Capítulo 5 Capítulo 5: La pedida de mano

No pasó ni una hora desde que envié el mensaje.

Estaba todavía en pijama, con el pelo revuelto y una taza de café a medio terminar cuando el timbre sonó. Mi madre gritó desde la cocina que abriera yo. Bajé las escaleras sin prisa… y me quedé congelada en el último escalón.

Tobías estaba en el umbral.

Elegante e impecable con traje oscuro, camisa blanca, el cabello peinado hacia atrás con esa precisión militar que siempre me había vuelto loca. A su lado, sus padres. Los tres de pie, formales, como si hubieran venido a una reunión importante.

Mi madre apareció detrás de mí con el delantal todavía puesto. Mi padre bajó de la planta de arriba, todavía abrochándose la camisa. Los dos se quedaron mirándolos con la misma expresión de sorpresa absoluta.

—Buenos días —dijo Tobías, con esa voz baja y controlada—. ¿Podemos pasar?

Entraron y la sala de pronto se sintió demasiado pequeña. Mi madre ofreció café con voz un poco temblorosa. Nadie aceptó. Tobías se quedó de pie frente a mi padre, con la espalda recta y las manos a los costados.

—Señor Kesington —empezó—. He venido a pedirle la mano de su hija.

El silencio que siguió fue tan denso que pude oír el reloj de la pared.

Mi padre parpadeó. Mi madre se llevó una mano a la boca. Los padres de Tobías intercambiaron una mirada rápida, pero no parecían sorprendidos. Solo… expectantes.

—¿La mano? —repitió mi padre, como si necesitara asegurarse de haber oído bien.

Tobías asintió una sola vez.

—Sé que esto puede parecer precipitado. Y que nunca se lo contamos a nadie. Pero Alma y yo siempre estuvimos enamorados. Desde hace años. Tuvimos otras relaciones, sí… cortas, tontas, de esas que terminan por estupideces de jóvenes. Pero nunca dejamos de querernos. Por eso queremos casarnos ahora.

¿Pero qué demonios acababa de decir? ¿De dónde sacaba todas esas mentiras?

Ni siquiera me dio tiempo de decir nada, porque mi madre soltó una risa incrédula que se transformó en algo más suave.

—Con razón —dijo, mirándome—. Cada vez que él venía te la pasabas pegada a esa ventana mirándolo.

Sentí el calor subirme a las mejillas de golpe. Aparté la vista, pero no lo suficiente como para no ver la media sonrisa de Tobías.

Mi madre se acercó a mí y me abrazó con fuerza.

—Si hay un hombre que me guste para mi hija… ese es él —susurró contra mi pelo—. De verdad.

El padre de Tobías dio un paso adelante y le tendió la mano a mi padre.

—Pienso exactamente lo mismo, Daniel —dijo con voz grave—. Me hace feliz que mi buen amigo de tantos años sea el padre de mi nuera.

Mi padre estrecho la mano, todavía un poco aturdido, pero ya no había rechazo en su expresión. Solo una mezcla de sorpresa y algo que se parecía mucho a la aceptación.

Tobías se giró entonces hacia mí.

Sacó una pequeña caja de terciopelo oscuro del bolsillo interior de la chaqueta. La abrió. Dentro había un anillo antiguo, de oro y una piedra clara que brillaba con la luz de la mañana.

Se arrodilló frente a mí.

—Alma Kesington —dijo, mirándome a los ojos sin una sola duda—. ¿Te casas conmigo?

Creo que una parte de mí estaba en chock, porque no podía reaccionar, no del todo. Todo estaba pasando demasiado rápido.

Las dos madres soltaron un grito ahogado al mismo tiempo. Vi lágrimas en los ojos de la mía y también en los de la madre de Tobías. Las dos empezaron a decir a la vez, entre risas y sollozos

—¡Beso! ¡Beso! ¡Beso!

Tobías no esperó más. Se puso de pie, me tomó la cara con las dos manos y me besó.

No fue un beso corto ni tímido. Fue lento, profundo, el tipo de beso que borra el resto del mundo. Sus labios se movieron contra los míos con una seguridad que me hizo temblar. Yo me aferré a la solapa de su chaqueta porque las piernas me fallaban. El anillo todavía estaba en su mano, pero ya no importaba. Solo existía él, el sabor de su boca y el hecho absurdo y hermoso de que, después de tantos años espiándolo desde la ventana, Tobías Sturm estaba besándome en medio de mi sala mientras nuestras madres lloraban de emoción.

Cuando por fin se separó, apenas unos centímetros, apoyó la frente contra la mía.

—Di que sí otra vez —murmuró solo para mí.

—Sí —susurré.

Y esta vez lo dije sin una gota de duda.

Él puso el anillo en mi dedo y esto era oficial. Era la prometida de Tobías Sturm. Mi crush y el amor de mi vida.

Mi madre fue la primera en reaccionar después del beso. Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y anunció, con voz todavía temblorosa:

—Voy a preparar té. Siéntense, por favor. Esto hay que celebrarlo aunque sea con algo caliente.

Nadie discutió. Los padres de Tobías ocuparon el sofá grande. Mi padre se sentó en el sillón de siempre, todavía con esa expresión de quien no termina de creerse lo que acaba de ocurrir. Tobías me guió hasta el sofá más pequeño, el de dos plazas, y se sentó a mi lado. Tan cerca que nuestros muslos se tocaban.

Tomó mi mano izquierda, la que ahora llevaba su anillo, y la apoyó sobre su rodilla. De vez en cuando levantaba mis dedos y dejaba un beso breve, casi distraído, en los nudillos. Como si no pudiera evitarlo. Como si necesitar a tocarme para confirmar que esto era real.

El té llegó en la bandeja de porcelana que mi madre solo sacaba en ocasiones especiales. Las tazas tintinearon mientras ella las repartía. La conversación se reanudó poco a poco, fechas posibles, la base militar, cuánto tiempo estaría Tobías de permiso, si la boda sería pequeña o si habría que invitar a medio regimiento. Yo escuchaba a medias. La mayor parte de mi atención estaba en el calor de su mano envolviendo la mía y en la forma en que su pulgar rozaba una y otra vez el anillo.

Esto sobrepasaba cualquier sueño que hubiera tenido.

En mis fantasías de adolescente nunca había llegado tan lejos. Nunca me había imaginado sentada en el salón de mi casa, con el anillo de la familia Sturm en el dedo, mientras nuestras madres hablaban de flores. Nunca me había imaginado a Tobías besándome los nudillos delante de todo el mundo como si fuera lo más natural del planeta.

Y sin embargo…No dejaba de ser una locura. Una hermosa, absurda, precipitada locura.

Él había mentido. Había dicho que siempre nos habíamos amado. Y yo había callado. Había dejado que esa versión de la historia se instalara en la sala porque una parte de mí quería desesperadamente que fuera verdad. Porque prefería la mentira hermosa a la realidad fría del ascenso militar y la conveniencia.

Estaba aterrada y eufórica al mismo tiempo. Por primera vez en mi vida, no tenía que espiarlo desde la ventana.

Podía tocarlo.

Y eso, por ahora, era suficiente para no echarme a correr.

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