Capítulo 3 Capítulo 3
Dos semanas transcurrieron. Finalmente, tras organizar cada detalle para asegurar la comodidad de los niños, las ruedas de la aeronave tocaron la pista.
Ginevra volvió a contemplar la luz de la capital a través de la ventanilla del avión antes de pisar tierra firme.
Apenas cruzaron la zona de desembarque del aeropuerto de Roma, dos escoltas avanzaron para hacerse cargo del equipaje.
Ginevra caminaba con el rostro en alto y el paso sereno, llevando de la mano a sus tres pequeños. A su izquierda avanzaban los dos niños, tomados entre sí y unidos a ella, mientras que a su derecha caminaba su pequeña hija, la niña de mirada despierta y porte erguido.
—Por fin vamos a conocer al abuelo —exclamó uno de los pequeños.
Ya no tendrían que conformarse únicamente con escuchar aquella voz del otro lado del teléfono fijo, como habían hecho a lo largo de esos años. Ahora, por fin, podrían mirarlo a los ojos y estrecharlo en un abrazo de carne y hueso.
—Así es, mi amor —respondió Ginevra, apretándole suavemente los dedos—. Hoy conocerán personalmente al abuelo.
Era el primer y más sagrado compromiso que cumpliría tras subir al automóvil que la esperaba en la salida.
Antes de instalarse en su nueva residencia, debía visitar al hombre que, en la hora más oscura de su existencia, la había rescatado.
Gracias al amparo de su abuelo, ella pudo reunir las fuerzas necesarias para salir adelante. Lejos de su tierra natal, repudiada por su propio padre y con las manos vacías, Ginevra sobrevivió hasta ver nacer y crecer a sus pequeños trillizos.
Lionel Rizzo permanecía desde hacía algún tiempo por decisión propia en una residencia de ancianos a las afueras de la ciudad. Estaba decidido a pasar sus últimos años de vida en ese lugar, disfrutando del silencio y de la atención profesional, sin sentir que representaba una carga o una molesta para nadie.
Sin embargo, a pesar de que muchos ingenuos en la alta sociedad pensaban que estaba acabado y despojado de facultades, Lionel conservaba el poder absoluto para decidir qué hacer con su fortuna.
A pesar de que su hijo Pietro lideraba el negocio familiar junto con su nieto, el anciano aún no había cedido por completo el control legal de los activos ni el dominio de los fideicomisos principales.
Por esa razón, aquella noche de invierno en que Ginevra tocó desesperada las puertas de la residencia para despedirse antes de huir de Roma, y se arrodilló ante él hecha un mar de lágrimas suplicando perdón, él no dudó un solo segundo en ayudarla.
Lionel autorizó la transferencia de una suma considerable de dinero para que su nieta pudiera establecerse con dignidad en otra provincia. Utilizó sus contactos e influencias fuera de Roma para que le brindaran protección, garantizando que pudiera llevar una vida normal, próspera y honorable, digna del apellido Rizzo.
Lo que Lionel jamás llegó a prever fue que, con el capital, Ginevra no solo cubrió los gastos de maternidad y crianza, sino que fundó una pequeña empresa que año tras año, creció de manera exponencial.
En la historia de la dinastía Rizzo, las mujeres siempre habían sido relegadas a la sombra del hogar, educadas para ser esposas dóciles y figuras decorativas; ninguna había manifestado jamás la inteligencia, la astucia y la perspicacia ejecutiva que Ginevra demostró.
Jamás se arrepintió de haber tendido aquella mano, a pesar de que esa acción desató un infierno y fracturó la relación con su único hijo. Aún recordaba las palabras llenas de bilis con las que Pietro había irrumpido en su habitación al enterarse del auxilio.
«¡Ayudaste a esa cualquiera! —había gritado Pietro, fuera de sí, con las venas del cuello a punto de estallar—. ¡Y no solo eso, le entregaste una suma considerable de mi patrimonio!»
«Lo que yo decida hacer con el dinero que gané con el sudor de mi frente no es de tu incumbencia» había respondido Lionel.
«¡No tenías por qué ayudarla! ¡No lo merecía!»
«¿Entonces debía dejar que se muriera de hambre y de frío en las calles como un animal desamparado?»
«¡Ella debía volver! —bramó Pietro, descargando un puñetazo sobre la pared—. Tenía que regresar arrastrándose, suplicar mi perdón de rodillas y deshacerse de una vez por todas de ese maldito bastardo».
