Capítulo 1 Capítulo 1. Vestido de novia.

Layla Mitchell.

—¿Estás segura de esto? —pregunta mi hermana, con tono triste e inseguro.

Ahogo el suspiro que quiero soltar y dibujo una sonrisa fingida en mis labios.

—Voy a casarme con el amor de mi vida, por supuesto que estoy segura. —El nudo en mi garganta es imposible de ocultar.

—Layla, deberías pensarlo un poco más, Dante no es…

—Lety, por favor, sé lo que estoy haciendo —la interrumpo, porque no quiero escuchar lo que cree de esto. Me trago el sollozo y mantengo mi postura—. Ya la decisión está tomada.

Hago una pausa y miro mi reflejo en el espejo, mis ojos no se ven tan felices como deberían.

—Hoy seré la señora Smith, no hay vuelta atrás.

Mi hermana me mira con algo parecido a la pena, para ella esta es la peor decisión que puedo tomar, pero no dice nada más, sabe que no cambiaré de opinión. Se pone detrás de mí y me mira a través del espejo, sus ojos están brillosos por las lágrimas que está conteniendo. Coloca el arreglo para el cabello a un lado del moño, un adorno que heredamos de nuestra madre. Me da un beso y sin decir otra palabra, se va.

Me deja sola los últimos minutos antes de que deba salir a cambiar mi vida.

En cuanto la habitación se queda en silencio, dos gruesas lágrimas caen por mis mejillas. Todas las mentiras, el dolor de la decepción, la comprensión de la vida de mierda que me espera a partir de hoy, se van con ellas.

Debería estar feliz. Al fin y al cabo voy al altar con el hombre de mi vida, el único que he amado por años y al que le entregué todo de mí una noche, aunque él no lo recuerde. Pero Dante Smith ya no es aquel joven con sueños ambiciosos y metas aún más claras, ahora él tiene lo que siempre deseó y está próximo a alcanzar la cúspide de su carrera.

Solo yo me interpongo en ese camino.

«Y por eso estoy aquí».

—Layla, ya todos esperan —habla mi hermana, del otro lado de la puerta.

Con una servilleta seco mis mejillas, verifico que no se haya corrido el maquillaje y con un suspiro profundo, me levanto de mi silla y salgo de la habitación. Mi vestido blanco, largo y vaporoso, arrastra el suelo todo el camino hasta donde se oficiará la ceremonia. Mi hermana me sigue en silencio, lleva en sus manos el ramo de novia que luego deberé lanzar como parte de la tradición.

Llegamos al final del pasillo y del otro lado se escuchan los murmullos de los invitados. Lety me entrega el ramo y en sus ojos puedo ver lo mucho que le duele que ya haya tomado esta decisión. Sabe las razones por las que lo hago y tiene claro que también la beneficia a ella.

Este contrato, por el que entrego mi vida a un hombre al que amo, pero para el que yo no significo nada, era mi única opción.

—Tiene que haber otra manera —susurra, con dificultad, al borde del llanto.

Yo le sonrío con dulzura y niego con la cabeza.

—No, Lety, no la hay. —Tomo sus manos entre las mías—. Ya está hecho.

Abrazo a mi hermana como si fuera una despedida, porque así se siente hoy. En silencio, le prometo que todo estará bien, ya asumí los riesgos. Tomo su brazo y lo enrollo con el mío. Ella es mi madrina de bodas, pero también será quien me acompañe al altar. No tengo a nadie más, solo a ella.

Somos mi hermana y yo contra el mundo.

El silencio se hace en cuanto hacemos aparición y la marcha nupcial comienza a sonar. Los invitados se levantan de sus lugares y nos miran con falsas sonrisas que solo me hacen querer resoplar. Pero no ocupo mi tiempo mirando quién vino o no, o pensando en lo que creen de esta decisión; mis ojos al instante lo buscan a él.

Dante Smith es mi debilidad, lo ha sido desde que tengo uso de razón. Y contrario a lo que creen muchos de los que están aquí presentes, no es una victoria el hecho de que hoy me convierta en su esposa.

Sus ojos azules, casi grises, están fijos en los míos dorados. Su rostro cincelado se nota imperturbable, ni siquiera finge que está feliz. Mi corazón se acelera a medida que me acerco, no desvío la mirada, porque no puedo demostrar debilidad. A sus ojos, esto es una transacción comercial que nos beneficia a ambos, pero lo perjudica a él más de lo que quiere aceptar.

Y segura estoy que no me dejará olvidarlo.

Llegamos a su lado y mi hermana me entrega cuando él extiende su mano. En cuanto nos tocamos, una corriente que ya he sentido antes me recorre; su ceño fruncido se profundiza y es evidente que su cuerpo se tensa con incomodidad. Ruego una y otra vez para que no sienta el temblor de mis manos, para que el sudor frío en mis dedos pase desapercibido.

—Terminemos este teatro —murmura, con su habitual tono grave y brusco.

Yo asiento y sin decir una palabra, nos volteamos para ponernos frente al maestro de ceremonias. E inicia al fin nuestra nueva vida.

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