Capítulo 3 Capítulo 3. Enfrentamiento.

Layla Mitchell

Cierro la puerta detrás de mí con demasiada fuerza. El corazón se me quiere salir del pecho, por la rabia, la angustia y la impotencia que me llena.

—No puede ser que Dante sea tan imbécil. Esto tiene que ser una pesadilla.

Me miro al espejo que antes me devolvió un reflejo igual de deprimente. Nada ha mejorado ahora, en todo caso, me veo y me siento peor. El dolor se combina con la furia. No merezco esto, no debería estar ahora aquí, humillándome de esta manera tan absurda, si es él quien tiene las de perder en este trato.

Estoy atada de pies y manos, sí, pero si por mí fuera, dejaría en manos de abogados y leyes ese testamento de mis padres que me trajo hasta aquí. Dante no puede decir lo mismo. Su situación es peor que la mía.

«Aunque comienzo a pensar que no le importa».

Un golpeteo seco se escucha y me giro hacia la puerta. Alguien llama y no tengo idea de quién pueda ser. Lety no necesita llamar con esa formalidad.

Con un suspiro, abro la puerta. Al instante me arrepiento.

El padre de Dante, mi nuevo suegro, no ha sido lo que se dice agradable los últimos tiempos. Verlo aquí, más que curioso, no me gusta nada.

—Oh, hola, señor Smith, me estaba retocando un poco el maquillaje, ¿desea algo? ¿Me buscan en el salón?

Finjo que lo soporto y que no estoy incómoda en su presencia. Y aunque solo quiero encerrarme y llorar de frustración, prefiero salir y lidiar con los invitados en vez de hacerlo con este hombre.

La sonrisa de Desmond Smith es fría y falsa. Lo conozco lo suficiente para saberlo.

—Solo quería ver cómo estás y cómo te sientes. Este debe estar siendo un día difícil para ti y para tu hermana, sin tus padres aquí.

Hago una mueca. Es desagrado con algo de dolor instantáneo.

—Si estuvieran aquí no tendría que hacer esto, pero es lo que hay...

Él nota mi tono y finge comparecerse. Quiere verse agradable, pero resulta en todo lo contrario.

—Sé que ya te lo he dicho, pero de verdad siento mucho cómo pasó todo. La muerte les llegó demasiado pronto. Todos los días pienso en ellos, y en todos los planes que teníamos para las empresas y el futuro.

Odio esto. La hipocresía de alguien que en realidad no sufre la pérdida de vidas, sino de un estatus económico. No soy idiota y sé lo que quiere Desmond. Toda la vida, desde que tengo uso de razón, lo he sabido.

—El legado de mis padres es la prioridad, señor. Por eso no debe preocuparse.

Mi voz suena dura y al parecer él lo nota. O quizás es que se aburrió de socializar y ya quiere ir directo al tema. Su expresión de falsa amabilidad cambia de inmediato y en su lugar, llega una ira que reconozco.

—Me preocupo, sí, porque no deberían estar en tus manos. La corporación no debería estar a merced de una chiquilla ignorante y mimada como tú.

Aprieto los dientes con rabia instantánea. Me molesta que me diga ignorante y mimada, pero no voy a pelear por eso.

Sin embargo...

—Si estuvieran en mis manos realmente no me habría casado con Dante. Este matrimonio fue algo que decidieron ustedes mismos hace muchos años.

El rostro de Desmond se pone rojo de rabia.

—Tus padres tomaron esta decisión de forma arbitraria. Nunca estuve de acuerdo. Yo podría encargarme de todo, llevar la corporación a su máximo esplendor, pero ahora todo estará a cargo de ti y del idiota de mi hijo.

Tengo que reírme, porque es inevitable. Lo miro con una ceja enarcada y me cruzo de brazos.

—¿Máximo esplendor? Se tiene mucha confianza. ¿Tengo que recordarle por qué perdió sus empresas en primer lugar? Tuvo una pésima gestión, señor, y gracias a mis padres es que no lo perdió todo. Han pasado años, pero tengo muy buena memoria.

Él aprieta la mandíbula, molesto.

—No seas fresca, chiquilla. No tienes idea de cómo se gestiona una corporación, y no sabes nada de lo que pasó. Ahora te crees mucho, te crees superior porque tienes la ventaja, pero no eres más que una mocosa a la que todo le queda grande.

—Cuidado, señor Smith, es el día de mi boda y quiero sonreír y tener paz, pero si me sigue provocando, esto no terminará bien.

Suelta una carcajada. Le importa poco mi amenaza.

—¿Crees que puedes tener a mi hijo como te dé la gana? —pregunta, sin venir a cuento, mientras se ríe maliciosamente—. Eres una idiota ingenua de creerlo así. A él solo le importa esa joyería suya, tú solo vienes como problema agregado.

Me río y asiento. De eso último no tengo dudas.

—Sí, yo soy el problema agregado, pero parece que no solo para Dante, ¿no? —Inclino mi cabeza a un lado y lo miro con interés—. ¿Qué te preocupa, Desmond? Ve al grano y dime qué es lo que quieres. Me estás impacientando.

Lo tuteo con toda la intención de molestarlo. Estaba siendo paciente, pero ya llegué a mi límite.

Él me mira con odio y resentimiento. Puedo ver en sus ojos el desagrado, la mala actitud, el deseo de hacer daño. Me gustaría decir que no me preocupa, pero la verdad es que sí lo hace, solo que en este instante necesito ser fuerte y aparentar seguridad.

—Eso pensaba —recalco cuando él no me responde nada—. Podemos llevar esta fiesta en paz. No quiero dramas innecesarios.

Decirle eso es como prenderle candela. La cara roja la tiene a punto de explotar por la indignación.

—No pienses que llevas ventaja aquí, puedo impugnar ese testamento y reclamar las cláusulas de ese contrato.

Me encojo de hombros. Sé que no puede, ya buscamos todas las opciones y alternativas, pero siempre llegamos al mismo punto. Es legal y no hay manera de cambiarlo. Hay que cumplir las cláusulas.

No obstante...

—Por favor, hazlo. Así podrá demostrarse mi punto —declaro, mirándolo fijamente.

—¿Cuál? —gruñe con molestia.

Doy un paso adelante e intento ponerme a su altura, a pesar de que me saca una buena cantidad de centímetros.

—Que mis padres hicieron la mejor inversión y tomaron las mejores decisiones. El imperio por el que tanto trabajaron nunca debe caer en tus manos. Y yo me ocuparé de que así sea.

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