Capítulo 3 Capítulo 3: Cásate conmigo

El restaurante estaba en las afueras, uno de esos lugares con terraza de madera y luces cálidas que colgaban entre los árboles. Tobías estacionó la camioneta con precisión y bajó primero. Antes de que yo pudiera alcanzar el picaporte, ya había rodeado el vehículo y abría mi puerta.

Extendió la mano, la tomé. Su piel estaba caliente, áspera en los nudillos, y el contacto me hizo tragar saliva. No soltó mis dedos hasta que estuvimos dentro.

Y demonios… caminar de su mano era más que un sueño, era mi anhelo más grande. Era todo lo que había querido en este vida.

Nos llevaron a una mesa apartada, junto a una ventana que daba al jardín. Él esperó a que me sentara antes de ocupar su lugar frente a mí. Cuando el camarero se acercó con las cartas, Tobías las tomó las dos.

—¿Confías en mí? —preguntó, mirándome por encima del borde.

Asentí, todavía un poco aturdida.

Pidió por los dos. Unas entradas ligeras, un plato principal que sonaba sofisticado y una botella de vino tinto caro, de esos que vienen con nombre francés y etiqueta elegante. El camarero asintió con respeto y se retiró.

Tobías se reclinó un poco en la silla, observándome con esa calma que parecía natural en él. Ya no tenía la expresión seria del uniforme ni la intensidad de cuando me había recogido. Ahora había algo más suave en su rostro. Casi… amable.

—No tienes que estar nerviosa —dijo de pronto.

—No estoy nervios —respondí intentando sonar segura.

Él sonrió de lado, apenas.

—Sí lo estás. Se te nota en cómo juegas con la servilleta.

Aparté las manos de inmediato. Él soltó una risa baja, breve, que me hizo sentir aún más ridícula y, al mismo tiempo, extrañamente a gusto.

La conversación fluyó mejor de lo que esperaba. Me preguntó por la universidad, por lo que pensaba hacer ahora que me había graduado, por si todavía vivía con mis padres o si planeaba mudarme. Escuchaba de verdad. No interrumpía. Asentía y, de vez en cuando, hacía algún comentario seco pero inteligente que me arrancaba una sonrisa.

Cuando llegó el vino, lo probó primero. Asintió y sirvió él mismo en mi copa antes que en la suya.

—Prueba —indicó.

Obedecí. Era bueno, muy bueno, suave y profundo a la vez.

—Te gusta —observó.

—Sí.

—Bien. Porque pedí dos botellas.

Parpadeé.

—¿Dos?

—Por si la conversación se alarga —contestó con naturalidad, como si fuera lo más lógico del mundo. —Y porque tal vez uno de los dos lo va a necesitar.

Durante la cena me trató con una caballerosidad que no esperaba. Cuando se me resbaló el tenedor, lo recogió antes de que yo reaccionara. Cuando el camarero se acercó a retirar los platos, Tobías le hizo un gesto discreto para que no me interrumpiera mientras yo hablaba. Cada detalle era pequeño, pero se sentía deliberado. Como si estuviera cuidando el momento.

Y yo… yo no podía dejar de mirarlo.

La forma en que se le marcaban hoyuelos en las mejillas cuando se reía. La manera en que inclinaba la cabeza al escucharme. Cómo sus ojos, normalmente tan fríos, se suavizaban cada vez que yo sonreía. Él era la perfección hecha hombre y yo estaba aquí cenando con él, yo una nadie, su simple vecina.

Para cuando llegó el postre, el vino ya había hecho su trabajo y yo me sentía más ligera, más valiente.

—Nunca pensé que aceptarías —dijo de pronto, girando la copa entre los dedos.

—¿El qué?

—Venir esta noche.

Me encogí de hombros, intentando parecer casual.

—Tú invitaste. ¿Por qué no aceptaría?

—Sí. Pero no esperaba que dijeras que sí tan rápido. Esperaba que no se… que dijeras que no, que te hicieras la difícil.

Lo miré. Él me sostenía la mirada sin pestañear.

—¿Por qué me invitaste? —pregunté, más bajo.

Hubo una pausa. Tobías dejó la copa sobre la mesa y se inclinó ligeramente hacia adelante.

—Porque llevo años viéndote escondida detrás de esa cortina —contestó con total naturalidad—. Y esta vez decidí no fingir que no lo notaba.

El aire se me atascó en los pulmones.

—¿Qué?

Él no sonrió. Solo me miró con esa seriedad tranquila que lo caracterizaba.

—Desde que tenías dieciséis, Alma. Cada vez que volvía, estabas ahí. En la ventana. O fingiendo que no me mirabas durante las cenas. Creí que se te pasaría. Que crecerías y te olvidarías del vecino que apenas estaba en casa. Pero no lo hiciste. Y yo… tampoco dejé de fijarme.

Me quedé sin palabras. El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que él podía oírlo desde el otro lado de la mesa.

—No sabía que te dabas cuenta —susurré roja de la vergüenza.

—Me daba cuenta de todo. Sé que te gusto y mucho.

Me ahogué con el vino y él sonrió satisfecho.

El camarero se acercó a preguntar si necesitábamos algo. Tobías negó con un gesto suave sin apartar los ojos de mí. Cuando nos quedamos solos otra vez, el silencio se volvió más denso, más íntimo.

Pagó la cuenta sin dejarme ni siquiera intentar mirar el total. Después se levantó, rodeó la mesa y apartó mi silla para que me levantara. Su mano volvió a posarse un segundo en la parte baja de mi espalda mientras salíamos. Ahora con un poco de alcohol en la sangre, lo veía enorme, alto, más musculoso.

El trayecto de regreso fue silencioso, pero no incómodo. La ciudad pasaba borrosa a ambos lados de la camioneta y yo solo era consciente de su perfil iluminado por las luces de la carretera, de la forma en que su mano descansaba en el volante y de lo cerca que estábamos. Con una copa más juro que le habría saltado encima como cual león a su presa.

Cuando estacionó frente a mi casa, no apagó el motor de inmediato. Se giró hacia mí.

—Gracias por venir —dijo.

—Gracias a ti por invitarme.

Él asintió despacio. Luego, sin avisar, extendió la mano y apartó un mechón de pelo que se me había pegado a la mejilla. Sus dedos rozaron mi piel apenas un segundo, pero fue suficiente para que se me erizara la nuca.

—Alma.

—¿Sí?

Me miró a los ojos. De frente, sin rodeos. Con esa misma intensidad con la que me había recorrido de arriba abajo horas antes, en el umbral de mi casa. Pensé que me besaría, que al fin yo tendría el honor de probar sus labios con los que había soñado por años. Se acercó poco a poco a mí y yo cerré los ojos esperando recibir sus labios, pero no me besó.

—Cásate conmigo, Alma —dijo con voz baja, clara, ronca y completamente seria

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