Capítulo 4 Capítulo 4. Verdades a la cara.

Layla Mitchell

—¿Quién te crees que eres? —brama con rabia, agarrándome del brazo con fuerza cuando intento pasar por su lado y alejarme.

—¿¡Qué carajos!? ¿¡Está loco!? —Me sacudo y forcejeo para intentar soltarme, pero su agarre es fuerte y no logro nada.

Siento la ira calentándose en mis venas, pero también un poco de miedo. El señor Smith es más fuerte que yo físicamente y no se ve en sus cabales. Sus ojos están desorbitados, lejos quedó el hombre hipócrita que mostró sus condolencias hace segundos.

—¿Piensas que tienes todo ganado? ¿Que vas a salirte con la tuya? —me habla a la cara con tanta furia que me escupe—. Tú y tu hermana no son más que unas...

No logra terminar la frase, porque se escuchan unos pasos acercándose.

—¡Papá, suéltala!

La voz me estremece, se escucha potente y autoritaria. Miro en la dirección del grito y por más que quisiera decir lo contrario, la verdad es que siento alivio.

Mi "salvador del día" llega sin titubear y obliga a su padre a quitarme la mano de encima.

—No puedo creer que estés haciendo uno de tus escándalos —le reclama entre dientes, cuando se asegura que estoy libre y ve a su padre retroceder como perro abatido—. ¿En qué carajos estás pensando? Hazme el favor y ve a ver a mamá, necesita atención.

El señor Smith me da una última mala mirada y se aleja refunfuñando.

Lo veo irse, con el pecho apretado y el corazón acelerado. Respiro hondo y me preparo para otro enfrentamiento.

Me giro y veo al clon de mi flamante nuevo esposo a mi lado, viéndome con una expresión que no me parece nada nueva. Daemon es el hermano mayor de Dante, otro idiota de catálogo que prefiere repetir estupideces antes de pensar un poco más.

Estoy indignada, me siento molesta e impotente con todo lo que me ha estado pasando hoy, pero le bajo a la intensidad de mis emociones. No voy a mostrar mis puntos débiles delante de mis enemigos declarados.

—Gracias —murmuro, viendo a los ojos de mi nuevo cuñado.

Unos ojos que alguna vez me sonrieron, pero que ahora me ven como si fuera una desconocida desagradable.

—No lo hice por ti —dice con frialdad, y una expresión de desagrado que no me pasa por alto.

Pongo los ojos en blanco y suelto un resoplido.

—No lo creía, pero es lo menos que puedo hacer —replico, seria, y hago ademán de pasar por su lado—. Ahora, si me disculpas, ya debo irme.

Lo veo apretar la mandíbula antes de impedirme el paso. Me abstengo de darle un empujón, cansada de tanto idiota a mi alrededor.

—Están buscando a los novios para el primer baile —me informa con tono duro, además de algo molesto, como si venir a buscarme le hubiera quitado la poca paciencia.

Suelto una risa seca.

—Pues puede bailar Dante solo, yo me voy... —Avanzo otro paso, pero Daemon se me atraviesa de nuevo.

La expresión de su rostro es de molesta confusión.

—No puedes hacer eso —declara, frunciendo el ceño.

Me inclino un poco para recoger la falda de mi vestido de novia, que todavía llevo, e insisto en alejarme.

—Oh, mírame hacerlo —me burlo—. Voy por Lety y me largo de aquí.

Me parece que Daemon maldice, pero no puedo asegurarlo. Doy algunos pasos lejos de él, y vuelvo a escuchar que se acerca alguien más. Cuando veo a Lety, suspiro con alivio.

Su expresión es de preocupación y angustia cuando me ve, hasta que nota a Daemon a medio metro de mí.

La mueca de rechazo y resentimiento que le dedica me daría risa en otro momento, ahora solo me avisa de que debo sacarla de aquí antes de que se vaya sobre Daemon. A diferencia de mí años atrás, Lety no era muy fan de este hermano Smith, y después de la muerte de nuestros padres, y teniendo en cuenta la mala actitud de ellos, el sentimiento ha ido a peor.

—Lety, nos vamos —ordeno antes de que diga nada.

Los ojos color caramelo de mi hermana se posan en mí y sin dudar, asiente.

—Está bien. Voy a recoger las cosas que dejé en la habitación —murmura y señala donde nos alistamos para la boda.

