Capítulo 2
Punto de vista de Rowena
La palabra permaneció entre nosotros.
Divorcio.
La había pronunciado con claridad y firmeza, sin vacilar. Durante un instante, el salón entero quedó inmóvil: la abuela Maelis, Elira y los miembros de la manada alineados junto a las paredes contuvieron el aliento, como si esperaran descubrir de qué lado caería una llama.
La expresión de Kaelen no se alteró.
Sus ojos, en cambio, se endurecieron.
—Quieres divorciarte.
Lo dijo como si repitiera una palabra en una lengua desconocida, cuyo significado todavía no alcanzaba a comprender.
—Sí. Nunca completamos el vínculo y el matrimonio no se consumó. No existe ningún lazo legal entre nosotros que no pueda deshacerse sin complicaciones —respondí sin perder la firmeza—. Ya tienes lo que quieres. Déjame marchar.
Algo cruzó su rostro. No era culpa ni arrepentimiento, sino una emoción mucho más cercana a la indignación.
—Estás siendo dramática.
Dramática.
Había pasado tres años gobernando su manada, administrando sus cuentas y manteniendo unida a su familia mientras él hacía promesas a otra mujer a tres estados de distancia.
Y lo único que se le ocurría decir era que estaba siendo dramática.
—Kaelen —intervino la abuela Maelis antes de que yo pudiera responder—. Ya basta. Rowena, siéntate.
—Prefiero permanecer de pie, abuela.
Su expresión se tensó.
—Eres la Luna de esta manada. Compórtate como tal.
—Eso es precisamente lo que hago. Estoy solicitando la disolución legal de un matrimonio que jamás llegó a formalizarse como es debido. No es dramatismo, sino sentido común.
Elira dejó escapar un tenue sonido, pero guardó silencio. Como siempre que sucedía algo importante.
Elvira, la hermana de Kaelen, inclinó la cabeza desde su rincón del sofá.
—No entiendo por qué tienes que complicarlo todo. Virella ya está aquí y está embarazada. ¿Qué crees que estás protegiendo exactamente?
La miré.
—Mi nombre.
El golpe dio en el blanco. Ni siquiera Elvira encontró una respuesta inmediata.
Kaelen avanzó un paso.
—Ya te lo he dicho: conservarás el título y tu posición. Tu lugar en esta manada no cambiará.
—Mi lugar ya ha cambiado. Lo cambiaste en el instante en que la trajiste aquí y la llamaste tu esposa. No estoy pidiendo una compensación, Kaelen. Quiero marcharme.
—No.
La negativa fue seca e inamovible.
Lo miré sin dar crédito a lo que acababa de oír.
—No me quieres. Lo has dejado perfectamente claro. Entonces, ¿por qué...?
—Porque he dicho que no.
Su voz adquirió el poder del Mando Alfa y oprimió el aire del salón como una fuerza tangible.
—Esta conversación ha terminado.
Pero su autoridad no logró doblegarme.
Kyra se revolvió en mi interior y arañó con sus garras las paredes de mi conciencia. Mi padre y mi hermano habían caído en batalla. Mi manada había quedado reducida a cenizas.
Eso no significaba que hubiera olvidado la sangre Alfa que corría por mis venas.
Torciendo un labio, sentí que los colmillos pugnaban por salir.
Entonces Virella se movió.
Fue un gesto sutil, había que concedérselo. Una exhalación tenue, apenas audible. Una mano sobre el vientre. La ligera inclinación de su cabeza, como si algo se hubiera movido dentro de ella.
No jadeó ni exageró el gesto. Se limitó a representar el discreto malestar de una mujer embarazada.
Todo perfectamente calculado.
Kaelen se volvió antes que nadie.
—Virella.
Su voz cambió por completo. Perdió su tono de mando y adquirió una suavidad que no había empleado conmigo.
En tres pasos llegó a su lado.
—¿Qué sucede? ¿Es el bebé?
