Capítulo 4 La partida
El cielo estaba gris cuando Catalina regresó por última vez a la mansión Halsten. El aire denso anunciaba una tormenta cercana, como si el propio clima compartiera la tensión de aquel día.
Se detuvo frente a la majestuosa fachada, ese edificio frío que durante años había llamado "hogar" sin que realmente lo fuera jamás. Las columnas blancas, los ventanales altos, la puerta de roble macizo... todo seguía igual. Inmóvil. Inerte. Como su matrimonio.
Pero ella ya no era la misma.
Al abrir la puerta, la recibió el eco de sus propios pasos en el vestíbulo vacío. La casa estaba extrañamente silenciosa. Los empleados, obedeciendo las órdenes de Leonard, habían evitado cruzarse con ella durante los últimos días. Era como si la presencia de Catalina hubiera dejado de existir antes incluso de firmar el divorcio.
Subió lentamente las escaleras hasta el dormitorio principal. El espacio, que alguna vez compartieron, ya no tenía rastro de Leonard. Él había ordenado que sus pertenencias fueran retiradas apenas firmaron los papeles.
Catalina observó por un instante la gran cama de sábanas blancas, impecablemente tendidas por las mucamas, como si esperara a unos nuevos ocupantes.
-Qué rápido limpiaste todo rastro de mí, Leonard -susurró para sí misma, con una amarga sonrisa.
Las maletas estaban listas desde hacía días. Dos grandes valijas de cuero negro, discretas, sin los logos costosos que tanto le gustaban a las esposas de la élite.
Catalina no se llevaba joyas. No se llevaba cuadros. No se llevaba los lujosos vestidos que alguna vez vistió en las galas de su marido. Solo se llevaba lo esencial: su ropa básica, algunos recuerdos personales y los documentos que marcarían el inicio de su nueva vida.
Mientras revisaba por última vez el interior de las maletas, su teléfono sonó. Era Sofía.
-¿Todo listo? -preguntó su amiga al otro lado de la línea.
Catalina soltó un suspiro.
-Todo listo. Esta es la última vez que piso esta casa.
-¿Quieres que vaya por ti? -ofreció Sofía con calidez.
-No -respondió Catalina con firmeza-. Quiero hacerlo sola. Necesito cerrar esta puerta con mis propias manos.
Hubo un breve silencio.
-Está bien. Te espero en el departamento -dijo finalmente su amiga-. Hoy empieza todo, Catalina. Hoy recuperas tu vida.
Catalina colgó y dejó el teléfono dentro del bolso.
Bajó las maletas con calma. En el vestíbulo, el mayordomo de la mansión, el viejo señor Warren, la esperaba con un discreto gesto de respeto.
-Señora Catalina... -inició con un tono que mezclaba tristeza y respeto.
-Catalina. Solo Catalina ahora, señor Warren -corrigió ella con una pequeña sonrisa.
El hombre asintió, claramente conteniendo las palabras. Durante los años de matrimonio, Warren había sido uno de los pocos en esa casa que le mostró un mínimo de humanidad.
-Ha sido un honor servirle, señora. Espero... espero que encuentre paz -añadió, bajando la mirada.
Catalina lo miró con afecto genuino.
-Gracias, Warren. Usted fue más amable conmigo que mi propio esposo durante todos estos años.
El mayordomo no respondió, pero sus ojos brillaron un instante. Abrió la gran puerta de la mansión y Catalina, con ambas manos firmes en el asa de sus maletas, cruzó el umbral.
Mientras caminaba hacia el auto que la esperaba, el viento levantó algunas hojas secas alrededor. Las puertas de la mansión se cerraron detrás de ella con un estruendo sordo.
Era el sonido de un ciclo que moría.
El chofer, contratado especialmente por Sofía, la ayudó a cargar las maletas en el vehículo. Catalina subió al asiento trasero y, mientras el auto se ponía en marcha, giró la cabeza para ver la mansión una última vez.
Aquellas paredes habían sido su prisión de cristal.
Ahora quedaban atrás.
En el trayecto hacia el nuevo departamento de Sofía, su mente viajaba al pasado: las cenas silenciosas, los cumpleaños olvidados, las miradas indiferentes de Leonard mientras ella trataba de sostener aquel matrimonio vacío.
Recordó los primeros años, cuando todavía guardaba una pequeña llama de esperanza. Cuando pensaba que, tal vez, con tiempo y paciencia, Leonard se abriría. Cuando soñaba con formar una familia.
Pero Leonard nunca quiso hijos. Nunca quiso un verdadero hogar.
-Todo era un negocio -murmuró Catalina, sintiendo cómo la tristeza era reemplazada lentamente por una determinación más férrea.
El vehículo se detuvo frente al edificio donde Sofía la esperaba. Catalina bajó y, al levantar la vista, encontró a su amiga parada en la puerta, sonriéndole con los brazos abiertos.
-Bienvenida de vuelta al mundo, querida -le dijo Sofía mientras la abrazaba con fuerza.
Catalina cerró los ojos un instante, permitiéndose ese breve refugio.
-No voy a quedarme mucho tiempo aquí, Sofi. Solo hasta que esté lista.
-¿Lista para qué?
Catalina abrió los ojos. Su mirada ya no era la de la mujer rota de días atrás.
-Para empezar de nuevo. Y para cobrarme lo que me deben.
Sofía la observó con asombro, pero no dijo nada. Sabía que la mujer que tenía frente a ella ya no era la misma.
Catalina Rivas había desaparecido.
Lo que ahora nacía... era otra cosa.
Una mujer dispuesta a destruir al hombre que la destruyó a ella.
