Capítulo 3 Un nuevo nombre
Al caer la noche llegó un Bentley negro mate, aún más opulento que el anterior. Bianca llevaba puesto el único vestido decente que poseía: un sencillo pero elegante diseño negro de corte A que, aunque era modesto, se sentía fuera de lugar en el fastuoso interior del vehículo.
El viaje fue corto, sin embargo fué llevada a una de las zonas más exclusivas de la ciudad. La residencia de Vladimir Volkov no era una casa, sino una fortaleza modernista de concreto, rodeada de jardines inmaculados.
Al entrar fué recibida por el ama de llaves que la esperaba.
—El Don ha enviado esto para usted, señorita—dijo señalando una bolsa de negra.--Quiere que lo estrene para la cena.
La mujer de tez aceitunada la llevó a un camerino pequeño pero lujoso; El vestido que había elegido Vladimir era de un azul profundo, casi medianoche, hecho de una seda que caía como agua sobre su cuerpo; tenía un escote sutil y un corte que enfatizaba la clavícula. Era un vestido de conciertos, lo notó de inmediato.
Mientras se cambiaba sintió una rabia contenida. Vladimir no solo compraba su arte, decidía su imagen. No era libre de elegir ni siquiera su atuendo; sin embargo, el color azul hacía que su cabello cobrizo y ondulado pareciera fuego vivo, se vio en el espejo redondo, la imagen no parecía de una esclava, sino una diosa, una que era prisionera de un dios del Olimpo.
Al llegar al comedor, la escena la golpeó con una belleza decadente.
La sala era enorme, con techos altos y una enorme chimenea de piedra; La cena era para diez personas, servida en una mesa larga de ébano pulido que reflejaba la tenue luz de las velas. Los invitados de Vladimir eran hombres de negocios, impecables y con rostros de piedra, que hablaban en susurros controlados.
Su benefactor estaba sentado en la cabecera, con un traje oscuro. Al verla, sus ojos azules se iluminaron con una satisfacción profunda. Se levantó, y con un gesto de la mano detuvo la conversación.
—Bianca, querida—dijo Vladimir presentando ese nombre falso con una propiedad implícita. —Estos son unos socios; será un honor para ellos escucharte.
Ella sintió el peso de sus miradas, no de admiración, sino de evaluación. Era nuevo producto recién adquirido por su socio.
No había un atril. Solo un pequeño taburete en una esquina de la sala, bajo un foco de luz suave. Su estuche, con el violín prestado, ese hermoso Stradivarius brillante y temible, estaba junto al taburete.
—Quiero que te sientas cómoda, mi musa—le indicó, señalando el rincón. —Toca lo que te inspire. Pero que sea algo… íntimo.
Bianca no necesitaba que le dijeran que eligiera algo que evitara la complejidad que aún pondría en riesgo su desempeño; sin embargo eligió una pieza con intención. No Bach, sino la Meditación de Thaïs de Massenet; una pieza con una belleza considerada etérea, pero con una melancolía profunda. Hablaba de la pérdida de la fe, del sacrificio y de una desesperación silenciosa.
Se llevó el violín al hombro. La seda fría del vestido azul se sentía extraña contra la madera; levantó el arco, dudando solo un instante.
Al sonar la primera nota, el mundo se redujo a la sala.
El sonido del violín de préstamo era celestial, profundo y resonante, llenando la sala. Se permitió hundirse en su melodía. En el conservatorio, le habían enseñado a ser perfecta, sin embargo, con el dolor físico latiendo suavemente en su muñeca, tocaba con verdad. Cada vibrato era un suspiro; cada nota, una lágrima por el futuro perdido.
Los socios de Vladimir dejaron de comer para escuchar; sus rostros impasibles. Pero Vladimir Volkov no solo escuchaba; observaba con atención.
Mientras Bianca tocaba, no podía evitar notar la intensidad de su mirada; ese hombre no miraba el violín ni el arco, miraba su rostro, la ligera inclinación de su cabeza, la forma en que sus ojos se cerraban en pasajes dolorosos, la concentración que la hacía olvidar dónde estaba y para quién tocaba.
Cuando la pieza llegó a su clímax, una ascensión de notas claras y puras que eran a la vez una súplica y un desafío, Bianca se dio cuenta de algo que la hizo estremecerse, Vladimir la estaba escuchando con la misma atención y enfoque total que un estratega militar le daría a un mapa de batalla. Estaba tratando de memorizar cada. La música terminó; la nota final se disolvió en el silencio absoluto de la sala.
Los socios aplaudieron de manera educada, pero fue el aplauso de Vladimir el que resonó; era lento, mesurado, y lleno de una satisfacción casi posesiva.
—Magnífico, mi musa—elogió Vladimir, con su voz ronca y profunda que parecía haber sido diseñada para dar órdenes. —Una pieza muy personal; dice mucho de ti.
Bianca bajó el violín, con el brazo tenso. —Solo es música,--replicó ella, restando importancia al cumplido.
Vladimir se levantó y caminó hacia ella, lento y deliberado. Sus socios observaron en silencio. Se detuvo a menos de un metro; sin embargo su presencia le provocó un calor abrumador.
—No, mi musa, no es solo música—me corrigió corrigió posando un dedo sobre mis labios—.Es tu dolor, y ahora es mío. Lo has tocado en mi casa, en mi presencia, con mi instrumento y con mi vestido, tu arte es parte de mí, como lo serás tú—le acarició la mejilla —. Es como si te hubiera hecho el amor ahora mismo, delante de todos.
Extendió una mano y, con un movimiento rápido y no solicitado, tomó uno de sus mechones rojizos y ondulados. Lo frotó entre sus dedos, como si examinara un material raro y valioso.
—El azul del mar y el naranja del fuego—musitó Vladimir. Sus ojos azules, peligrosos y penetrantes, la recorrieron de nuevo, con una lentitud que le heló la sangre. —Es una combinación perfecta—aspiró profundamente contra su cuello—. Eres más hermosa que la música que tocas, no sabes lo mucho que significa eso para mí.
Vladimir regresó a su asiento, dejando a Bianca con el pulso acelerado y las mejillas ardiendo. La cena se reanudó, pero ella supo en ese instante que para Vladimir no era un entretenimiento de fondo. Ella era el platillo principal y deseaba probarla.
