Capítulo 5 Desacato

Comenzó a tocar. Las notas saltaron del Stradivarius, brillantes y veloces; mientras ejecutaba el pasaje, sintió la vieja emoción, el fuego que la había impulsado en su adolescencia, pero al mirar las caras en la mesa, vio lo que temía, una indiferencia educada; los hombres hablaban por encima de su música, discutiendo cifras; las mujeres reían. Su arte era un fondo de pantalla sonoro.

A mitad del movimiento, llegó el punto de inflexión. Elisa estaba en el pasaje más exigente, donde la música se eleva en una carrera gloriosa. En ese instante, uno de los oligarcas alzó la voz.

--¡Vladimir! ¿Cuántas veces debo decirte que el precio del puerto es ridículo?—el ruido de una copa al ser puesta con fuerza sobre la mesa cortó la melodía. —¡Baja la música! ¡No podemos oírnos pensar!

El hombre se dirigió a Bianca con un gesto desdeñoso, como si estuviera hablando con un camarero.

—¡Oye, mocosa! ¿Puedes tocar esa parte más bajo? Es ruidosa.

La furia helada que se había estado gestando en Bianca desde el día que aceptó la oferta explotó. Había permitido que la trataran como una simple propiedad de Vladimir, pero no iba a tolerar que trataran su arte como una molestia sonora. Dejó de tocar. El silencio que siguió fue absoluto, pesado y más ruidoso que cualquier música. Todos en la mesa la miraron; el oligarca, con la boca abierta, se sintió de repente expuesto.

—¿Qué estás haciendo, niña?—preguntó el hombre, con el rostro enrojecido de vergüenza.

Bianca se levantó, el violín todavía apretado contra su hombro. Miró directamente al hombre, pero su voz se dirigió a Vladimir Volkov, que la observaba desde la cabecera con una expresión fría.

—No me pagarás para tocar más bajo—dijo, su voz resonando con una claridad cortante.—Me has contratado para tocar está música. —Lo miró fijamente—; la música, señor Volkov, se toca para ser escuchada. Si sus invitados no saben apreciar el Andante de Tchaikovsky, quizás no aprecian nada culto.

El silencio se profundizó. Un guardia, de pie junto a la pared, se tensó visiblemente. Nadie le hablaba así a un invitado de Vladimir, y mucho menos al mismísimo Vladimir. Su benefactor no se movió; la miró, vió una chispa de algo nuevo, algo que se parecía peligrosamente a la fascinación, brillando en sus ojos. Parecía una serpiente que mira un ratón particularmente insolente.

—Mi querida, Elisa—dijo Vladimir, su voz baja y cautelosa, —termina la pieza. —Le sonrió de manera siniestra—. Ahora—ordenó. Su desafío, sin embargo, no había terminado.

—No lo haré—replicó ella, con la respiración entrecortada por la adrenalina. —No voy a tocar una obra maestra para que sea ignorada. Señor Volkov, usted me pidió furia, hace unas semanas.

Bianca hizo una pausa, se llevó el arco a las cuerdas y comenzó a tocar una pieza completamente diferente. No era música clásica, sino una danza húngara rápida y salvaje. Una pieza que no requería técnica de élite, sino corazón crudo. Tocó con rabia y abandono, deslizando el arco tan fuerte que las notas eran una explosión de sonido. Era áspera, desafiante y deliberadamente molesta para la cena. No era una melodía que pudiera ser ignorada. Era una declaración de guerra.

El oligarca se quejó y se levantó, pero Vladimir alzó la mano sin quitar los ojos de Bianca. Era una orden de su superior; todos se quedaron quietos, paralizados por la tensión que se había apoderado de la sala. Cuando Bianca terminó con una nota final desgarradora, el silencio volvió. No hubo aplausos. Solo el sonido de la respiración.

—Eso quería, mi dulce musa—pensó Vladimir.

Vladimir se puso de pie, su expresión finalmente se rompió para revelar una lenta, pero fría sonrisa. Caminó hacia ella, sus pasos resonando en sobre el mármol pulido cuidadosamente.

