Capítulo 4 Una nueva vida
Las semanas siguieron avanzando en un ritmo similar; era una rutina monótona, llena de una disciplina férrea, diseñada por Vladimir Volkov quién no dejaba lugar a la espontaneidad. Bianca descubrió rápidamente que el verdadero costo de su deseo no era solo su arte, sino su voluntad y su tiempo.
La primera parte de la promesa de Vladimir se cumplió con eficacia. A la mañana siguiente de la cena, el renombrado maestro Fletcher, un músico internacional, nacido en Zúrich con manos de seda y fama mundial, la recibió en su mansión de lugo.
El estaba dispuesto a ayudarla, para corregir los sutiles defectos en su modo de tocar, las clases fueron programadas y ejecutada con perfección extrema. El proceso de recuperación se convirtió en el eje de la vida de Elisa, porque sí, para todos ella era Elisa.
En las mañanas entrenaba dos horas, con una concentración casi religiosa, como si manipulara un mecanismo de relojería. En las tardes su estudio era de teórico.
Luego tuvo que pasar largas horas en el estudio insonorizado. Al principio, tocando solo ejercicios sencillos con su violín, después, con el instrumento Stradivarius que Vladimir le había prestado explorando su resonancia, acostumbrándose a su temperamento.
Tres veces por semana, un chófer la recogía para ir a tocar en la mansión de Vladimir. El apartamento se convirtió en un lugar pulcro como si fuera un hospital; era perfecto, pero vacío. La nevera siempre estaba llena, la ropa limpia y doblada, y el ama de llaves aparecía y desaparecía como un fantasma eficiente, asegurándose de que ella no tuviera necesidad de replicar.
El aislamiento era absoluto; no tenía la llave para la puerta principal y su único contacto con el mundo exterior era a través del ventanal con vistas a un bonito lago, o el teléfono móvil privado; no recibía llamadas y no podía hacerlas, a menos de que estás fueran de Vladimir.
Intentó buscar su nombre en el motor de búsqueda de la l tablet que Vladimir había dejado para ella como presente, tecleó: "Bianca Vásquez violinista". La historia se había desvanecido junto con ella. Se dio cuenta de que no tenía amigos, ni familia.
Había sacrificado todas sus relaciones sociales por su carrera, y ahora, sin carrera, no tenía nada. El aislamiento era una técnica de control tan efectiva como los barrotes de una prisión; Al no tener a nadie a quien contactar o que la echara de menos, su dependencia de Vladimir se cimentaba, su hermana estaba lejos y tampoco podía llamarla, aunque Vladimir le prometió que la vería en vacaciones.
Él la visitaba una o dos veces por semanas; nunca avisaba. Podía aparecer en el estudio sin previo aviso mientras ella ensayaba, se sentaba en un rincón oscuro y simplemente la observaba fijamente.
Nunca la tocaba ni le hablaba durante su práctica, pero su presencia era una presión constante. Ella se esforzaba más, buscando la perfección para satisfacer esa mirada gris y evaluadora.
—Más fuerte, musa—le ordenó un día, notando una vacilación en un pasaje de Tzigane. —No quiero un lamento desganado; quiero sentir tu dolor.
Vladimir sabía de su progreso con el maestro Fletcher antes que ella; sabía si había comido lo suficiente o si había dormido mal, gracias a los informes discretos de Elena. Un día, después de un ensayo particularmente frustrante, había tirado su violín de estudio, el suyo personal. El Stradivarius, se encontraba sobre el sofá. Al día siguiente vió una nota en ese lugar.
El temperamento es bueno, pero la paciencia es una gran virtud. Y el violín de estudio no tiene la culpa de tus errores.
Él no estaba en la habitación, pero lo veía todo.
Las noches de concierto en la residencia privada eran la clave de su acuerdo y el foco de la obsesión de Vladimir hacia ella; no eran grandes fiestas, sino cenas privadas, reuniones de negocios o, más a menudo, solo él, en su estudio con una bebida en la mano.
Durante una de esas noches, Bianca dejó de ser una músico de fondo. Era la atracción central; la hacía tocar, a veces durante horas, pidiéndole piezas específicas, o simplemente la miraba en silencio, mientras bebia su licor favorito; estudiando cada matiz de sus expresiónes.
Una noche, cuando tocó una sonata de Beethoven llena de una desesperación melancólica, Vladimir la detuvo a mitad del movimiento.
—No toques eso—leordenó con calma.
—¿Por qué?—preguntó, sorprendida.
—No quiero tristeza en mi casa, Elisa—respondió él, acercándose demasiado. --Quiero pasión o furia, quizás un poco de dolo—estaba que podía sentir su respiración contra su cuello. —No quiero tu rendición, quiero tu lucha, quiero que luches por mí, a través de tu música. La tristeza es aburrida, y tú no eres aburrida—le acarició el mentón y luego la mejilla.
Se colocó detrás de ella, su aliento cálido rozándole la oreja. No la tocó, pero su cercanía era sofocante, electrizante.
—Estás curada, mi musa—susurró contra su oído. —Pronto estarás en la cima. Y solo habrá un hombre en el mundo que sabrá lo perfecta que eres.
Bianca cerró los ojos, sintiendo el violín temblar ligeramente. Su cuerpo estaba en la jaula, pero su alma todavía se debatía; la música era su único escape, pero incluso ese escape era ahora propiedad de Vladimir.
Se dio cuenta de que lo que él quería no era solo la música perfecta. Quería a la mujer cuya alma rota solo él podía escuchar, y cuya perfección él había orquestado. Ella era su sinfonía personal, y él era su director.
Habían pasado dos meses desde que lo conoció. En ese tiempo su precisión había regresado, e incluso la resistencia al dolor crónico se había disipado gracias a los cuidados orquestados por Vladimir. Irónicamente, en la jaula de oro, había alcanzado la cima de su técnica. El desafío surgió durante una noche de concierto en la residencia.
Esa noche en particular era algo inusual. Vladimir no estaba solo ni con socios de negocios; había organizado una cena para un puñado de oligarcas de Europa del Este, hombres de negocios toscos y sus esposas perfectas, cuyas risas resonaban con un matiz estridente. Eran el tipo de personas que consideraban el arte como una decoración cara y la música como una señal de su estatus.
Bianca se puso un vestido rojo estilo sirena, otro regalo de Vladimir, así que se sentía como un uniforme, se instaló en su rincón habitual. Esa noche le había pedido que tocara algo grandioso. Algo que ellos reconozcan y les dé prestigio; específicamente, le había solicitado el concierto para violín de Tchaikovsky en Re mayor, el tercer movimiento. Era una pieza de virtuosismo espectacular, llena de fuegos artificiales técnicos que ella lograba dominar.
