Capítulo 6 Capítulo 6. Este infierno es mío.

Layla Smith

Lety detiene el auto frente a la inmensa mansión que nos vio crecer y un suspiro se me escapa. Mantengo mis manos unidas sobre mis piernas, con los dedos entrelazados, como una manera de regular todo lo que me ahoga por dentro.

No pensé tener que trasladarme a esta casa después de haber vivido los últimos años por mi cuenta, pero aquí estoy, para mi total desgracia.

—Esto es un chiste de mal gusto —me quejo en voz alta, no puedo evitarlo.

Todavía me ronda en la mente lo que vi entre Dante y Melissa. La mortificación es una sensación demasiado pesada, porque aquí estoy yo, llegando a la casa donde debo vivir con mi nuevo esposo ya siendo la burla de él mismo y su amante.

Mi hermana, a mi lado, deja escapar un suspiro.

—Ojalá pudiéramos hacer algo para evitarlo —murmura, mirando también al frente, a la bella arquitectura de la casa familiar—. No sé qué pensaban mamá y papá cuando hicieron esto. Todavía no logro creer que acabas de casarte con Dante para no perder las empresas.

Una risa baja se me escapa. Sacudo la cabeza.

—Las empresas no me interesan, Lety, solo quiero poder mantener lo que creé yo misma. Hace tiempo que el imperio no es lo que quiero, ni necesito.

Y para nuestra total resignación, todo está en juego. Las empresas familiares, las empresas más nuevas, mi trabajo de años… y también el creciente imperio de Dante.

—Lo sé —responde Lety, con algo de frustración y enojo—, pero esto va más allá de lo que queremos, Layla. Es nuestro, es el trabajo de nuestros padres. No podemos permitir que los Smith se lo queden. Con lo que hoy pasó me demuestra que son solo unos aprovechados que nunca agradecieron lo que hicieron mamá y papá.

Su furia viene de lo que le conté en nuestro trayecto hasta aquí. Mi hermana es mi mejor amiga, mi confidente, no podía ocultarle sobre mi discusión con Desmond y tampoco, que vi a Dante con Melissa cuando se suponía que debíamos estar saludando a los invitados.

La cabeza me da vueltas de solo pensar en los titulares de mañana. No creo que sepan de la situación con la ex de Dante, pero sí que destriparán nuestro reciente matrimonio después que me largara del lugar sin avisar a nadie.

—No... no podemos —concuerdo con ella—, pero cuánto me gustaría no tener que estar atada de esta manera.

Mi hermana me mira y esos ojos marrones intensos ven a través de mí.

—Lo sé, me siento igual. Y aunque quisiera decirte que todo pasará, sé cuánto te cuesta esto. —Extiende su mano y toma una de las mías—. No dejes que él te haga daño, Layla. No te merece.

Su voz suena un poco rota, y se parece mucho a una súplica. Me mira con los ojos llenos de lágrimas.

Intento contener las mías.

—No se lo voy a permitir —prometo, pero una mirada a Lety y sé que sabe que no estoy diciendo la verdad.

—No me mientas, por favor —pide—. Sé que Dante y tú tienen historia pasada, y que esto te duele. ¿Me dirás alguna vez qué pasó hace tantos años?

Un estremecimiento me recorre y aparto la mirada. También suelto la mano de mi hermana, con la excusa de abrir la puerta y salir del auto al fin.

—No quiero hablar de eso —espeto, más duro de lo que debo, y me bajo, arrastrando mi vestido de novia como una carga pesada.

De inmediato escucho el ruido de la puerta de Lety y sus pasos apresurados.

—Layla, no, ven. Está bien, no pregunto más…

Pestañeo rápido para que las lágrimas se vayan. Ella sabe que no voy a hablar sobre lo que pasó con Dante hace tantos años, se lo he dejado claro más de una vez. Para mí fue el momento más humillante de mi vida y sigo acarreando con las consecuencias de ese maldito día. No es algo que solo quiera decir y ya, es volver a abrir una herida que ni siquiera cicatrizó bien.

Lety me detiene y me abraza. Su cuerpo menudo se aferra al mío con desesperación y yo me dejo. De alguna manera, termino rompiéndome después de tantas cosas que han pasado hoy.

—Lo siento, sé que no debo insistir. No lo haré más… solo, no te alejes, tenemos que estar más unidas que nunca.

Asiento, todavía apretándola contra mí. Me siento culpable por actuar a la defensiva cuando ella no lo merece.

—Perdóname por reaccionar así, tú no tienes la culpa de nada.

Mi hermana se separa un poco y me sonríe, con ternura.

—Ojalá me hubieras dejado ocupar tu lugar. Preferiría pasar por esto yo, que los hermanos Smith no me generan nada. Siempre pude con Dante, y Daemon es otro imbécil de manual, demasiado predecible.

—Lo sé, pero eres mi hermana menor, yo prometí cuidarte desde que naciste. No iba a dejar que perdieras dos años de tu vida con uno de esos idiotas.

Lety pone los ojos en blanco, está claro que tiene mucho que aportar a lo que acabo de decir, pero elige no decir nada y vuelve a abrazarme.

—Todo estará bien. Ya verás —promete, y esta vez su voz no suena a resignación, sino a esperanza—. Confío en que sabrás tratar con ese maldito, siempre has sido buena poniendo a todos en su lugar.

Tengo que reírme de lo que dice, y entiendo la confianza que me tiene Lety, pero yo soy consciente de que no será tan sencillo. No todo estará bien, ni lo estará por un buen tiempo, pero ya no me queda de otra.

Soy la esposa de Dante Smith, el hombre que alguna vez amé, que alguna vez fue mi mejor amigo, y no hay vuelta atrás.

—¿Vas a entrar? Ya estoy ansiosa por quitarme esto —pregunto y Lety da un vistazo a la casa antes de negar con la cabeza.

—No estoy lista… creo —confiesa—. Pero si me necesitas, lo hago.

La atraigo de nuevo y le doy otro abrazo.

—No hace falta, sé que Lucia está esperándome, esta mañana mandé mis maletas y ya debe estar todo listo. No tienes que entrar a la casa si no quieres, Lett. A mí también me cuesta, pero yo… al menos he estado aquí desde que todo… sucedió.

Me cuesta hablar, porque la última vez que vi a nuestros padres con vida, fue en el inmenso comedor de la mansión donde ahora debo regresar. Es irónico que ellos mismos hayan exigido en una de las cláusulas la estancia en la casa donde viví casi toda mi vida.

—¿Puedo decir que es cruel? Porque así se siente… —continúa Lety, mirándome con algo de pena.

Me encojo de hombros.

—Es la voluntad de ellos, y yo los respetaré incluso después de perderlos —aseguro y vuelvo a despedirme de mi hermana.

La empujo hacia el auto para que se vaya y me encamino hacia la casa. Cuando estoy ante la enorme puerta, escucho que se aleja y miro por encima del hombro.

—Este infierno es mío, Lety. Yo me encargo.

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