Capítulo 6 Niñera

Richard contempla a Sarah con un odio silencioso que le quema el pecho. La idea de que le arrebaten a su hija lo carcome por dentro, especialmente ahora que la prueba de ADN ha confirmado, contra todo pronóstico, que él es su padre biológico. Sin embargo, sabe que la mujer que tiene enfrente posee los recursos para destruirlo en cualquier tribunal si se niega a cooperar.

​—¿Qué puedo hacer para estar con ella? —pregunta Richard, tragándose el orgullo mientras busca desesperadamente una salida.

​—Ya te he dicho que serán trasladados a esta casa —responde Sarah con tono impecable y distante—. De esa forma, la niña podrá...

​—Brittany —la interrumpe Richard, dando un paso al frente y apretando los puños—. La niña se llama Brittany. Debes aprenderte su nombre y dejar de tratarla como si fuera un objeto de tu propiedad.

Sarah se congela un segundo. Desde que asumió el control del Conglomerado Taylor y consolidó su poder en el mundo empresarial, nadie se ha atrevido a interrumpirla, y mucho menos a corregirla con semejante osadía en su propia cara. Le molesta el tono, pero sus ojos analíticos escudriñan cada gesto de firmeza en el rostro del hombre.

​—Estoy considerando cambiarle el nombre —provoca ella con frialdad calculada, manteniendo la barbilla en alto—. Ese nombre no me gusta.

​—No te atreverás a cambiarle el nombre a mi hija —sentencia Richard con la voz grave, llena de una rabia contenida pero peligrosa—. Ella se llama así porque yo mismo le escogí el nombre desde el primer día que la sostuve en mis brazos.

En realidad, Sarah no tiene la menor intención de cambiarle el nombre a la pequeña; simplemente quería medir hasta dónde llegaba el instinto de protección de Richard y probar la fuerza de su carácter. Sin alterar su postura, se acerca a la mesa de centro, toma su chequera personal de cuero oscuro y un bolígrafo de tinta negra. Escribe un monto con trazos rápidos y firmes, arranca el cheque con un rasguño seco y se lo extiende a Richard.

En el papel se lee una cifra astronómica: 20 millones de dólares. Una suma de dinero que un hombre común como él jamás vería en toda su vida.

​—Toma esto y podrás librarte de cualquier responsabilidad sobre ella —dice Sarah, clavándole la mirada sin pestañear—. Con esto podrás marcharte esta misma noche e iniciar una nueva vida en cualquier parte del mundo, sin deudas y con el futuro asegurado.

Richard mira el cheque entre los dedos de Sarah. Para cualquier otra persona en su situación económica, tras haber sido dejado en la calle por su exesposa, ese papel representaría la salvación absoluta. Sin embargo, él ni siquiera extiende la mano para tocarlo. La sola sugerencia de ponerle un precio al amor de su hija le resulta una aberración.

—Se equivoca si piensa que soy esa clase de persona —responde Richard, mirando el cheque con absoluto desprecio—. Y si cree que podrá mantenernos encerrados aquí como si fuéramos sus prisioneros, está muy equivocada. En este mismo momento voy a llamar a la policía para que nos saquen de esta casa.

Sin dudarlo un segundo, Richard saca su teléfono del bolsillo y marca el número de emergencias. Pone el aparato junto a su oído, esperando encontrar alguna señal de sobresalto o pánico en el rostro de Sarah. Sin embargo, ella permanece inmóvil. No mueve un solo dedo para detenerlo ni muestra la menor intención de quitarle el teléfono; se limita a observarlo con una calma helada, cruzando los brazos sobre el pecho mientras escucha cómo él le explica con voz agitada al operador que lo tienen retendido en la propiedad Taylor contra su voluntad.

En cuanto Richard termina la llamada y cuelga, el silencio vuelve a apoderarse de la habitación. No transcurren ni tres minutos cuando el teléfono privado de Sarah comienza a sonar sobre la mesa.