Cuando intenta pasar por el lado de Daemon, él la sostiene del brazo e impide que lo haga. Lety se sacude con una mueca de rechazo. Yo doy un paso más cerca de él.

—No la toques, Daemon. No tienes derecho a impedir que nos vayamos de este maldito lugar.

Él se ve azorado, se mira la mano con la que tocó a Lety y me mira con expresión de extrañeza por un instante. Luego vuelve a mirarme con el mal humor habitual.

—No pueden irse, la fiesta todavía no acaba. Tienen que cumplir su parte, ya esta boda es un escándalo por sí sola.

Me trago todo lo que quiero gritar, porque no es el momento. No necesito dar a entender que me importa algo de lo que los hermanos Smith hagan o dejen de hacer.

El que su hermano, mi nuevo esposo, se ande follando a su exnovia, no es algo a lo que deba prestar atención.

«Él sabrá lo que hace, ¿no?».

Levanto una ceja inquisidora.

—¿La boda es tuya? ¿Es tu imagen la que queda en entredicho?

Daemon aprieta los dientes. Mira de mí a Lety como si quisiera sacudirnos a las dos.

—No, pero...

—Entonces no opines —lo corto, con un bufido—. Suficiente tenemos con ser el centro de atención después de todas las desgracias y haber terminado aquí, enlazada con un tipo que no vale nada.

En cuanto menciono a Dante, aunque no digo su nombre, Daemon me fulmina con la mirada.

—Respeta a mi hermano —exige, como si con eso yo fuera a hacer caso, o me importara en lo más mínimo su reacción a mis opiniones.

—Que se respete él mismo, si Dante no sabe lo que es, que no lo exija —devuelvo sin tragarme nada, el rencor sale de mí sin control—. ¿Lo has visto? ¿Sabes dónde está?

Daemon no responde, se queda callado, asimilando mis preguntas y la manera en que lo digo. Siento también la mirada de Lety, pero ella sabe que la pondré al tanto en cuanto salgamos de aquí.

Me río, pero es un gesto de incómoda ironía.

—No llevamos ni veinticuatro horas casados y ya soy la cornuda de toda la ciudad, Daemon —tuerzo el gesto con rabia—. No me interesa respetarlo, porque a él le da lo mismo respetarme a mí.

La expresión de mi cuñado es pura confusión. También veo que sabe lo que digo, porque en su cuerpo se nota el cambio en su postura. Pero medio segundo después elige volver a la carga.

«Confirmado, los dos imbéciles están cortados por la misma tijera».

—Este matrimonio no es lo que él quería, no puedo culparlo. —Se encoge de hombros como si de verdad se lo creyera—. Lo chantajeas con su negocio y...

—¿Yo? —Suelto una carcajada.

Daemon estrecha su mirada.

—La cláusula es bien clara.

Suelto un resoplido. Me tienen cansada con lo mismo.

—¿Se han escuchado ambos? Las estupideces que dicen y creen no tienen sentido. —Daemon intenta replicar, pero no se lo permito—. ¿Es mi culpa que haya pedido ayuda a mi padre cuando necesitaba dinero? No me soportaba a mí, por qué atarse a una deuda con el padre del demonio encarnado. O sea, yo.

Eso último lo hace estremecerse un poco.

—No se suponía que... —se mantiene terco, aunque su tono ya no es tan brusco.

—¿Si él no sabía que te hace creer que yo sí? Estoy atada aquí como él, Daemon, y no finjas que no estás de acuerdo con esto. Los beneficios a largo plazo son lo suficientemente jugosos para insistir. Pero no eres tú el del problema, ¿no?

Él sabe lo que digo, a qué me refiero. Mira de mí a Lety, con evidente desagrado.

—No me casaría con una de ustedes...

Me quedo con la palabra en la boca cuando, al escuchar las tonterías, es Lety la que se adelanta para ponerlo en su lugar.

—Ay cállate, imbécil. Eres otro idiota como tu hermano. Han vivido todos estos años la buena vida gracias a que nuestros padres se compadecieron de ustedes. Ahora que no están, se caen las caretas. ¿Quieren las empresas que tu padre perdió? Pues hagan algo para merecerlo. —Lo mira de arriba abajo de mala gana—. Más que hacerse los machos ofendidos.

Se gira para verme a mí y extiende su mano.

—Vámonos, Layla.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo