Capítulo 6 Los orígenes del contrato

Cinco años atrás

El salón principal del Hotel Imperial resplandecía aquella noche bajo un millar de luces de araña que parecían imitar un cielo de estrellas artificiales. Las familias más poderosas del país se congregaban allí, como cada año, en uno de los eventos más exclusivos del círculo empresarial: la Gala Anual de Filantropía Empresarial.

Catalina Rivas, entonces de veinticuatro años, caminaba con una elegancia natural por el gran salón. Su vestido azul noche abrazaba su figura esbelta mientras su cabello castaño oscuro caía en ondas suaves sobre sus hombros desnudos. Sus labios, pintados de un rojo discreto, temblaban apenas; no de inseguridad, sino de nerviosismo contenido.

Su padre, Rodrigo Rivas, uno de los empresarios medianos del sector inmobiliario, la escoltaba con paso firme, aunque Catalina podía notar la tensión en cada movimiento de él. Esa noche no estaban allí solo para disfrutar de la gala, sino para sellar algo mucho más trascendental.

Un acuerdo.

-Recuerda, Catalina -le susurró su padre mientras avanzaban entre los invitados-. Esta oportunidad puede asegurar el futuro de nuestra familia durante generaciones. Leonard Halsten no suele fijarse en nadie, pero su padre... ha mostrado interés en esta alianza. Es un honor que nos consideren.

Catalina asintió sin responder. Llevaba semanas oyendo los mismos argumentos. Sabía perfectamente lo que esa "alianza" significaba: un matrimonio de conveniencia. Un acuerdo entre familias. Un negocio sellado con su vida personal como moneda de cambio.

Por mucho que hubiera soñado con elegir a su compañero de vida, la realidad de su apellido la empujaba hacia otra dirección.

Al fondo del salón, junto al bar de mármol, lo vio por primera vez.

Leonard Halsten.

Alto, impecablemente vestido con un esmoquin negro perfectamente cortado, la postura erguida, los hombros anchos, y ese aire distante que lo caracterizaba incluso desde la distancia. Conversaba con dos inversionistas extranjeros, aunque sus ojos, fríos y calculadores, se movieron hacia ella tan pronto como notó su presencia.

No hubo sonrisa. No hubo asombro.

Solo una evaluación. Como quien observa un producto antes de decidir su compra.

Catalina sintió un escalofrío, pero alzó el mentón. Si había algo que su madre siempre le había enseñado era a no mostrar debilidad frente a los poderosos.

El padre de Leonard, Edward Halsten, apareció entonces, sonriendo ampliamente mientras los interceptaba.

-Rodrigo, querido amigo -saludó efusivamente al padre de Catalina-. Y esta debe ser la famosa Catalina de la que tanto me has hablado.

-Un honor conocerlo, señor Halsten -respondió Catalina con cortesía, extendiendo la mano.

Edward la tomó entre las suyas, como un viejo zorro satisfecho de su propio plan.

-Qué educación tan exquisita, y qué belleza. Mi hijo es un hombre afortunado. ¿No es así, Leonard? -preguntó, girándose hacia él con una sonrisa cargada de intenciones.

Leonard dio un paso hacia adelante, clavando sus ojos grises en los de Catalina. No hubo calidez en su mirada, pero sí algo más difícil de descifrar: cálculo, curiosidad, y una pizca de desdén.

-Encantado, señorita Rivas -dijo finalmente, inclinando apenas la cabeza-. Bienvenida al verdadero mundo.

Catalina sostuvo su mirada sin parpadear.

-Gracias, señor Halsten. Aunque algunos de nosotros ya vivimos en el mundo real -respondió suavemente, dejando escapar una chispa de rebeldía.

Por un breve segundo, algo parecido al interés cruzó los ojos de Leonard, pero lo disimuló enseguida.

Edward rio con fuerza, golpeando el hombro de su hijo.

-Me gusta su carácter. Hace falta temple para estar junto a un Halsten.

Catalina entendió, en ese momento, que esa noche ya estaba escrita desde hacía mucho. Sus opiniones no importaban. Sus sueños no eran parte de la ecuación.

Las semanas siguientes fueron una coreografía cuidadosamente ensayada.

Cenas de presentación, reuniones familiares, fotografías en eventos sociales, artículos en revistas anunciando el "romance inesperado entre dos mundos". Aunque el público lo presentaba como una historia de amor moderno, Catalina y Leonard sabían que no era más que un contrato tácito.

Durante una de esas cenas privadas, cuando ya era inevitable hablar del futuro, Leonard dejó claro lo que pensaba.

-No busco amor, Catalina -le dijo con voz pausada, mientras los meseros retiraban los platos-. Este matrimonio es ventajoso para ambas familias. Tú tendrás un apellido que te abrirá puertas. Yo me libraré de las constantes presiones familiares para que me asiente. Eso es todo.

Catalina apretó la servilleta entre los dedos.

-Lo sé -respondió con dignidad-. Pero quiero establecer algunas condiciones.

Leonard alzó una ceja, visiblemente entretenido por su osadía.

-¿Condiciones?

-Respeto mutuo -dijo ella sin titubear-. No me humilles en público, no me expongas. No me obligues a sonreír para la prensa si no quiero. Y mantén tus... otros intereses fuera de mi vista.

Leonard sonrió apenas.

-Tienes más carácter del que pensé. Me parece justo -acordó-. Siempre y cuando entiendas que esto no es un matrimonio como los de los cuentos. Serás mi esposa, Catalina, pero nuestras vidas serán... independientes.

Catalina tragó saliva, conteniendo el nudo en la garganta.

-Entendido.

Se estrecharon la mano como dos empresarios cerrando un trato.

El día de la boda llegó pronto.

Una ceremonia impecable, fotografiada por todos los medios, bendecida por los poderosos, admirada por los oportunistas. Catalina caminó por el altar del brazo de su padre, con una sonrisa dibujada a la perfección y el corazón en silencio absoluto.

Cuando Leonard le tomó la mano y prometió lo que jamás cumpliría, Catalina entendió finalmente la magnitud de la jaula en la que estaba entrando. Una jaula de cristal y diamantes.

Pero jamás imaginó lo profundo que sería el vacío.

Ni que, años después, renacería de las cenizas de ese acuerdo maldito para convertirse en el peor error de Leonard Halsten.

FIN DEL FLASHBACK

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