Capítulo 7 Capítulo 7: La despedida
Esa noche, en la soledad de mi habitación, no pude pegar un ojo, no sabía si estaba cometiendo un error o me estaba adentrando en lo más feliz de mi vida. Lo que si sabía es que si perdía esta oportunidad, el buscaría a alguien más, y ese alguien más ocuparía mi lugar. Y yo me moriría de celos al imaginarlo con otra.
La mañana siguiente, Tobías cruzó la calle con su uniforme de militar. Apenas abrí la puerta, su perfume invadió mis fosas nasales.
Y olía… Dios, a algo limpio y costoso, y debajo una nota cálida de piel que me hizo apretar los muslos sin querer.
Se detuvo frente a mí. Demasiado cerca.
—Tengo que volver a la base —dijo con esa voz baja y controlada—.Hoy mismo. Hay un informe que no puede esperar.
Asentí, aunque el nudo en la garganta no me dejaba hablar con naturalidad.
—Nuestras madres se encargarán de todo lo de la boda —continuó—. Fechas, invitados, vestidos, flores… todo. No tendrás que pelearte con nadie. Ellas ya están organizándolo como si fuera una operación militar. Tú solo tendrás que aparecer y sonreír cuando te lo pidan.
Hizo una pausa. Sus ojos oscuros me recorrieron la cara con una lentitud deliberada.
—Yo solo vendré cuando sea necesario tomar una decisión en pareja. Siempre y cuando el trabajo me lo permita. Si no puedo, decidiremos por teléfono o por mensaje. Pero cuando esté aquí… estaré presente. Completamente.
Tragué saliva.
—Entendido.
Tobías inclinó ligeramente la cabeza, como si midiera mi reacción una última vez. Luego levantó una mano y me sujetó la mandíbula con suavidad, el pulgar rozándome la comisura de los labios.
—No te olvides de las reglas, Alma.
Antes de que pudiera contestar, se inclinó.
El beso no fue suave. No fue de despedida educada. Fue hambre contenida durante horas. Sus labios se abrieron sobre los míos con una seguridad absoluta, y su lengua invadió mi boca sin pedir permiso, profunda, lenta, explorándome como si tuviera todo el derecho del mundo. Un brazo me rodeó la cintura y me pegó contra su pecho duro. El olor de él me envolvió por completo. Yo gemí contra su boca sin poder evitarlo, y él aprovechó para profundizar aún más, chupándome el labio inferior, mordiéndome apenas, dejándome sin aire y con las rodillas hechas gelatina.
Cuando por fin se separó, yo estaba temblando. Él respiraba un poco más agitado, pero sus ojos seguían oscuros y concentrados.
—Eso —murmuró contra mis labios— es para que no olvides a quién perteneces ahora.
Me soltó con la misma calma con la que me había atrapado. Dio un paso atrás, se pasó el pulgar por el labio inferior como si estuviera saboreando el rastro de mí, y sin una palabra más se giró y salió de la casa.
Cuando levanté la mirada, su madre son obervaba con una sonrisa. Así que ahora entendía el motivo del beso. Pero aun así no había dejado de gustarme.
La puerta se cerró con un clic suave.
Yo me quedé de pie en medio de la sala, el corazón latiéndome desbocado, los labios hinchados y el sabor de Tobías todavía en la lengua.
Tres meses. Solo tres meses. Y ya estaba perdida.
El eco de su voz resonaba dentro de mí
“Eso es para que no olvides a quién perteneces ahora.”
No era una frase romántica. Era una marca. Y lo peor, o lo más peligroso, era que una parte de mí se había estremecido de placer al escucharla.
Subí a mi habitación con las piernas todavía blandas. Cerré la puerta y me dejé caer de espaldas sobre la cama. El techo daba vueltas. Cerré los ojos y volví a sentir su boca. La forma en que me había besado… no era un beso de despedida. Era un recordatorio. Un “esto es mío” disfrazado de labios y lengua.
Pasé los dedos por mis labios hinchados. Todavía ardían.
En tres meses me casaría con un hombre que apenas conocía, que me había tocado como si tuviera derecho absoluto sobre mi cuerpo y que, con un solo beso, me había dejado más húmeda de lo que me atrevía a admitir.
Me giré de costado y me abracé a la almohada. El perfume de él todavía flotaba en el aire, como si se hubiera quedado impregnado en mi piel. Cerré los ojos con fuerza.
No sabía si lo que sentía era miedo, anticipación… o las dos cosas al mismo tiempo.
Pero una certeza se instaló en mi pecho, pesada y caliente:
Ya no había marcha atrás.
Y, por primera vez, una pequeña parte de mí, la más traicionera, no quería que la hubiera.
Esa misma tarde, Tobías se marchó.
