Capítulo 3 Reencuentro

La pequeña Brittany se sujeta fuertemente del cuello de su padre. Siente la respiración agitada de Richard y mira con desconfianza a los hombres armados que caminan a los lados del vehículo. El ambiente dentro de la camioneta es tan pesado que ninguno de los guardias dice una sola palabra en todo el camino.

​Tras una hora de trayecto, el convoy atraviesa unos portones monumentales de hierro y se adentra en la Mansión Taylor. No es una simple residencia, sino un complejo privado rodeado de varias casas secundarias. En el centro se levanta la casa principal: una estructura imponente y sobria que demuestra de inmediato el poder y el dinero que se manejan ahí.

​Las camionetas se detienen y uno de los escoltas le pide a Richard que baje con la pequeña. Los guían en silencio por los pasillos de mármol hasta llegar al comedor principal. Ahí está Sarah, esperando.

​Sarah está sentada en el extremo de la mesa con un cuchillo pequeño en la mano, cortando láminas finas de una manzana sobre un plato de porcelana. Al ver entrar a Richard con la niña, hace un gesto sutil con la mano para que los guardias se retiren.

​—Siéntense —ordena Sarah, señalando el banquete que tiene preparado sobre la mesa.

​Richard camina despacio, pero se niega a tomar asiento. Permanece de pie, manteniendo a Brittany bien pegada a su pecho. Ni él ni la niña tocan nada de la mesa; el miedo en la habitación es evidente.

​Sarah deja el cuchillo a un lado, limpia sus manos con una servilleta y fija sus ojos fríos en el hombre.

​—Señor Anderson, su rostro me parece familiar... ¿Nos hemos visto antes?

​—No lo creo, señora...

​—Señorita Taylor —interrumpe ella con frialdad, corrigiéndolo de inmediato—. Y usted tiene algo que me pertenece.

​La presión en el pecho de Richard aumenta, pero la desesperación por defender su lugar junto a la niña lo obliga a hablar.

​—Señorita Taylor, su padre y yo hicimos un trato —exclama Richard, intentando que la voz no le tiemble—. Él me dijo que usted no quería abortar y que tampoco quería a la bebé. Mi esposa...

​—Su exesposa —interrumpe nuevamente ella, sin pestañear.

​—Mi exesposa y yo pagamos una gran cantidad de dinero por la niña —continúa él, sosteniendo la mirada—. Asumimos su crianza desde el primer día.

​Sarah no se inmuta. Se levanta despacio de la silla, camina hacia la barra de la cocina y sirve cereal de chocolate en un tazón con leche fría. Con pasos pausados se acerca a donde están ellos y se agacha un poco para quedar a la altura de la niña.

​—Hola, pequeña. ¿Te gusta el cereal? Es de chocolate.

​La niña queda viendo el tazón. Aunque no ha comido nada y el hambre se nota en su mirada, la desconfianza es más fuerte; abraza con más fuerza a Richard y oculta el rostro en su hombro.

​Sarah deja el plato sobre la mesa y encara a Richard frente a frente.

​—Usted pagó medio millón de dólares por esta niña. Si en este momento llamo a la policía, usted se va preso por tráfico de menores y sin un solo centavo en la bolsa. Pero soy piadosa. Esta niña vale mucho más que esa miseria: le devolveré su dinero y un cincuenta por ciento adicional por el tiempo que la cuidó.

​—Señorita Taylor, ella no está a la venta —responde Richard con rabia.

​—Tampoco lo estaba hace dos años —sentencia Sarah, alzando la barbilla—. Pero alguien le dijo que sí y usted, sin dudarlo, lo pagó. Ahora yo, su madre biológica, reclamo lo que es mío y usted no tiene ninguna autoridad sobre ella.

​Richard aprieta los dientes. Sabe que legalmente está acorralado, pero busca cualquier forma de frenarla.

​—¿Y cómo sé que usted es su madre biológica? Es solo su palabra. Así como yo podría decir que soy su padre biológico y que el trato con su padre fue directo.

​Sarah se queda callada un segundo y suelta una risa breve y helada. Hacía años que nadie se atrevía a desafiarla con esa audacia en su propia casa.

​—Si quiere jugar así, perfecto. Mañana a primera hora vendrá un equipo médico a tomar muestras de los tres. Una vez que el laboratorio confirme que es mi hija y que usted no tiene nada que ver con ella, se irá para siempre.

​Sarah se da la vuelta para salir, pero antes de cruzar la puerta se detiene.

​—Mientras tanto, se quedarán en la villa de huéspedes. Tendrán alimentos, ropa y comodidades. Ni se le ocurra intentar salir; la propiedad está vigilada.

​Sarah sale de la habitación con pasos firmes. Ya había previsto realizar la prueba de ADN desde antes de enviarlos a traer; la desconfianza hacia su propio padre era tal que sabía que el viejo era capaz de darle información falsa incluso en su lecho de muerte.

​En el comedor, Richard se queda a solas con Brittany en brazos, apretándola fuerte sin saber cómo la protegerá al día siguiente.

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