Sarah toma el dispositivo con parsimonia, ve la pantalla y desliza el dedo para contestar, fijando sus ojos fríos directamente en Richard.

—Dígame, comisionado —saluda Sarah con voz pausada y elegante.

—Señorita Taylor, disculpe la molestia a esta hora —se escucha al otro lado de la línea la voz servicial del alto mando policial—. Acabamos de recibir una llamada del número de emergencias proveniente de un sujeto que alega que usted lo tiene retenido a él y a una menor contra su voluntad. ¿Se encuentra usted bien? ¿Necesita apoyo?

—No hay de qué preocuparse, comisionado —responde Sarah, sin perder la compostura ni elevar el tono—. Solo se trata de un exempleado frustrado por negocios que no sabe perder. Nada que no esté bajo control. Sin embargo, si gusta venir en persona a verificar la situación, yo misma lo recibiré con gusto en la residencia.

—Por favor, faltaba más, señorita Taylor, confiamos plenamente en usted —se apresura a responder el oficial con obsecuencia—. Cancelaré el reporte de inmediato para no perturbar su tranquilidad. Que tenga excelente noche.

Sarah cuelga la llamada sin despedirse y deja el teléfono de vuelta en la mesa. La demostración de poder es devastadora e instantánea. La ilusión de Richard de encontrar auxilio en las autoridades se desmorona en un segundo, dejándole claro hasta dónde se extienden los hilos del Conglomerado Taylor y la abrumadora realidad a la que se enfrenta para proteger a su hija.

—Le daré este cheque por el cuidado de la niña hasta que cumpla los dieciocho años —sentencia Sarah con voz inflexible, manteniendo la vista fija en él—. Posterior a eso, no recibirá un solo centavo más de mi parte. Usted será su niñera y cuidador principal. Para el público y para la prensa, usted no representará nada en la vida de la niña; solo yo seré su verdadera madre.

Richard aprieta los dientes, sintiendo cómo el estómago se le revuelve ante la frialdad de sus palabras.

—Prefiero no aceptar un solo centavo suyo a perder ese derecho —responde con un desprecio absoluto, manteniendo la postura erguida.

—Parece que aún no lo has entendido, Richard —interrumpe Sarah, dando un paso adelante y mirándolo desde la altura de su autoridad—. Tú ya no tienes ningún derecho legal ni autoridad sobre ella. A partir de este instante, la niña es mía. Puedes ir a pelear al tribunal que quieras, contratando a los abogados que quieras, pero no me la vas a quitar.

Sarah hace una pausa deliberada para dejar que el peso de sus palabras termine de aplastarlo.

—Te estoy ofreciendo este dinero únicamente para que estés a su lado en todo momento, supervisado por mi personal. En lugar de contratar a una niñera desconocida, sé que contigo la niña estará más tranquila y no sufrirá un impacto tan brusco. Aquí tendrá absolutamente todo lo que necesite: educación, médicos de primer nivel y lujos. Y cuando quieras sacarla a pasear, solo tienes que avisarle al personal de seguridad para que prepare la escolta.

Richard contempla el papel entre los dedos de Sarah y luego la mira a los ojos. La impotencia le quema la garganta. Sabe perfectamente que en este momento no puede hacer nada; desafiarla de frente o intentar una locura sería como pelear directamente contra el mismo diablo. Legalmente está acorralado, financieramente está en la ruina y el sistema entero responde a la voz de esta mujer.

Sin embargo, estar lejos de su hija no es una opción. Preferiría tragarse su propio orgullo y vivir bajo el yugo de los Taylor antes que permitir que a Brittany se la crie entre la frialdad de ese imperio sin la calidez del único padre que ha conocido.

Con la mandíbula tensa y el pulso tembloroso por la rabia, Richard estira la mano y toma el cheque. No lo hace por el dinero, sino porque ese pedazo de papel representa el único pase de abordaje que le garantiza quedarse cerca de la pequeña Brittany.

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