Capítulo 6 Capítulo 6: El trato
Cuando el reloj marcó casi las nueve de la noche, los padres de Tobías se levantaron. Habían hablado de fechas, de invitados y de lo rápido que se organizaría todo. El cansancio empezaba a notarse en todos.
Las despedidas fueron largas. Abrazos, promesas de verse pronto y sonrisas que todavía parecían un poco incrédulas. Mi padre se acercó a Tobías antes de marcharse a su habitación y, con una expresión seria, le hizo un gesto claro con dos dedos señalando sus propios ojos y después a él. El mensaje era evidente “estaré pendiente”. Luego señaló hacia mí y murmuró algo que sonó muy parecido a “cuida a mi bebé”.
Mi madre soltó una risa nerviosa, lo agarró del brazo y se lo llevó casi a rastras hacia las escaleras.
—Daniel, por Dios, ya déjalos en paz —dijo entre dientes, aunque se le notaba divertida.
Subieron las escaleras. Y por fin quedamos solos.
El silencio de la casa se sintió de golpe. Me dejé caer otra vez en el sofá y solté un suspiro largo, cansado, que venía desde el fondo del pecho.
—Esto es solo el inicio —murmuré, mirando el anillo en mi dedo—. Y ya estoy agotada.
Tobías se quedó de pie un momento, observándome, antes de sentarse a mi lado. Ya no había público. La máscara de la formalidad se había aflojado un poco.
—Fue una emboscada —le dije, girándome hacia él—. Debimos hablar primero. Tener una coartada. Una historia mínima que no se cayera a pedazos en cinco minutos.
Él no negó nada. Solo asintió una vez, lento.
—Lo pensé todo —contestó con esa voz baja y controlada—. No había más tiempo. Si esperaba, se complicaba. Así que actué.
Me miró de frente.
—A partir de la boda viviremos juntos en mi casa. Dentro de la base. Los altos mandos tenemos vivienda asignada, casa completa, seguridad, todo incluido. Después de la boda te mudas conmigo. Eso no se discute.
Hizo una pausa, como midiendo mi reacción.
¿Vivir con Tobías? ¿Dormir con Tobías? Demonios, mi yo interna daba saltitos como loca.
—Fuera de la base puedes hacer tu vida normal. Pero dentro… eres mi esposa. Y te comportas como tal. No necesitas trabajar si no quieres. Yo me haré cargo de todo. Si decides hacerlo, también está bien. Pero las apariencias importan. Especialmente las mías.
Me quedé callada unos segundos, digiriendo cada palabra.
—¿Y lo de besarnos en público? —pregunté al fin.
Tobías sostuvo mi mirada sin pestañear.
—Cuando sea necesario.
El tono era práctico, casi frío. Pero sus ojos no lo eran del todo. Había algo más detrás, algo que no nombraba.
Me recosté contra el respaldo del sofá y cerré los ojos un instante.
Acababa de aceptar convertirme en la esposa de un futuro general.
Me quedé mirándolo, todavía procesando todo lo que acababa de decir, cuando añadió con la misma calma
—Un divorcio no está bien visto para el puesto al que aspiro. Así que no nos divorciaremos. Podemos separarnos si en algún momento lo necesitas… pero seguirás viviendo en mi casa. Y ante la ley, y ante los ojos de los demás, serás mi mujer. Siempre.
Abrí la boca. Literalmente se me quedó entreabierta.
Había pensado que esto era temporal. Un arreglo de un par de años, quizás hasta que él consiguiera el ascenso y ya no me necesitara. Nunca se me había ocurrido que estuviera hablando de algo permanente. De una vida entera atada a su apellido y a sus reglas.
—¿Siempre? —repetí, con la voz un poco más aguda de lo normal.
Tobías inclinó ligeramente la cabeza, observándome.
—No nos vamos a divorciar, Alma —dijo—. Así que… tal vez tu sueño de que estemos juntos se cumplió.
Sentí el calor subirme a las mejillas de inmediato.
—Ese no es mi sueño —contesté rápido, demasiado rápido.
