Capítulo 3

Punto de vista de Kaelen

Se marchó sin mirar atrás.

Permanecí junto a Virella, observando de reojo cómo se alejaba. No encontré las palabras para detenerla.

Me dije que aquella opresión no era más que irritación.

Simple irritación.

Nada más complicado.

Sabes perfectamente lo que es, dijo Shade.

Mi lobo llevaba inquieto desde que Rowena entró en el salón. Acechaba en mi mente con una agitación que rara vez había sentido en él, como un guerrero preparándose para una batalla que no deseaba librar.

Había intentado tomar el control varias veces, pero yo se lo impedí. Sabía que todavía profesaba aquella absurda lealtad hacia nuestra Luna, aunque Rowena no la mereciera.

La has agraviado.

No debió desafiar mi autoridad delante de la manada.

No estarías sentado en ese trono sin ella.

¡Basta!

Obligué a Shade a callar. Guardó silencio, pero no se tranquilizó. Nunca lo hacía cuando creía que yo había cometido un error. Y últimamente parecía convencido de que no hacía otra cosa.

La tensión en el salón se alivió cuando la sanadora de la manada confirmó que Virella y el niño estaban ilesos. La abuela Maelis volvió a acomodarse en su asiento. Elvira abandonó su indolente postura sobre el brazo del sofá.

Mi madre cruzó la estancia y se detuvo a mi lado.

—Ve a hablar con ella —dijo en voz baja.

No era una sugerencia. En una mujer de carácter tan apacible como mi madre, aquello era lo más parecido a una orden.

—Necesita tiempo para tranquilizarse.

—No está enfadada sin más, Kaelen —añadió con deliberada cautela—. Está decidida. Son cosas muy distintas. Y, antes de que descartes sus palabras... —Se detuvo para escoger con cuidado las siguientes—. Deberías recordar que, en tres años, jamás le ha dado a esta familia un solo motivo para desconfiar de ella. Ni uno.

Desde el otro lado del salón, Elvira dejó escapar una risita.

—Se ha acostumbrado demasiado a mandar. Ese es el problema. Después de tres años dirigiendo una casa, ahora imagina que tiene más voz dentro de esta familia de la que en realidad posee.

Examinó sus uñas con estudiada indiferencia.

—Toda esa charla sobre el divorcio no es más que una pose. No irá a ninguna parte. ¿Qué Alfa aceptaría a una mujer sin familia, sin manada y prácticamente sin loba?

Quise darle la razón.

La tenía: Rowena carecía de una alternativa mejor. Su madre me lo había confirmado tres años atrás.

Sin embargo, la expresión de sus ojos cuando pronunció la palabra «divorcio» regresaba una y otra vez a mi mente. En lo más profundo, sabía que no estaba fingiendo.

—Kaelen.

La voz de Virella sonó a mi lado, todavía debilitada por el malestar anterior.

—No te preocupes por mí. Puedo marcharme. Te lo dije desde el principio: jamás permitiría ser la causa de que lo perdieras todo.

Me volví hacia ella.

Me sostuvo la mirada, con la tristeza suavizando sus facciones. Sabía que hablaba en serio.

Así era Virella. Nunca pedía más de lo que yo podía ofrecerle. Había luchado a mi lado en circunstancias que habrían quebrado a la mayoría. Había tomado decisiones bajo presión que salvaron muchas vidas, incluida la mía. No se quejaba ni exigía. Simplemente permanecía a mi lado y confiaba en que yo hiciera lo correcto.

Extendí la mano y cubrí la suya.

—Llevas a mi hijo. No irás a ninguna parte.

El brillo de las lágrimas en sus ojos apaciguó parte de mi tensión. Virella no lloraba con facilidad. El embarazo la había vuelto más sensible, eso era todo.

Protegerla a ella y al niño era mi responsabilidad.

Le estreché la mano para reconfortarla.

—Conseguiré que lo acepte —declaré con una seguridad que no sentía del todo—. Haré que lo comprenda. No puede desafiar a su Alfa.

El corredor que separaba el ala principal de los aposentos de Rowena era más largo de lo necesario.

Solo lo había recorrido una vez.

La noche de nuestra boda.

Entonces lo atravesamos juntos, con los nervios y el deseo entrelazados. Cuando prometí a su madre que cuidaría de ella, hablaba en serio. También cuando le pedí a Rowena que me esperara.

Pero, a fin de cuentas, nunca había sido verdaderamente mía.

La guerra fue brutal, pero no olvidé a la esposa que me aguardaba en casa. Quería terminar cuanto antes para volver con ella.

Entonces descubrí la verdad sobre su pasado.

Me había elegido porque no tenía otra opción. Su compañero predestinado la abandonó cuando su familia cayó. Ella solo aceptó casarse conmigo porque su madre así lo deseaba.

Podría haber pasado todo aquello por alto.

Pero después descubrí que todavía guardaba sentimientos por el hombre que la había rechazado. Incluso hacía planes para huir con él mientras ostentaba el título de mi Luna.

Cualquier ternura que hubiera sentido por ella se marchitó.

La única razón por la que seguía allí era que yo había regresado victorioso y ella todavía conservaba el suficiente sentido común para preocuparse por los últimos vestigios de la reputación de su familia.

Sin el título de Luna, no tenía nada.

No se atrevería a abandonarme.

Muy seguro de ti mismo, ¿verdad? La voz de Shade rezumaba sarcasmo.

No le respondí.