Esos eran los crueles planes del patriarca actual para doblegar a su hija. Pero su propio padre, con una sola firma, se los había arruinado por completo.
Lionel se puso de pie lentamente, apoyándose en su bastón, y mirando a su hijo a los ojos soltó una sentencia que heló la sangre de Pietro.
«Debí haber hecho exactamente lo mismo cuando tu madre se embarazó de ti. Negarme a casarme y desaparecer de la ciudad para que tu padre la echara a la calle y tú, bastardo desagradecido, también hubieras muerto de frío». Así no me habrían forzado a casarme con ella.
Pietro quedó paralizado, desencajado por el impacto de aquella confesión.
Después de esa feroz discusión, no volvió a poner un pie en la residencia. No regresó de visita, ni llamó para preguntar por la salud de su padre; lo abandonó por completo a su suerte.
Al viejo Lionel poco le importó ese distanciamiento, pues conocía la mezquindad de su hijo desde que era un niño. Sin embargo, con el paso de los años, el anciano fue tejiendo en silencio el castigo que impondría a Pietro y a toda la familia.
Ginevra subió al automóvil de lujo junto a sus tres pequeños. El vehículo se puso en marcha sin ruido y avanzó hasta detenerse frente a una acogedora cafetería de arquitectura clásica, donde previamente habían acordado la cita. Todo el encuentro había sido minuciosamente coordinado por Augusto, amigo íntimo del patriarca y su abogado de entera confianza, quien se encargó de garantizar la absoluta privacidad de la reunión.
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En una mesa cerca del ventanal, Lionel Rizzo aguardaba sentado en su silla de ruedas. Sus dedos delgados tamborileaban sobre el reposabrazos, mientras sus ojos buscaban con impaciencia la llegada de su nieta y sus bisnietos.
—¡Es el abuelo! —exclamó Liana al instante, señalando hacia el interior de la terraza.
Los niños lo conocían a la perfección gracias a las fotografías que Ginevra guardaba.
Liana era una niña extraordinariamente perceptiva, y las facciones del anciano estaban grabadas en su memoria.
—¡Sí, es el abuelo! —gritaron al unísono los gemelos Liom y Liam, soltándose del agarre de su madre para correr hacia él.
Los brazos delgados y frágiles de Lionel se abrieron de par en par para recibir con emoción a esas tres pequeñas criaturas que, a lo largo de los últimos años, le habían devuelto la alegría a cada una de sus mañanas.
Los apretó contra su pecho con las pocas fuerzas que le quedaban, respirando la fragancia pura de su propia sangre.
—Abuelo, estás muy flaco —comentó Liana tras observarlo de arriba abajo, sacándole de inmediato una sonrisa sincera al anciano—. ¿Es que acaso no te comes todas las verduras que te sirven?
—Te aseguro que me como absolutamente todas las verduras, pequeña.
—Entonces, ¿por qué se te han caído los dientes? —intervino Liam, inclinándose para inspeccionar la boca del viejo.
—A los ancianos se les caen los dientes simplemente por viejos, tonto —le explicó su hermano Liom con aires de sabio.
Lejos de molestarse por las ocurrencias y la franqueza descarnada de los pequeños, Lionel soltó una carcajada, riendo con verdaderas ganas como no lo hacía desde antes de su encierro.
Ni siquiera permitió que Ginevra, que acababa de llegar a la mesa con el rostro encendido de pena, interviniera para reprender la falta de recato de sus hijos.
—De todos modos, aunque te falten dientes y te veas un poco como una calaverita, sigues viéndote muy chulo —le dijo Liana con extrema dulzura, rodeándole el cuello con sus bracitos y estampándole un beso afectuoso en la mejilla.
Los ojos de Lionel se empañaron por las lágrimas mientras contemplaba la nobleza y la pureza en el rostro de su nieta.
—Gracias, mi vida —musitó el anciano con la voz quebrada.
Aquel momento, rodeado del amor sincero de su descendencia, era sin lugar a dudas el mejor regalo que Ginevra le había podido dar en el ocaso de su existencia.
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Horas más tarde, tras haber disfrutado de una tarde llena de risas, helados y anécdotas, el vehículo regresó a las puertas de la residencia de ancianos.
Mientras los pequeños dormitaban en el asiento trasero exhaustos por las emociones del día, Ginevra se giró hacia su abuelo con la mirada suplicante.
—Todavía estás a tiempo, abuelo. Puedes pensarlo mejor y venirte a vivir con nosotros.
