Capítulo 4 FIREWORK
La forma en la que Jackson saltó de improvisto para protegerla cuando no tenía por qué hacerlo la dejó descolocada por un segundo. Uno que fue suficiente para que los maleantes que los perseguían volvieran a disparar.
—¡¿Estás loco?! —le gritó.
Justo antes de tomarlo por los brazos para ponerse ella como su defensora, sus ojos se encontraron por un instante. Maxine sintió un miedo terrible por que algo le sucediera.
Volvió a apuntar con su pistola y les disparó directamente a los dos tipos, que se vieron forzados a ocultarse detrás de las paredes del pasillo.
—¡Max! ¡Tenemos que irnos de aquí!
—No me digas —respondió con sarcasmo.
Tomó su mano y ambos salieron corriendo por la salida de las escaleras de emergencia. Bajaron a toda prisa hasta la planta baja y continuaron corriendo, ante la mirada de algunos invitados y medios de tabloides.
Algunos fotógrafos aprovecharon el momento para tomarles una foto.
Jackson lo notó y se preocupó por la historia que se iban a pintar, pero ahora mismo era más importante escapar de esos sujetos.
Maxine volteó hacia atrás y los vio persiguiéndolos todavía.
—¡Maldición! —renegó.
Por fortuna, el tumulto de gente afuera impidió que los dos secuestradores los alcanzaran. Consiguieron llegar a su auto a tiempo, lo encendió y pisó el pedal a toda velocidad para alejarse con él.
Jackson llevaba la respiración acelerada, pero, a pesar de eso, una sonrisa le surcaba el rostro.
—¡Wow! Eso fue muy loco.
—¡Eso fue estúpido! —recriminó ella molesta.
Condujo a toda velocidad, hasta que estuvieron lo bastante lejos como para detenerse sin sentir peligro.
—¿Ya estamos a salvo? —indagó.
—No lo sé, eso espero. Esto es más serio de lo que creí, de haber sabido que iba a hacer así yo...
—¿Qué? ¿Hubieses dicho que no? —le cuestionó sin dejarla terminar.
Maxine se volteó hasta quedar frente a Jackson. Por supuesto que ella no hubiera dicho que no, porque le era imposible resistirse a esa sonrisa perfecta, esos ojos azules, y esa barba que le enmarcaba el rostro.
—¿Tan poco respeto tienes por tu propia vida? —replicó sin contestar su primera pregunta.
—No se trata de eso, es que, realmente creí que mi padre exageraba.
—Es evidente que su preocupación no es en vano. Dime, ¿en qué problema estás metido?
—En ninguno, me están buscando por mi invento.
—¿Y bien? —Se quedó mirándolo, aguardando a que él le dijese de qué se trataba.
—No puedo decírtelo, los del gobierno me hicieron jurar que no podía revelar ni un ápice de la información.
Maxine suspiró, sabía que, si ellos se lo habían prohibido era porque debía ser algo altamente confidencial y, sobre todo, valioso.
—Eso que hiciste fue muy imprudente, ¿cómo se te ocurre meterte en medio? Pudieron haberte asesinado.
—No lo pensé, solo... bueno y ¿cómo es que me encontraste? Se suponía que estabas con Luke.
—Y se suponía que tú debías estar ante mi vista todo el tiempo, ¡¿cómo pudiste caer por ese par de piernas largas?! —Volvió a recriminarle, esa vez no se contuvo y le dio varios manotazos en el pecho.
Jackson se protegió colocando sus brazos en frente.
—Lo siento, fue un momento de estupidez, y quizá tomé de más también.
—Ni siquiera quiero saber cómo logró amarrarte así —negó con la cabeza intentando borrar esa horrible imagen mental que se había comenzado a formar en su cabeza.
Sin embargo, Jackson ya había comenzado a recrear el recuerdo en su cabeza. Una sonrisa traviesa surcó su rostro y eso a ella la hizo rabiar, a pesar de que se veía jodidamente guapo cuando ponía esa expresión.
—¡Eres un tonto! —exclamó dándole un empujón.
Se bajó del carro refunfuñando para sí. Jackson la imitó, rodeo la parte delantera del vehículo y se plantó frente a ella.
—Perdona, no quería hacerte molestar, creí que entenderías.
—Sí, ya sé que no te conozco, tenías razón.
—Max, han pasado doce años, la gente cambia, tú también lo has hecho, así que no entiendo por qué estás tan enojada.
Ella lo miró desconcertada, ¿de verdad era tan ciego? A Maxine no le importaba tener que arriesgar su vida, llevaba años haciéndolo, pero le molestaba sobremanera su poca capacidad para preocuparse siquiera un poco por sí mismo, y por supuesto, el hecho de que nunca la vería como algo más que una amiga.
—Olvídalo, solo, no vuelvas a separarte de mí hasta que todo esto acabe, ¿ok?
—Muy bien, será como ordenes mi comandante —le dijo haciendo un saludo militar.
Max le giró los ojos y trató de contener la risa. Era imposible para ella estar molesta con él por mucho tiempo.