Me detuve en el pasillo frente a la puerta. Al otro lado percibía algo. No era un vínculo entre compañeros, nada tan nítido ni definitivo, sino una sensación para la que nunca había encontrado las palabras adecuadas.

Ya estaba allí en nuestra noche de bodas.

Tres años de silencio y distancia no habían conseguido borrarla por completo.

Levanté una mano para llamar.

Entonces oí la voz de Rowena.

—Y consíganme un abogado especializado en derecho de familia. Alguien ajeno a la manada que no le deba nada a Kaelen.

La fría furia que había alimentado durante años se apoderó de mí.

Abrí la puerta de un empujón.

—Tienes mucha prisa, ¿verdad, Rowena?

Permití que mi presencia Alfa inundara la habitación. Sus doncellas se estremecieron bajo aquel peso, aunque lograron inclinarse ante mí.

Rowena estaba sentada en el borde de la cama, con la espalda rígida. El único indicio de debilidad eran sus dedos, blancos por la fuerza con que aferraba las sábanas.

Después de todo, no era más que una mujer.

Reduje la presión de mi presencia. Velvet se adelantó de inmediato.

—Alfa —dijo con voz temblorosa, aunque sus palabras fueron audaces—, no debería entrar sin llamar.

Solté una carcajada fría.

—¿Desde cuándo necesito permiso para entrar en los aposentos de mi esposa dentro de mi propia manada? —No aparté la vista de Rowena—. ¿Así es como enseñas a tus doncellas a dirigirse a su Alfa?

Una de sus cejas se movió, pero no reprendió a la muchacha. Se levantó y me enfrentó.

—¿Qué te trae por aquí, Alfa Kaelen?

La distancia de su voz me irritó. Aquella mujer nunca había deseado realmente mi regreso. Y sus exigencias de divorcio no eran más que una excusa. Pretendía deshacerse de mí y volver corriendo junto al hombre que la había abandonado.

La idea arraigó en cuanto apareció y, cuanto más la consideraba, mejor parecía explicarlo todo.

Bajé la voz.

—Todas fuera. Quiero hablar a solas con mi Luna.

Ninguna de las doncellas se movió. Ambas mantuvieron los ojos clavados en Rowena mientras esperaban su permiso.

La furia se retorció en mis entrañas.

Tres años de ausencia habían bastado para que olvidaran quién tenía la autoridad en esa manada.

Antes de que pudiera actuar, Rowena habló:

—Grace, Velvet, déjennos solos. Puedo encargarme de esto.

Por fin se retiraron, aunque las oí detenerse justo al otro lado de la puerta. Como si yo representara una amenaza para mi propia esposa.

—Di lo que has venido a decir, Alfa Kaelen.

Rowena se acercó a la mesa y se sirvió una taza de té.

—Virella se queda —declaré con dureza—. No tiene familia. Salvó mi vida y la de mis soldados. Esta manada está en deuda con ella y le prometí un hogar.

Rowena bebió un sorbo de té. Me preparé para escuchar sus protestas.

En cambio, sonrió. Una sonrisa fina y fría.

—¿He dicho que me oponga?

Parpadeé.

—¿Estás... de acuerdo?

—¿Tengo derecho a oponerme? —Inclinó la cabeza—. Lleva a tu hijo. ¿De verdad esperabas que te exigiera echarla?

Parte de mi tensión se disipó.

—Me alegra que hayas entrado en razón.

—Puesto que voy a darte lo que deseas, espero recibir la misma cortesía. Concédeme el divorcio. Así no nos deberemos nada.

—¿No nos deberemos nada?

Repetí aquellas palabras despacio, como si necesitara paladearlas para comprenderlas.

Crucé la estancia en dos zancadas y le rodeé el cuello con una mano. No apreté lo suficiente para hacerle daño, pero sí para que entendiera.

—Te di un hogar cuando no tenías nada. ¿Y así me lo agradeces?

—A ella le prometiste un hogar.

No forcejeó. Mantuvo los brazos junto al cuerpo, aunque su voz sonó tensa y forzada.

—¿Qué esperas que haga? ¿Que me siente a su lado y finja estar encantada? No puedes tener dos esposas, Kaelen.

—¿Y por qué no?

Cerré un poco más los dedos, apenas lo suficiente para sentir los golpes de su pulso contra mi palma.

—Soy el Alfa. Yo dicto las leyes de esta manada.

Se zafó con un tirón antes de que pudiera reaccionar y retrocedió un paso, llevándose una mano a la garganta. Su compostura por fin se había resquebrajado.

—¿Has perdido el juicio? —Su voz se elevó, alterada y descarnada—. ¿Pretendes convertirme en el hazmerreír de todos? ¿Convertirnos a ambos en el hazmerreír?

Tomó aire con dificultad y se obligó a recobrar la calma.

—No me amas. Ni siquiera hemos consumado el matrimonio. Según cualquier criterio que importe, no somos marido y mujer. Así que dime: ¿por qué te cuesta tanto dejarme marchar?

Nunca consumado.

Las palabras prendieron en mí como una chispa sobre yesca seca.

Acorté la distancia antes de que pudiera apartarse. Le rodeé la cintura con un brazo y la atraje contra mí. Ella jadeó y apoyó las manos en mi torso para empujarme, pero no la solté.

—Nunca consumado —repetí en voz baja—. ¿De eso se trata en realidad? ¿De que no estamos casados de verdad?

Observé cómo el rubor se extendía por sus mejillas y cómo su respiración se volvía breve y superficial.

—Quizá debería remediarlo.

Sus ojos se abrieron de par en par.

La besé.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo