Capítulo 4 Capítulo 4: No es una cita
Abrí los ojos de golpe y pe quedé mirándolo, con la boca ligeramente abierta y el corazón golpeándome las costillas con tanta fuerza que dolía.
—¿Qué?
Tobías arqueó una ceja, completamente serio.
—¿Estás sorda?
—No —logré decir—. Solo… estoy en shock.
Parpadeé varias veces, intentando ordenar los pensamientos. El vino, la cena, la forma en que me había mirado toda la noche… y ahora esto.
—¿Cómo que quieres que me case contigo? —pregunté, incrédula—. Apenas es nuestra primera cita.
Lo dije deseando que me respondiera otra cosa. Que dijera que me amaba. Que siempre lo había hecho. Que me quería tanto como yo a él desde que era una niña espiándolo detrás de la cortina. Que esto no era una propuesta práctica, sino algo real.
Pero Tobías solo soltó una carcajada baja, breve, que me dejó aún más descolocada.
—Esto ni siquiera es una cita, Alma —dijo, todavía con una media sonrisa—. Es una cena. Una simple cena.
Me quedé en silencio, sintiendo cómo algo se me encogía en el pecho.
Él se reclinó un poco contra el asiento, apoyando el brazo en el volante, y me miró con esa calma exasperante que parecía no abandonarlo nunca.
—Necesito casarme —explicó sin rodeos—. Y tener mi propia familia. Es un requisito para el ascenso que quiero. Un puesto alto. De los que no dan a cualquiera. Y contigo sería fácil. Mis padres te adoran, los tuyos a mí también. Nos conocemos desde niños. No soy un desconocido que aparece de la nada pidiendo tu mano. Tiene sentido.
Cada palabra caía como una piedra.
Yo seguía en shock. No sabía si quería gritarle, llorar o simplemente abrir la puerta y bajarme del auto. Al final no hice ninguna de las tres cosas. Solo lo miré, con la garganta cerrada y las manos apretadas sobre el regazo.
Tobías extendió la mano.
—Dame el teléfono.
—¿Qué?
—Tu teléfono —repitió, paciente—. Voy a dejarte mi número. Cuando lo decidas, me escribes.
Obedecí como en piloto automático. Desbloqueé la pantalla y se lo pasé. Él tecleó con rapidez, guardó el contacto y me lo devolvió.
—Recuerda que solo me queda el día de mañana —dijo mientras me devolvía el aparato—. Pasado mañana tengo que volver a la base. No hay más tiempo.
Asentí, todavía sin encontrar palabras.
Él apagó el motor, bajó del vehículo y rodeó la camioneta hasta mi lado. Abrió la puerta y esperó. Cuando puse un pie en la acera, su mano volvió a posarse un segundo en mi espalda, guiándome hacia la entrada de mi casa.
Subimos los dos escalones del porche. Antes de que yo pudiera sacar las llaves, la puerta se abrió. Mi padre estaba ahí, en pijama y con cara de quien no se había ido del todo a dormir.
Tobías le sonrió con educación, esa sonrisa pequeña y controlada que usaba con la gente mayor.
—Sana y salva, señor Kesington.
Mi padre asintió, todavía un poco sorprendido, y se hizo a un lado.
Tobías se giró hacia mí. Se inclinó y dejó un beso breve, casi formal, en mi mejilla. Sus labios apenas rozaron la piel, pero el calor se me quedó pegado.
—Piénsalo, Alma —murmuró cerca de mi oído—. Y escríbeme.
Después dio un paso atrás, asintió una vez más hacia mi padre y bajó los escalones sin mirar atrás. Yo me quedé en el umbral, con la mano todavía en la mejilla y el corazón hecho un nudo, viendo cómo la camioneta de su madre entraba en la garaje de su casa.
Cerré la puerta con cuidado. Mi padre murmuró algo sobre lo tarde que era y subió las escaleras, dejándome sola en el recibidor.
Me quedé inmóvil, con la espalda apoyada contra la madera y los dedos todavía rozando el lugar donde sus labios habían tocado mi mejilla.
¿Qué acababa de pasar?
Una parte de mí gritaba que esto era una locura. Una completa, absurda, ridícula locura. Tobías Sturm no me había propuesto matrimonio porque me amara. No había dicho ninguna de las palabras que yo había soñado escuchar durante años. No había hablado de sentimientos, ni de futuro juntos, ni de lo mucho que le gustaba verme sonreír. Había hablado de un ascenso. De un puesto militar. De conveniencia. De lo fácil que sería porque nuestras familias ya se conocían.
Debería sentirme ofendida, debería haberle dicho que no. Debería haberle cerrado la puerta en la cara.
Pero otra parte de mí… esa parte estúpida y esperanzada que llevaba años espiándolo desde la ventana… pensaba que tal vez era una hermosura.
Porque era Tobías, porque me había mirado de esa forma durante toda la cena.
Porque se había dado cuenta de mí, de la niña detrás de la cortina, de la mujer que seguía mirándolo cuando creía que nadie lo notaba.
Porque, aunque no lo hubiera dicho con las palabras que yo quería, me había elegido precisamente a mí.
No a una desconocida, ni a una mujer de su mundo militar. A mí.
Me llevé las manos a la cara y solté un temblor que no sabía si era risa o algo más cercano al pánico.
Era mi momento.
El momento que había imaginado mil veces de formas completamente distintas. En mis fantasías él bajaba del coche, me miraba como si fuera lo único que importaba en el mundo y me decía que me amaba desde hacía años. En la realidad me había ofrecido un trato práctico con un beso en la mejilla y un número de teléfono.
Y aun así…
Aun así el corazón me latía como loco, aun así la mejilla me quemaba donde la había tocado. Aun así, mientras subía despacio las escaleras hacia mi habitación, no podía dejar de pensar que, si decía que sí, mañana podría despertar sabiendo que Tobías Sturm iba a ser mi marido.
Me dejé caer en la cama sin quitarme el vestido. Agarré el teléfono y abrí el contacto nuevo. Tobías Sturm
El nombre estaba ahí, simple, sin adornos. Como él.
Me quedé mirando la pantalla en la oscuridad, con el pulgar suspendido sobre el teclado.
Una locura, una hermosura. Mi momento. Y solo me quedaba un día para decidir.
Me quedé dormida enseguida, supongo que por el vino, pero soñó con él, con nuestra vida juntos, con nuestro matrimonio, conmigo despertando a su lado cada mañana y me desperté sonriente, con una sola cosa en mis labios.
“Si quiero casarme contigo.”
Le envié un WhatsApp después del desayuno, después del interrogatorio de mi madre del cual no salió una sola palabra de mi parte y después de admirar su foto de perfil, con su uniforme militar. Sexy y jodidamente mío de ahora en adelante.
Yo: Acepto casarme contigo.
