Capítulo 2 Nuestro trato
Un silencio absoluto invadió el lugar.
Vladimir extendió la mano hacia ella. No para tocarla, sino para mostrar la amplitud de su poder.
—Acepta, Bianca, conviértete en Elisa. Recuperarás tu música y la usarás para vivir una vida que solo yo puedo darte. La sinfonía de tu amor no la tocarás para el mundo, sino para mí, tu amo y señor.
Miró el dinero, el violín en su estuche, y luego los ojos implacables del hombre. Su miedo era real. Era una trampa y ella estaba apunto de ceder, ya no tenía nada que perder.
—Acepto—, la decisión era amarga en su boca.—Cuándo empiezo
El hombre sonrió de verdad esta vez. Una sonrisa que no alcanzaba sus ojos, pero que era una promesa de lo que estaba por venir.
—Ahora mismo, musa—añadió levantándose de la mesa.
Vladimir entendió la aceptación de Bianca como un sonido de rendición, no lo hizo por decisión propia sino porque era su única opción. No hubo apretón de manos entre ellos, ni papeles que firmar. La palabra de Vladimir Volkov, era el único contrato que necesitaban.
Él no perdió el tiempo; se acercó a ella, su gran figura proyectando una sombra imponente—encárgate—le dijo al hombre que había llevado a Bianca hasta él.
El hombre ancho y silencioso que le había bloqueado el paso,asintió y se acercó a la joven. Ella se levantó, sintiendo que sus piernas temblaban.
—El estuche—dijo, señalando su violín, con la reverencia de quien manipula algo valioso ella se lo dió, aunque el hombre claramente valoraba el objeto por la persona que lo tocaba, no por la madera en sí misma.
Ella se quedó un momento mirando la mesa. Vladimir ya se había alejado, deslizando la mano en la espalda de uno de sus subordinados y susurrándole una orden que no pudo escuchar. Era como si la negociación no hubiera sido más importante que ordenar una bebida en la barra.
Recogió los billetes sobre la mesa, sintiendo el calor del papel en su palma. Era una cantidad obscena para una noche de trabajo. Se los metió en el bolsillo de su chaqueta barata. No eran un pago, sino una mordaza, una muestra de su poder sobre ella.
Salió del lugar sintiéndose extrañamente ligera. El barman le hizo un gesto de despedida, un saludo indiferente que marcaba el final de su paso por ese antro. Bianca no se despidió; no había nada que extrañar, solo un sueño destrozado que ese lugar había ayudado a enterrar.
La brisa nocturna le golpeó el rostro, habia un sedán negro esperándola, largo y lustroso, que parecía absorber la poca luz de la calle. Era un vehículo que pertenecía a un mundo completamente diferente.
El hombre le abrió la puerta trasera para ella con un gesto de cortesía robótica. Antes de subir, Bianca miró hacia atrás, a la fachada con luces de neón; en menos de media hora, su vida había pasado de la desesperación silenciosa a una peligrosa familiaridad. Se obligó a entrar sin más.
El interior del coche era un santuario de lujo, cuero negro suave y un tenue aroma a nuevo; aspiró profundo recordando su antigua vida. El violín fue colocado con cuidado en el asiento de al lado.
—¿A dónde vamos?—preguntó ella, sintiéndose extrañamente expuesta en el vasto espacio del asiento trasero.
El conductor era un hombre mayor, el otro se había instalado en el asiento del pasajero, para la indicaciones al chófer, giró ligeramente la cabeza. —A su nuevo apartamento, señorita—el hombre lo dijo con voz amable—. Está cerca de la ciudad. El jefe cree que necesitará algo acordé para que se sienta cómoda.
—No puedo mudarme, mi hermana ella está en casa—le dolió pronunciar la última palabra.
—No se preocupe, señorita, mi compañero ya fué por su hermana—la miró a través del espejo retrovisor—, ella está llegando a casa.
El viaje fue ameno; el vehículo se deslizaba por las avenida, la ciudad se transformaba mientras daban paso al amanecer. Las luces de neón se rindieron a la elegancia sobria de mansiones con altos muros y jardines discretos.
El sedán se detuvo finalmente frente a un moderno edificio de cristal y acero. Había seguridad, discreta pero palpable; un hombre con auriculares les abrió la puerta.
El apartamento era un sueño. O más bien, la decoración de un sueño ajeno que ahora le parecía incómodo.
Al entrar se encontró en un espacio vasto y luminoso. Una pared entera era de cristal, ofreciendo una vista panorámica de la ciudad y las aguas oscuras del estrecho.
El piso era de mármol pulido y los muebles minimalistas; la decoración era de colores neutros, blanco, gris, crema. No era su estilo, pero sin duda era funcional. No había desorden, ni alma, ni un solo indicio de la personalidad de alguien que realmente viviera allí. Era una vitrina de lujo, un exhibidor caro.
Una mujer de mediana edad, vestida con un uniforme de ama de llaves, se acercó con una sonrisa formal.
--Bienvenida, señorita Vásquez. Soy Elena, mi trabajo es asegurar que sus necesidades estén cubiertas. Su habitación y su vestidor están preparados y su hermanita ya va rumbo al colegio. La nevera está llena , le preparé desayuno, aún está caliente, si desea probarlo. El jefe ha solicitado que le muestre el estudio.
Bianca siguió a Elena a través del salón, sin dejar de mirar a su alrededor
El estudio estaba al final del pasillo. Era una habitación diseñada específicamente para ella; el aislamiento acústico era profesional. En el centro, sobre una alfombra persa gruesa, había un atril de caoba y un taburete de terciopelo.
Pero lo que la dejó sin aliento fue lo que había a un lado; un mueble climatizado contenía varios instrumentos de cuerda, y en el centro, suspendido sobre seda, estaba su verdadera némesis y su mayor amor.
—Es el violín de mi jefe, señorita. Para que se vaya acostumbrando al tono que tendrá después de la práctica profesional.
El violín que parecía irradiar un brillo cálido, una antigüedad perfecta, cuyo valor debía ser astronómico.
Se acercó con cautela. Era un instrumento de una calidad sublime, cuyo olor a resina añeja y madera fina era el aroma más familiar y reconfortante del mundo; su mano vendada se sintió de repente pesada, inútil. Bianca interrumpió su contemplación.
—El maestro Fletcher la recibirá a las 10:00 de la mañana. Hoy mismo comenzará la práctica.
—Tan rápido—soltó ella sorprendida.
—El jefe no pierde el tiempo, señorita Vásquez—le sonrió—. Y por la noche…
—¿Sí?—, preguntó, esforzándose a escuchar.
—Por la noche, se espera que usted toque. Es una cena íntima. En la residencia privada del señor Volkov, Le dejaré un teléfono celular—colocó el objeto sobre una mesita de noche—. Es un número privado, solo para usted y el jefe lo tienen. No debe usarse para nada más; un vehículo la recogerá a las 07:00 pm.
Bianca se quedó sola en el estudio, el silencio del apartamento roto solo por el distante murmullo de la ciudad que apenas despertaba. Su antiguo violín estaba sobre la mesa, golpeado por años de uso. Luego miró junto al Stradivarius de préstamo, brillante y siniestro. Había vendido su alma por la promesa de volver a su antigua vida.
Miró su muñeca herida, sabiendo que pronto comenzaría la tortura con sus prácticas y por la noche, comenzaba la servidumbre de lujo.
