Capítulo 2 Capítulo 2. Solo su enemiga.

Layla Smith (apellido de casada)

No sé dónde está Dante.

En medio de la fiesta por nuestro casamiento, no tengo idea de dónde está mi esposo. Ya estoy cansada de mantener las sonrisas con todos los que se acercan a felicitarme y a raya las lágrimas que quieren hacer acto de presencia. Este teatro, como él le llamó, no se hizo solo por mí; para su situación también es importante y le importa tres pepinos.

Sabía que esta decisión sería dura, pero solo por respeto al dichoso matrimonio fingido, él debería estar aquí. Lo peor, es que no tengo dudas de la razón por la que, en cuanto acabó la ceremonia, Dante se perdió.

«Melissa Martin».

Sé que ella está de vuelta en la ciudad. En cuanto salió la noticia de nuestro casamiento, la exnovia de Dante regresó para exigir lo que cree que le pertenece. Y para mi consternación, no se llevó una decepción. No llevo ni una hora de casada y ya soy la mayor cornuda de todas, de eso no tengo dudas.

—Layla, ¿dónde está Dante?—pregunta mi hermana, con los ojos encendidos de furia e indignación—. Somos el hazmerreír de la tarde por su culpa. Él sabe muy bien que esto no estaba en el contrato.

—Por favor, habla bajo —pido, con un susurro y sin perder la sonrisa—, aquí todos están al tanto para llevarse la primicia.

—Me importa un carajo, pero él me va a escuchar en cuanto lo encuentre…

—Lety, no. Este es mi problema a partir de hoy —declaro, con firmeza. Mi hermana muerde el interior de su mejilla para aguantarse—. Yo tenía claro lo que iba a suceder.

Me aguanto las ganas de gritar. Mi compostura no es eterna y si lo pienso un segundo más, no voy a soportarlo.

—No es justo, a él debería importarle también…

—Lety, entiende de una vez que seguimos siendo solo tú y yo. Esto es una farsa.

Conforme digo esas palabras, me derrumbo. Por mi mente pasan todas las tragedias que han marcado nuestras vidas en los últimos tiempos. La razón por la que estamos solas y dependemos de un hombre que me daña más de lo que cree, para poder vivir con tranquilidad.

Me levanto para ir al servicio. Necesito un lugar solitario en el que pueda respirar sin temor a romperme. Mi postura altanera no puede verse manchada, porque entre los invitados hay más víboras que amigos. Cada uno esperando el momento justo para hacer leña del árbol caído.

—Ahora regreso —informo a mi hermana y no espero su respuesta. Salgo despedida del salón, a punto de hiperventilar si continúo respirando de forma superficial.

El área de los baños está tranquila, no hay nadie cerca. Antes de entrar al de mujeres, cambio de opinión y sigo de largo. No sé a dónde voy, pero tampoco necesito entenderme. No obstante, no he avanzado mucho cuando escucho voces.

Unas que no quisiera reconocer, pero que, para mi mala suerte, tengo grabadas como ninguna otra cosa en mi vida.

—No puedo creer que te hayas casado con… esa. —La rechinante y molesta voz de Melissa me provoca un vuelco en el estómago. Me detengo y me escondo detrás de la puerta antes de que me vean.

—Eso no debe preocuparte, este matrimonio es solo un teatro —asegura y mi estómago da un vuelco al escucharlo, aunque era algo que ya sabía—. Ya preparé los papeles de divorcio y lo único que hace falta es su firma.

«¿Cómo?». Eso no puede ser, él sabe que esto no es una broma. Las razones por las que tenemos que hacer esto están claras, no es un juego.

—Pero ella no lo va a firmar. Sabes que es una oportunista que quiere lo que es tuyo. No le bastó con heredar media ciudad. —Su resentimiento es evidente. Desde siempre Melissa ha mantenido esa actitud conmigo.

Y a día de hoy, no olvido todo lo que me ha hecho.

—Hay cosas que no entiendes, Melissa —reclama, con irritación—. Ya te lo dije, ella no significa nada para mí.

Es algo que ya tenía claro, pero escucharlo hablar de esa forma me duele más de lo que imagina. Me hace pensar que los recuerdos que mantengo de nuestro tiempo juntos, son solo un espejismo.

—Layla siempre ha estado obsesionada contigo, no dudo que se haya inventado todo esto para tenerte en sus garras. —Su respuesta era de esperarse, esa siempre ha sido su razón principal para atacarme y justificar sus acciones contra mí.

—Ella puede hacer lo que quiera, me importa un carajo.

Me quedo sin respiración y contrario a lo que quiero, mis ojos se humedecen. No puedo aguantar las emociones cuando se trata de él.

El sonido de unos tacones de aguja se escucha, no necesito verla para saber que se acerca a él. Así como puedo imaginar el puchero que acompaña la expresión de su rostro.

—¿Tendrás sexo con ella?

La pregunta me pone tensa, pero no espero una respuesta. El sonido de besos repentinos detiene mi corazón. Unas risitas coquetas y un gemido masculino que me duele, porque me trae recuerdos, se escuchan también.

—Ella está pagando este teatro, pero no seré su puto —declara y su odio evidente me afecta más de lo que me gustaría aceptar—. No la deseo y solo veo en ella a mi enemigo.

—Layla es una mujer atractiva y tú eres hombre, si ella se lo propone, te va a seducir. Ya lo hizo una vez.

Un gruñido rudo se escucha y me atrevo a dar un vistazo. Dante sostiene a Melissa por sus hombros y la fulmina con la mirada.

—Lo que pasó hace años fue un error que ni siquiera recuerdo, pero ya no soy el mismo ingenuo que la creía inocente y casta. Desde ese día conocí su verdadera cara, ya no puede jugar conmigo.

Cierro los ojos un segundo, recuerdo aquellos días oscuros en los que nuestro pasado en común no fue suficiente. Me trago las explicaciones que quisiera dar, pero en este punto ya no es importante. Él tomó una decisión hace años y vuelve a hacerlo hoy.

—Tú eres mío… solo mío —asegura y mira directo a mi posición. Sus ojos verdes brillan con la victoria en cuanto se cruzan con los míos.

Sonríe como quien sabe que se salió con la suya y lo toma de la barbilla para besarlo como quiere. Yo doy un paso atrás antes de ver algo que solo me hará más daño.

No necesito otro motivo para romper mi corazón.

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