Capítulo 2 Humillación pública

Dos semanas después del divorcio, Catalina creyó que lo peor ya había quedado atrás. Había firmado los papeles, había empacado sus cosas y, por primera vez en años, dormía sin el peso del nombre Halsten sobre sus hombros.

Pero Leonard no era un hombre que dejara asuntos inconclusos sin añadir su toque final.

La gala anual de la Fundación Halsten era uno de los eventos más exclusivos del país. Reunía a empresarios, políticos, celebridades y a la élite financiera que orbitaba alrededor del poderoso imperio Halsten Corp. Catalina había planeado no asistir este año, pero la invitación llegó de forma inesperada. No solo con su nombre de soltera, sino acompañada de un elegante mensaje:

"Sería un gesto elegante despedirte de la sociedad que tanto te acogió. Nos vemos allí. - Leonard."

Era una trampa. Y ella lo sabía.

-No tienes que ir, Catalina -le advirtió Sofía, su mejor amiga, mientras la ayudaba a ajustarse el vestido negro ceñido al cuerpo-. Ese hombre solo quiere herirte otra vez.

-Justamente por eso debo ir -respondió Catalina, levantando la barbilla-. Esta será la última vez que juegue su juego. Después de esta noche, no volveré a ser su sombra.

Su reflejo en el espejo la sorprendía incluso a sí misma. Había perdido el brillo inocente de la mujer que entró a ese matrimonio cinco años atrás. Ahora sus ojos eran más fríos, su postura más firme, su belleza más sofisticada.

Era una mujer que ya no pertenecía a Leonard Halsten.

La gran sala del Hotel Imperial resplandecía bajo las lámparas de cristal. Los flashes de los fotógrafos iluminaban la alfombra roja mientras los invitados llegaban uno tras otro. Las cámaras captaban cada detalle para los titulares del día siguiente.

Cuando Catalina apareció en la entrada, un murmullo recorrió a los presentes como una ola silenciosa.

-¿Es ella?

-La ex señora Halsten...

-Pero... ¡está deslumbrante!

Catalina avanzó con paso seguro, ignorando las miradas curiosas, los cuchicheos venenosos y las sonrisas falsas. Sabía que, para muchos de los presentes, ella era ahora poco más que un capítulo cerrado.

Pero no para Leonard.

Él la esperaba al fondo del salón, conversando con algunos socios. Al verla, sus ojos grises la recorrieron lentamente. Sonrió, esa sonrisa arrogante que Catalina conocía tan bien: la sonrisa de un hombre que se siente superior.

Ella le sostuvo la mirada mientras se acercaba. Un mesero apareció a su lado ofreciéndole una copa de champán. Catalina la tomó con elegancia.

-Catalina -saludó Leonard, modulando la voz para que todos pudieran escucharlo-. Me alegra que hayas aceptado la invitación. Te ves... renovada.

-Gracias, Leonard -respondió ella, sonriendo sin mostrar los dientes-. Tú también pareces disfrutar de tu recién adquirida "libertad".

Alrededor, varios empresarios forzaban sonrisas mientras observaban el cruce con disimulada curiosidad.

Leonard, siempre maestro de las apariencias, se inclinó levemente hacia ella, bajando el tono pero manteniendo su cruel intención.

-Espero que la soledad no haya sido demasiado dura estos días -susurró-. Supongo que ya no es tan fácil vivir sin el apellido Halsten, ¿verdad? Sin mis contactos. Sin mis recursos.

Catalina apretó la copa con más fuerza, pero no desvió la mirada.

-Nunca dependí de tu nombre, Leonard. Solo tú necesitas sentir que eres indispensable.

-Oh, querida -se irguió, alzando la voz deliberadamente para que el grupo cercano los escuchara-. Pero todos sabemos que, durante cinco años, lo único que te sostuvo fue la caridad de este matrimonio. Fuiste un lindo adorno, Catalina. Pero los adornos, cuando se desgastan, se reemplazan.

Una risa forzada brotó de algunos invitados. Catalina sintió el calor subirle por el cuello, pero mantuvo su expresión intacta.

No le daría el placer de verla derrumbarse.

-Es curioso -respondió con calma venenosa-. Porque a veces los adornos terminan valiendo más cuando dejan de estar al alcance de quien los despreció.

La frase flotó en el aire unos segundos, cortante, mientras algunos asistentes se removían incómodos. Leonard la observó con los ojos entrecerrados.

-Disfruta la velada, Catalina -replicó finalmente, sonriendo con una frialdad escalofriante-. Seguro alguien se apiadará y te ofrecerá algún trabajo... después de todo, la vida de exesposa es bastante... solitaria.

Dicho eso, Leonard se giró hacia su grupo de inversionistas, dejándola allí, bajo la mirada inquisitiva de toda la sala.

Catalina tragó el nudo que amenazaba con asfixiarla y giró sobre sus talones. Caminó hacia la terraza exterior, donde la música apenas se oía y la brisa helada la golpeaba. Solo entonces permitió que las lágrimas asomaran, pero no cayeron.

-No más, Catalina -se susurró a sí misma-. No más lágrimas por ese hombre.

Desde un rincón apartado, una figura la observaba atentamente. Un hombre de porte elegante, con ojos calculadores. No pertenecía al círculo de Leonard, pero había puesto sus ojos en ella esa noche.

Su nombre aún no importaba.

Pero pronto, sería pieza clave en el nuevo juego que Catalina estaba por iniciar.

El juego donde Leonard Halsten aprendería que la mujer que una vez humilló... sería quien lo destruyera.

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