Capítulo 1 El genio de los deseos

El aire estaba cargado de humo cigarrillos, que se mezclaba con el agrio aroma de la cerveza. Bianca, suspiró, intentando no pensar en su realidad, su vida había cambiado en un corto tiempo. Los lugares lujosos y elegantes donde solía presentarse habían quedado en el olvido, aunque si cerraba los ojos aún podía verse allí.

Con cuidado pasó la punta del arco por las cuerdas de su violín, sintiendo la vibración bajo la punta de sus dedos, era lo único que pudo conservar de su vida anterior. Meses atras su mundo era totalmente diferentes, era la primogénita de un empresario textil, siempre tuvo los mejores tutores, pero cuando su padre falleció en un accidente vehicular todo cambió, su tío y su madrastra Emily se adueñaron de todo e incluso pensaron apropiarse de ella para fines nada dignos, por ello tuvo que huir, para conservar lo único que le quedaba su honor y su hermanita menor Bel, sin embargo una joven de dieciocho años no podía hacer mucho en el mundo real sin dinero.

Lo que la llevo hasta ese lugar, amenizando la noche para los borrachos y hombres de negocios que deseaban satisfacer sus bajas pasiones.

Se obligó a ignorar el dolor punzante en su muñeca derecha, el recordatorio cruel de la caída que había sufrido la mañana anterior al intentar tomar el transporte público.

La tenue luz de color amarillo alumbraban vagamente el pequeño escenario, la haciéndola sentirse como una luciérnaga atrapada en un frasco. Respiró hondo y llevó el violín a su lugar. Comenzó a tocar sin mirar a nadie en particular.

Era una melodía llena de melancólica, la aprendió de un viejo violinista callejero durante sus días de estudiante. La melodía era rápida, llena de pathos y de una rabia contenida que se sentía extrañamente liberadora. Las notas volaban, completamente distintas a la técnica controlada de su estricta formación clásica. Era música para llorar y para olvidar.

Al finalizar se percató de un sutil cambio en el ambiente. Había una quietud perturbadora; no tardó en percatarse de la presencia de un grupo de hombres vestidos de traje, no eran clientes habituales. Sintió una pizca de miedo, pero no podía dejar de tocar, ese era su trabajo y representaba el único ingreso monetario para ella y su hermanita.

Al fondo del lugar estaba él; apuesto, fornido, pero no aplaudía, ni conversaba con ninguna mujer, sólo la miraba con una fuerza intensa que la asustó.

Su rostro era cincelado, pero no apuesto, sino más bien peligroso, todo en el decía peligro. El tipo de hombre acostumbrado a que el mundo se doblegue ante él; el azul de sus ojos, era imposible de descifrar, pero la intensidad de su mirada era un peso demasiado fuerte para mantener la mirada más de un segundo, su mirada se volvió más abrumadora que el mismo humo del cigarrillo que los rodeaba.

Cuando la pieza terminó, el silencio fué sustituido por el frenético latido de su corazón. Luego, para recobrar la compostura

hizo una pequeña breve. Recogió los billetes que había dejado el camarero en su estuche abierto. Mientras se apresuraba a guardar su violín, una figura ancha de sexo masculino se acercó a ella.

—El jefe quiere verte—dijo el hombre, con una voz profunda. No fue una pregunta, lo supo de inmediato.Ella sintió que su corazón iba a salir de su pecho.

—Lo siento, tengo que irme—intentó evadirlo, cerrando el estuche con un chasquido seco.

El hombre bloqueó su camino de inmediato, su traje oscuro olía a cuero, perfume caro y tabaco.

—No es una pregunta, señorita. El jefe lo ha ordenado—señaló hacia la mesa del fondo. —Ahora--le ordenó con impaciencia

Bianca tragó saliva, presa de los nervios. No tenía elección, lo sabía. Con un nudo en la garganta se dirigió hacia ese extraño hombre. En cuanto estuvieron frente a frente lo supo, ese hombre estaba viéndola como si fuera algo que deseaba poseer.

