Capítulo 4 ADN
Sarah se encuentra en su despacho observando las luces de la ciudad a través del gran ventanal cuando Steven entra sin hacer ruido, sosteniendo una carpeta de cuero entre las manos.
—Hemos terminado de entrevistar a las candidatas para la niñera de la niña —dice Steven, dejando el documento sobre el escritorio de caoba—. Siendo sincero, esta es la mejor opción entre todas, pero aun así no creo que esté a la altura de lo que busca.
Sarah regresa a su sillón de piel y abre la carpeta. Pasa las páginas con desdén. Tal como Steven advierte, la trayectoria de la mujer es mediocre para los estándares de los Taylor.
Sarah sostiene sobre los hombros un imperio que controlar; la maternidad, en este punto de su vida, se ha convertido en un lujo insostenible. Aunque hace dos años su único anhelo era sostener a su bebé en brazos, la crueldad de la noticia de su muerte la obligó a enterrar cualquier atisbo de debilidad. Pasó dos años enteros consumida por la búsqueda, persiguiendo la única pista que su padre escondía antes de morir. Hoy, al tener a la niña bajo su techo, nota que aquel amor maternal devorador no fluye de forma automática, pero su orgullo y posesividad siguen intactos: no va a permitir que un extraño se quede con lo que es suyo por derecho de sangre.
—Según me informan, nuestros huéspedes ya terminaron de cenar —agrega Steven, rompiendo el silencio del despacho—. Tenemos hombres suficientes vigilando el perímetro de la villa para evitar cualquier intento de fuga durante la noche.
—No se irá —responde Sarah, cerrando la carpeta de golpe—. No tiene adónde ir. Su exesposa lo dejó completamente en la calle; no tiene dinero, no tiene propiedades ni apoyos. Es un hombre acorralado.
Sarah se apoya hacia atrás en su sillón, entrelazando los dedos.
—De hecho, quizás me sea de utilidad. Él conoce a la niña mejor que nadie.
Steven parpadea, sorprendido.
—¿Está considerando contratarlo a él como cuidador?
Sarah se queda en silencio por unos segundos. La duda vuelve a asaltarla. Intenta hacer memoria, buscando en sus recuerdos dónde demonios ha visto el rostro de Richard Anderson anteriormente. Sin embargo, el expediente detallado que Steven le entregó esa misma tarde no muestra ningún cruce en sus vidas: no compartieron círculos sociales, ni negocios, ni lugares.
—Ya veremos mañana —concluye Sarah, dando por terminado el asunto—. Luego de que el médico tome las muestras de ADN, quiero que le haga un chequeo exhaustivo a la niña. Necesito saber su estado de salud exacto.
Steven asiente con una leve inclinación de cabeza.
—Enseguida prepararé al equipo médico para primera hora.
Mientras tanto, en la villa de huéspedes, Richard analiza todas las opciones posibles, pero en cada escenario termina perdiendo a la pequeña. Su sueño de ser padre se lo están arrebatando y siente una rabia impotente quemándole el pecho. Brittany se queda dormida en su regazo, abrazando su muñeca. Él es incapaz de conciliar el sueño en toda la noche; el temor de que esa sea la última noche que pase a su lado no lo deja descansar.
Al día siguiente, temprano por la mañana, un guardia golpea con firmeza la puerta de la villa. Richard abre de inmediato, con el rostro cansado y la niña en brazos.
—La señorita Taylor quiere que estén listos a las nueve de la mañana —informa el guardia sin emoción alguna—. Le tomarán las muestras a la niña y le realizarán otros exámenes. Los resultados tardarán tres días. Por el bienestar de la pequeña, la señorita sugiere que salgan a tomar aire fresco; no son prisioneros y pueden recorrer los jardines. En un momento les traerán ropa limpia.
—¿No somos prisioneros? —reprocha Richard con ironía—. Si no somos prisioneros, entonces déjenos ir en paz.
El guardia se limita a dar media vuelta y retirarse sin discutir.
A las nueve en punto, Richard y Brittany caminan escoltados hacia el salón principal. Sarah ya los espera de pie, luciendo un impecable traje oscuro. A su lado se encuentra un equipo médico de tres especialistas vestidos con batas blancas y maletines de equipo clínico avanzado.
—Buenos días —saluda Sarah con voz neutra, recorriéndolos con la mirada—. Procederemos rápido para no alterar a la niña.
El médico principal da un paso al frente y saca un par de hisopos estériles y varios tubos de ensayo.
—Señor Anderson, necesitamos una muestra de mucosa bucal de usted y de la pequeña, además de una toma de sangre de la señorita Taylor —explica el doctor con profesionalismo—. El proceso no dolerá.
Richard aprieta a la niña contra su pecho, reticente a dejar que se le acerquen. Brittany mira las agujas y los tubos con temor, escondiendo la carita en el cuello de Richard.
—Tranquila, mi amor, no va a pasar nada —le susurra él al oído, tratando de que no note el temblor en sus propias manos.
Sarah observa la escena en silencio. Le molesta ver cómo la niña busca refugio desesperadamente en Richard y ni siquiera la voltea a ver a ella.
El médico realiza primero la extracción de sangre a Sarah, quien ni siquiera pestañea mientras le llenan el tubo. Luego, con cuidado, el especialista toma la muestra de la boca de Brittany mientras Richard la sostiene suavemente para tranquilizarla. Por último, toman la muestra de Richard.
—Las muestras irán directo al laboratorio central bajo custodia —informa el médico, guardándolo todo en un contenedor refrigerado—. Tendremos el informe definitivo en setenta y dos horas. Ahora, si me lo permite, realizaremos el chequeo general a la pequeña.
Sarah da un paso adelante y mira fijamente a Richard.
—Tres días, señor Anderson. Tres días para que la ciencia me entregue lo que legalmente es mío.