Volvieron a subir al auto, esta vez ella condujo de vuelta a su casa. No podían regresar a la fiesta después del desastre.
Cuando llegaron, Maxine llamó a su padre para que se encargase de la chica del baño. No pasó demasiado tiempo para enterarse de que la desgraciada había huido por la ventana.
Si antes le intrigaba el invento de su amigo, ahora la curiosidad era una tentación que le carcomía el pensamiento en todo momento. Una parte de ella le decía que debía averiguar de qué se trataba sin importar cómo, pero su lado racional le dejaba claro que hacer eso era transgredir; no solo su confianza; sino también, el contrato confidencial que él había firmado.
Jackson se metió a su habitación, mientras que ella estaba afuera en la sala sin poder descansar. Realmente no lo había hecho desde que volvió de Irak.
Sus recuerdos la hicieron perderse hasta quedar con la vista en blanco, pero el sonido de sus pasos la hizo regresar en sí.
Él se asomó con la camisa a medio abrir en su pecho, llevaba el cabello más despeinado y no traía pantalones, solo un apretado bóxer negro era lo único que lo separaba de la desnudez.
Maxine abrió los ojos como platos al verlo en esas fachas. Se puso de pie de un brinco, mientras que Jackson, al ver su reacción, se sintió un poco avergonzado.
—¿No te has ido? —cuestionó, aunque no quiso hacerlo sonar de esa manera.
Ella apartó la mirada de su esbelto cuerpo, que parecía hecho por los dioses.
—Se supone que debo quedarme en caso de que se les ocurra regresar —dijo con los dientes apretados. Solo una mano cubría levemente sus ojos.
—Oh, bien, puedes quedarte en la habitación de invitados —ofreció.
Maxine asintió y corrió hasta donde él le había señalado. Cerró la puerta de un solo golpe y cuando se sintió a salvo recostó su espalda contra la madera blanca, sintiendo su corazón acelerado.
—¿Será que le gusta jugar conmigo? —se preguntó para sí misma.
Por su parte, Jackson la miró irse con una ceja enarcada. Cuando eran más niños; en aquel entonces ella tenía como diez y él como trece, solían bañarse juntos en ropa interior.
Nunca le molestó que ella lo viese así, y a ella no parecía importarle tampoco, así que no comprendió esa reacción, pero supo que no sería buena idea que lo volviese a ver en esas fachas.
Al rato Maxine volvió a salir y fue por sus cosas al auto. Regresó con sigilo y se metió en el cuarto de invitados. Se deshizo por fin del vestido y se sintió liberada. Esa noche había sido muy agitada, y apenas era el primer día de trabajo.
Contempló su cuerpo semidesnudo en el espejo y sus dedos repasaron las cicatrices feas que adornaban ahora su abdomen, un recordatorio permanente del por qué tuvo que regresar.
Tres toques en la puerta la distrajeron. Se cubrió las cicatrices con una camisa holgada y se puso un pantalón de dormir antes de abrir.
—Traje una ofrenda de paz. —Jackson le sonreía con un pedazo de pastel de chocolate en una mano, y un six pack de cervezas en la otra.
Ella le sonrió y giró sus ojos.
—Bien, acepto, pero solo por esta vez.
Ambos salieron a la sala, y se sentaron en el sofá para ver una película. Aquello inevitablemente le trajo más recuerdos.
Maxine subió los dos pies al mueble y comenzó a comer, mientras él destapaba dos latas.
—Propongo un brindis, por haberme salvado esta noche. Casi no la cuento.
—Espero que, de ahora en más, aprecies un poco tu vida y me hagas el trabajo más fácil —respondió levantando su lata de cerveza.
Los dos chocaron la bebida y le dieron un sorbo. Cuando dejaron de beber, un eructo salió de lo profundo de la garganta de ambos; soltaron una carcajada.
—Casi creí que ya no estabas ahí, pero veo que la vieja Maxine sigue escondida en lo profundo de tu ser.
—¡Ja! Mira quién lo dice —replicó empujándolo de forma amistosa.
—Tienes que contarme todo lo que has hecho estos años.
—Tú también. Nunca imaginé que terminarías dirigiendo el imperio de tu padre. Siempre tuviste ideas más pacifistas que la fabricación de armas.
—Sí, bueno, las ideas cambian —aseguró con una risa.
De pronto se escuchó a una distancia no muy lejana la explosión de unos fuegos artificiales. Jackson miró por la ventana y vio las luces de colores centelleando en el cielo nocturno. No tenía idea de a qué se debían, quizá alguna celebración privada de alguien. Le pareció bonito; volteó para mirar a su amiga, y entonces se dio cuenta de su mirada perdida.
—¿Max?
Un nuevo juego de explosiones apareció en el cielo y eso gatilló en ella una reacción que él nunca había visto.
Maxine pegó un grito y se arrojó al piso en posición fetal cubriendo sus orejas con las manos. Comenzó a balancearse adelante y hacia atrás y de sus ojos escaparon unas cuantas lágrimas.
—¡Max! ¿Qué sucede? —preguntó desesperado.