—Ya lo he pensado, mi dulce niña —respondió Lionel acariciándole la mano con ternura—. Y aunque la idea de despertar rodeado de ti y de los niños me hace profundamente feliz, no quiero ser una molestia.
—Pero es que jamás serías una molestia, abuelo. Te amamos demasiado.
—Tengo a todos mis viejos amigos aquí adentro, Ginevra —explicó el anciano, esbozando una leve sonrisa melancólica—. Con ellos juego largas partidas de cartas, domino las tardes y hacemos muchísimas actividades para distraernos —hizo una breve pausa y la miró fijamente—. En serio, estoy muy bien aquí.
—Abuelo... Por favor. Para mí nunca serás una carga.
—Lo sé perfectamente, tesoro. Pero un viejo achacoso como yo solo te daría trabajo extra del que no necesitas.
—Tú ya tienes demasiado sobre tus hombros con la crianza de esos tres terremotos y con el gran proyecto empresarial del que tendrás que hacerte cargo muy pronto en esta ciudad.
Ginevra frunció el ceño, perdiendo la mirada en el horizonte mientras dejaba escapar un profundo suspiro.
—Abuelo... ¿Por qué yo? ¿Por qué me pones a mí al frente de todo esto?
Lionel la miró con una chispa de astucia desbordando de sus ojos cansados.
—Porque esta es tu ciudad, Ginevra. Tu reino.
—¿Qué quieres decir con 'mi reino', abuelo?
—En unos pocos días lo entenderás todo.
Se despidió de ella estampándole un beso en la frente. De inmediato, los enfermeros de turno se acercaron, le ayudaron a bajar del vehículo y lo condujeron lentamente hacia el interior del edificio.
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Caía la tarde cuando Ginevra y los tres niños llegaron a la propiedad que Lionel había adquirido y acondicionado para ellos.
Los dos varones salieron corriendo de un lado a otro para explorar cada rincón de la casa. Liana, al ver el alboroto, se plantó en medio del salón, se colocó las manos en la cintura y exclamó.
—¡Pero qué malos modales tienen! ¡Compórtense!
Ginevra no pudo evitar sonreír ante la ocurrencia de la pequeña.
Empujó las maletas hacia el recibidor y luego se inclinó dulcemente hacia su hija para animarla a unirse a sus hermanos en el jardín trasero, donde se había mandado a montar un parque de diversiones exclusivamente para el disfrute de los trillizos.
—Ve a jugar un rato, cariño. Mira qué bonito está afuera.
—Después, mamá —respondió—. Ahora mismo quiero conocer mi habitación para ordenar toda mi ropa.
Hablaba y actuaba como si fuera una mujer adulta con años de responsabilidad a la espalda, dándole prioridad a las labores del hogar por encima de la diversión.
Ginevra se le quedó mirando en silencio. Ella le había inculcado valores firmes y buenos modales, pero esa madurez tan prematura y la rigidez de sus decisiones eran un misterio; no sabía de dónde ni de quién las había heredado.
—¡Mamá! —gritaron al unísono Liom y Liam, asomando las cabezas por la gran puerta de cristal que daba al patio—. ¡El parque es maravilloso!
—El abuelo lo mandó a construir y armar exclusivamente para ustedes tres. Disfrutren —les informó desde la sala.
—¡El abuelo es definitivamente lo mejor de lo mejor del mundo entero! —vincularon los dos niños.
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La noche cayó sobre la ciudad. Con los niños dormidos en sus habitaciones y la casa sumida en un silencio, Ginevra se sentó frente al tocador de su dormitorio.
A la luz de una veladora, abrió el cajón del mueble y extrajo su diario personal: un cuaderno, donde a lo largo de los años había escrito sus pensamientos más íntimos.
Avanzó página por página hasta llegar exactamente a la mitad del libro. Allí, conservada entre las hojas manuscritas, descansaba una fotografía de Davide Lombardo.
Ginevra la tomó con dedos y la sostuvo bajo la luz. Contempló el rostro del hombre que alguna vez juró amarla con locura, el prometido que prefirió entregarse a los brazos de otra en lugar de buscar la verdad, el novio que la abandonó en la absoluta miseria sin sospechar jamás la tormenta que ella llevaba dentro.
Pasó la yema del pulgar sobre la imagen, sintiendo cómo el dolor antiguo recorría cada rincón de su ser.
Ya no era la joven frágil e ingenua que lloraba desconsolada en el silencio de la noche.
—Mañana... —murmuró en medio de la oscuridad de la habitación—. Mañana, Davide Lombardo. Mañana estaremos frente a frente.
