todavía sin decir nada.

Fue entonces cuando yo llegué al final de la escalera. Tobías levantó la vista. Y me miró.

No fue una mirada rápida ni educada. Sus ojos bajaron despacio desde mi cara hasta el escote del vestido, luego a la cintura, a las piernas y de vuelta a subir, deteniéndose un segundo más de la cuenta en cada parte. Como si estuviera memorizándome. Como si tuviera todo el derecho del mundo a hacerlo. El aire se me atascó en la garganta. Sentí el calor subirme al cuello y a las mejillas, pero no aparté la mirada.

Cuando sus ojos volvieron a los míos, había algo distinto en ellos. Algo más oscuro. Más intenso.

—Estás lista —dijo. No era una pregunta.

—Sí —contesté, y mi voz salió más baja de lo que pretendía.

Mis padres seguían en el umbral, mirando de uno a otro. Mi madre fue la primera en reaccionar.

—Ah… bueno. Que… que la pasen bien —dijo, todavía un poco descolocada.

Tobías asintió una sola vez hacia ellos y luego se hizo a un lado, dejando espacio para que yo pasara. Cuando salí a la calle, sentí su mano rozar ligeramente la parte baja de mi espalda, apenas un segundo, guiándome hacia la camioneta. El contacto fue breve, pero me recorrió entero.

Abrió la puerta del copiloto y esperó a que subiera. Cerró después con suavidad y dio la vuelta para subir él.

Arrancó el motor sin decir nada. Yo miré por la ventanilla, intentando calmar el corazón que todavía me latía demasiado fuerte.

Había soñado con esto durante años. Y ahora estaba pasando de verdad.

Mi yo acosadora dejó de mirar afuera y mis ojos fueron a él, detallando cada lunar que antes no había podido mirar.

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