Yo lo vi desde la ventana de mi habitación. Caminaba con esa misma compostura militar, como si el beso que me había dejado temblando no hubiera existido. Como si no me hubiera marcado con la boca y las palabras.
A partir de ese día, nuestras madres se convirtieron en un ejército de dos.
Todos los días, sin excepción, se reunían en el salón de mi casa. Café, listas, revistas de bodas, muestras de telas, fotos de centros de mesa. Yo me sentaba con ellas porque no me dejaban otra opción. Ellas decidían fechas, invitados, flores, menú, música. Yo asentía, probaba vestidos cuando me lo pedían, elegía entre dos tonos de rosa pálido y sonreía cuando hacía falta. Era como estar dentro de una operación perfectamente planificada en la que yo era solo la pieza que tenía que aparecer en el día D.
Y todas las noches, a la misma hora, el teléfono de la casa sonaba con una llamada de Tobías.
Actuábamos como dos enamorados anticuados y ridículos. Como si estuviéramos en una película de los cincuenta. Él me preguntaba cómo había estado el día, yo le contaba las discusiones de nuestras madres sobre si el lazo de las sillas debía ser satén u organza. Él reía bajito, esa risa controlada que apenas se oía, y yo me enroscaba en el cable del teléfono como una adolescente idiota.
Hasta que una noche, después de casi media hora de esa tontería dulce, él bajó la voz y me dijo
—No te confundes, Alma. Llamo todas las noches para que tus padres se crean el cuento. Para que vean que el novio se preocupa, que está presente aunque esté en la base. Es parte del plan. No te hagas ilusiones románticas.
El golpe fue limpio. Directo al estómago.
Asentí aunque él no pudiera verme.
—Lo sé —mentí.
Pero seguí contestando todas las noches.
Tobías volvió dos veces.
La primera, para la prueba de traje. Llegó con el uniforme impecable, se dejó medir, se probó el smoking negro y el azul noche. Estuvo serio, profesional, apenas me miró mientras el sastre le ajustaba las mangas. Cuando terminó, me dijo solo
—Elige el que más te guste. Cualquiera está bien.
Y se fue.
La segunda vez fue para la elección final del traje y… para la prueba de la tarta.
Nuestras madres habían insistido en que estuviera. “Es una decisión de pareja”, dijeron. Así que Tobías apareció, se sentó a mi lado en la pastelería y se quedó en silencio mientras nos traían bandejas y bandejas de muestras.
Yo probé todo. Él no abrió la boca.
—¿No vas a probar nada? —le pregunté en voz baja, inclinándome hacia él.
Me miró de reojo.
—No consumo azúcares refinados.
Así de simple. Como si fuera lo más normal del mundo.
Me quedé quieta con el tenedor a medio camino de la boca.
No lo sabía.
Había admirado su cuerpo, su forma de caminar, el control absoluto que ejercía sobre cada conversación… pero no sabía que no comía azúcar. No sabía casi nada de él.
Y de pronto me di cuenta de que estaba a punto de casarme con un desconocido sexy al que solo conocía de piel y de reglas.
El regresó a su base y esa noche, cuando el teléfono sonó a la hora de siempre, yo ya no estaba dispuesta a hablar solo de lazos de sillas.
—¿Por qué no comes azúcar? —pregunté en cuanto contestó.
Hubo un silencio breve al otro lado.
—Porque prefiero mantener el control sobre lo que le doy a mi cuerpo —respondió al final, con esa voz baja y precisa—. Y tú, Alma… ¿por qué preguntas ahora?
—Porque no sé nada de ti —admití—. Y dentro de tres meses voy a casarme contigo.
Oí cómo se acomodaba al otro lado de la línea. Imaginé la base, el uniforme, la habitación austera donde debía estar.
—Entonces pregunta —dijo—. Pregunta lo que quieras.
Y así empezó.
Todas las noches, después de la fachada romántica que necesitaban mis padres, yo lo interrogaba.
¿Qué odias de la comida?
Los platos demasiado dulces y la gente que habla con la boca llena.
¿Duermes bien?
Poco. Siempre he dormido poco.
¿Tienes miedo de algo?
De perder el control.
¿Y de mí?
Esa pregunta se la tragué la primera vez. Pero no la segunda.
Tobías se calló un segundo más de lo normal.
—De ti no tengo miedo, Alma —respondió al fin—. De lo que me provocas, quizás. Pero miedo… no.
Y yo, en la oscuridad de mi habitación, con el teléfono apretado contra la oreja y las piernas juntas, sentí que algo se movía dentro de mí.
Algo que ya no era solo el recuerdo de su boca ni el peso de las reglas.
Era la peligrosa necesidad de conocer al hombre que, en tres meses, iba a ser mi marido.