Él soltó una risa baja, breve, casi divertida.
—Es broma.
Pero la forma en que me miraba no parecía del todo una broma.
Se inclinó un poco más hacia mí. Su voz bajó, más seria, más cercana.
—Una cosa más —dijo—. No tendrás otros hombres. Tu único hombre seré yo. Si en algún momento llegas a tener algo… que sea por fuera. Y sin que nadie se entere. Ni siquiera yo.
El silencio que siguió fue denso.
Yo lo miré, con el corazón latiéndome demasiado fuerte y el anillo pesándome en el dedo.
Acababa de firmar, sin papeles todavía, las reglas de una vida que ya no me pertenecía del todo.
Y lo peor de todo era que una parte de mí… no quería echarse atrás.
Continué mirándolo en silencio, sintiendo cómo el anillo me quemaba la piel. La casa, tan grande y ahora tan vacía, parecía haber reducido el mundo a ese sofá y a la distancia mínima que aún nos separaba.
—No es un trato justo —dije al fin, con la voz más baja de lo que pretendía—. Tú decides las reglas, el lugar, el tiempo… y yo solo asiento.
Tobías no se apartó. Apoyó el codo en el respaldo y se giró completamente hacia mí, invadiendo un poco más mi espacio.
—No te obligué a aceptar el anillo —me recordó—. Podías haber dicho que no delante de todos. Podías haberme dejado solo con la vergüenza. No lo hiciste.
Apretó los labios. Tenía razón. Y esa verdad la irritaba más que cualquier imposición.
—Porque me atrapaste —admití—. Porque mis padres estaban ahí, porque tu madre ya había empezado a llorar de emoción, porque… porque no supe cómo salir.
Él inclinó la cabeza, aceptando la acusación sin defenderse.
—Entonces ahora tienes la oportunidad de salir —ofreció, tranquilo—. Mañana por la mañana le digo a todos que fue un error, que me precipité. Que tú no quieres esto. Yo cargo con el coste político. Tú te quedas libre.
La propuesta flotó entre nosotros como una salida de emergencia. Abrí la boca… y la cerró. El corazón me latía con fuerza absurda. La idea de que él se levantara, recogiera el anillo y se marchara le provocó un nudo en el estómago que no esperaba.
—No —susurró.
Tobías no sonrió. Solo asintió, como si hubiera esperado exactamente esa respuesta.
—Entonces las reglas se mantienen —dijo—. Viviremos juntos. Dormiremos bajo el mismo techo. Compartiremos cama cuando sea necesario para mantener las apariencias. Y fuera de esa casa… serás libre de hacer lo que necesites, siempre que nadie se entere. Incluyéndome a mí.
Alma tragó saliva. La mención de la cama hizo que el calor le subiera otra vez al cuello.
—¿Y tú? —preguntó, desafiante—. ¿También tendrás “cosas por fuera”?
Él sostuvo su mirada sin pestañear.
—No. Yo no necesito eso. Mi prioridad es el ascenso y la estabilidad. Tú serás suficiente… o no serás nada. Es tu decisión.
El silencio se alargó. Sentí el peso de esas palabras como una cadena y, al mismo tiempo, como algo que me provocaba un temblor traicionero en las rodillas. Tobías levantó la mano y, con una lentitud deliberada, rozó el anillo en su dedo con la yema del pulgar.
—Mañana empezamos a preparar todo—continuó—. En tres meses la boda. Después de eso, ya no hay marcha atrás.
Se levantó del sofá. La altura de él me obligó a levantar la cara. Por un segundo, creí que iba a inclinarse hacia mi. En lugar de eso, solo le ofreció la mano para ayudarme a ponerme de pie.
Cuando nuestros dedos se tocaron, la electricidad fue real, molesta, imposible de ignorar.
—Buenas noches, Alma —dijo en voz baja—. Descansa. Vas a necesitarlo.
Y se dirigió hacia la puerta de la sala sin mirar atrás, dejándome sola con el anillo, el silencio y la certeza inquietante de que, las cosas iban a ser realmente complicadas.