—Estoy bien —respondió ella mientras se apoyaba levemente en su brazo—. Solo es... el estrés. Lo siento. No pretendía provocar todo esto.
No me miró al decirlo.
Y así, sin más, la atención del salón entero se centró en ella. La abuela Maelis se levantó. La impotencia en el rostro de Elira se transformó en preocupación. Incluso Elvira se irguió y perdió su expresión burlona.
Kaelen contemplaba a Virella como si fuera la única persona presente.
Yo lo vi todo.
Tres años le había entregado a aquella manada. Tres años manteniéndola unida, soportando noches en vela y negociaciones interminables, desangrándome por personas que nunca me habían mirado como ahora miraban a esa mujer.
Una sonrisa helada rozó mis labios.
Di media vuelta y abandoné el salón.
Que Kaelen se negara. Que impusiera su Mando. Que fingiera que aquel matrimonio merecía conservarse.
No importaba.
Conseguiría el divorcio.
No perdí el tiempo.
En cuanto regresé a mis aposentos, puse a Velvet y a Grace a catalogar mi dote.
Abrí la caja fuerte donde mi madre había guardado todos los documentos relativos a los bienes que me transfirió al casarme. Siempre había sido meticulosa. Cada activo estaba consignado. Cada transacción, registrada. Las escrituras de propiedad, las cuentas de inversión, los fondos destinados a las infraestructuras de la manada y el fondo médico... Todo cuanto había cedido a Moonreign después de mi boda con Kaelen aparecía documentado con su caligrafía pulcra y ligeramente inclinada.
Llegué a la cuarta página.
Manada Moonreign: evaluación financiera previa al matrimonio.
Antes de aceptar el compromiso, mi madre había encargado una auditoría externa y discreta de las finanzas de la manada. La leí una vez, años atrás, y luego la guardé. En aquel entonces, me había parecido irrelevante. Estábamos casados. Construiríamos un futuro juntos. Aquellas cifras pertenecían al pasado.
Ahora volví a leerlas.
Cuando ingresé en la familia Varkos, Moonreign estaba a tres meses de la ruina. El padre de Kaelen había muerto joven y había dejado tras de sí unas deudas que su familia llevaba años ocultando bajo ropas elegantes e ilusiones cuidadosamente conservadas. La finca, los automóviles, el servicio... Todo se sostenía gracias a los préstamos, al orgullo herido y a la esperanza silenciosa de que algo cambiara algún día su suerte.
Ese cambio llegó de la mano del dinero de mi madre.
Los fondos Ashthorne, transferidos en su totalidad el día de mi boda, habían saldado todas las deudas pendientes, cubierto dos años de gastos operativos y establecido el fondo médico que todavía costeaba los tratamientos mensuales de la abuela Maelis.
Dejé el documento sobre la mesa.
Un plan comenzaba a tomar forma.
No conoce toda la situación, señaló Kyra.
Conoce una parte. No todo.
Entonces se llevará una buena sorpresa.
Sí.
Recorrí con los dedos los documentos que mi madre me había legado. Su último regalo, aunque jamás imaginé que tendría que utilizarlo de aquel modo.
Esperaba que no fuera necesario llegar a esto.
Respiré hondo.
—Grace.
—Sí, mi Luna.
—Congela todos los fondos procedentes de las cuentas Ashthorne. Todos. Activos, dotaciones y transferencias periódicas. No se moverá nada sin mi autorización por escrito.
Hice una pausa.
—Y consígueme un abogado especializado en derecho de familia. Alguien ajeno a la manada que no le deba nada a Kaelen.
Los ojos de Grace brillaron. Asintió con determinación y se alejó a toda prisa, como si temiera que fuera a cambiar de opinión si no actuaba de inmediato.
Miré por la ventana. Había anochecido.
La emoción que antes me atenazaba se había transformado en una resolución gélida e inquebrantable.
Que Kaelen intentara detenerme.
Sin mi dinero, la manada empezaría a sufrir las consecuencias de sus decisiones antes de un mes.