—Siéntate, maestra—su voz suave, pero áspera al mismo tiempo—Yo soy Vladimir Volkov—se presentó con naturalidad.

—Mi nombre es Bianca Vásquez.

Vladimir sonrió, era sonrisa de un depredador uno que había escogido su nueva presa.

—Bianca Vázquez, esa melodía, tuya es como una droga y yo amo las drogas—confesó mirando su muñeca lastimada. —Te mereces algo mejor que este basurero. Se reclinó acortando la distancia entre sus cuerpos, su expresión era impenetrable. —Te haré una oferta. Una que no podras rechazar.

Bianca miró a su alrededor. . Se dio cuenta de algo que no había notado, esos hombres allí reunidos eran los guardaespaldas de Vladimir, aunque no podía imaginar que su vida había cambiado definitivamente.

Vladimir Volkov encendió un habano con un encendedor plateado que tenía sus iniciales grabadas, la luz brillo brevemente en la penumbra. El humo se elevó, creando una niebla sutil entre ellos.

--Toda tú eres un instrumento, escucharte tocar es exitante, hay una furia ahí, un dolor oculto que no se aprende hasta sentirlo en carne propia.

Bianca sintió miedo.

—Usted no sabe nada de mí trató de alejarse. Fue solo una melodía, tocó cualquier cosa por dinero.

Vladimir sonrió, un movimiento sutil y sin calor. —Entonces me tocaras a mí, si te doy dinero.

Sacó unos fajos de billetes de cien euros del bolsillo interior de su saco y los deslizó sobre la mesa. No los contó; el gesto era una declaración de poder.

—Este es el pago por una noche—empujó el dinero hacia ella, —pero tranquila no te veo como una de las zorras de este lugar, mi oferta no es para follarte; la oferta es esta, yo cumpliré tus sueños.

Bianca no miró el dinero, lo miraba a él, intentando encontrar la trampa en su oferta.

—¿Por qué usted haría eso? ¿Qué desea a cambio?

Vladimir tomó un sorbo de un vaso que contenía un licor oscuro.

—Una transacción simple; necesitas tres cosas: dinero, contactos y un lugar donde tocar sin que el mundo te juzgue.—Hizo una pausa para dar peso a sus palabras.

El corazón de Bianca latía contra su pecho. La esperanza, aleteó con fuerza.

—El Escenario, tocarás. Pero no para el público. No en auditorios grandes llenos de viejas adineradas que no entienden nada. Tocarás para mí y mis invitados.

La sonrisa del hombre se ensanchó, y la palabra "invitados" resonó con una promesa de algo exclusivo, peligroso y sumamente íntimo.

—Tenemos reuniones, eventos, cenas privadas. Necesito música. Música que tenga alma. No como la basura predecible que contratan los demás. Yo quiero tu droga, Elisa. Quiero que tu violín sea la banda sonora de mi vida. Serás mi artista.

—Mi nombre es Bianca—lo corrigió; sintió náuseas al comprender el precio que pagaría. No sería una artista, sino una posesión lujosa.

—Desde ahora serás Elisa, mi Elisa.

—Quiere que sea su… ¿propiedad?—se atrevió a decir con voz temblorosa, perdiendo toda esperanza.

—En lo personal prefiero el término musa, pero, en cierto modo tienes razón-- concedió Vladimir, sin el menor remordimiento. --Tu tiempo y arte serán míos. A cambio, nunca más tendrás que preocuparte por dinero, ni por la seguridad, y menos por tu futuro.

—¿Y si, me niego?—se atrevió a preguntar Bianca, su voz era apenas un susurro.

Él apagó su habano con calma, sin inmutarse. Los hombres a su alrededor se pusieron tensos.

—Si me rechazas—replicó él, apoyando los codos sobre la mesa e inclinándose cerca,—te irás por esa puerta con tus propinas. Te olvidarás de mí, pero yo no me olvidaré de ti. Te he escuchado, he he reclamado para mí. Y si te has atreves a escuchar mi oferta y rechazarla haré tu vida tan miserable que me ofreceras follarte a cambio de un par de monedas.

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