—Retírense—ordenó a sus invitados. —El show ha terminado.

Los oligarcas confundidos se dispersaron obedientemente. Cuando la puerta del comedor se cerró, solo quedaron Vladimir, el guardaespaldas y Bianca.

Vladimir se paró frente a ella.

—Esa fue una jugada estúpida, musa,—susurró. —Pudiste haber provocado una confrontación innecesaria. Bianca apretó el violín contra sí.

—Podrías haberme defendido. Soy tu artista, tu posesión—Bianca intentó contener las lágrima—. No permitiré que traten mi arte como simple ruido.

Vladimir se rió entre dientes, un sonido seco y peligroso. No sonaba enojado, sino emocionado; tomó suavemente el violín de las manos de ella y lo colocó con extrema delicadeza en el estuche. Su mirada se fijó en la de la pelirroja; con un fuego que ella no había visto antes.

—Tienes fuego, Bianca. Me gusta. Creí que lo habías perdido, pero veo que solo lo tenías guardado—dijo, inclinándose para besarla en los labios.—No vuelvas a avergonzar a mis invitados, N me desafies en público. Él puso un dedo debajo de su barbilla, levantando su rostro para obligarla a mantener el contacto visual.

—Por tu insolencia, hay un castigo. Y por tu música, hay una recompensa.—Su voz se hizo más profunda y oscura.—Esta noche, no volverás a tu apartamento. Te quedarás aquí. En la casa de tu amo. Y tocarás hasta que yo me canse de tí.

Bianca sintió un escalofrío; sabía que la recompensa no era la música. Su primer acto de rebeldía solo había intensificado la obsesión de Vladimir, haciendo que cruzara los límites y apretara aún más las cadenas de su jaula de oro.

Bianca se quedó inmóvil; la orden de Vladimir de quedarse no había sido una invitación, sino una sentencia. Sintió el peso de la mirada del guardaespaldas, que permanecía estoico junto a la pared, su presencia un recordatorio de que no había forma de escapar.

—Vete—ordenó Vladimir al hombre, sin quitar los ojos de Bianca. El guardaespaldas asintió y se retiró.

Bianca y Vladimir se quedaron solos, bajo las luces tenues. La tensión era palpable, una cuerda tensa a punto de romperse.

—Sígueme—le dijo, sin esperar respuesta. Se dirigió hacia una escalera de caracol de mármol que conducía al piso superior, la zona privada de la residencia.

Ella lo siguió, sintiendo un nudo de pánico en el estómago. La escalera ascendía a un silencio aún más profundo. El aire olía a un perfume masculino sutil, a cuero fino y a la limpieza estéril de la riqueza absoluta. La guio por un pasillo largo, con paredes de seda gris y obras de arte oscuras y abstractas. Se detuvo ante una puerta de doble hoja, tallada.

—Esta será tu suite—anunció Vladimir, abriendo la puerta.

Bianca entró en una recamara que era más grande que su apartamento en el centro de la ciudad. Era una explosión de lujo, una cama king size central con sábanas de lino blanco inmaculado, un área de estar con chimenea y, de nuevo, un ventanal de pared a pared con una vista deslumbrante de los jardines iluminados.

Pero lo que atrajo su mirada fue un atril de música de pie en una esquina. Sobre la mesita de noche había una partitura recién impresa.

—¿Mi suite?—preguntó Bianca, su voz era apenas un susurro.

—Por el momento—corrigió Vladimir, acercándoso; su tono era tranquilo, lo que lo hacía más amenazante.

—El castigo por tu insolencia es la cercanía.—Con una mano en la cintura, la atrajo hacia su cuerpo— No quiero que te vayas y algún día no regreses—depósito un besó en su clavícula—; quiero que estés disponible—le sostuvo las mejillas con el dedo pulgar e índice—Siempre. Aquí tienes tu propio baño, tu propio vestidor. -—señaló el atril. —Nunca dejarás de practicar, Bianca. Ni siquiera aquí—sus labios estaban a punto de rosar los de ella—. Se detuvo a su lado, la cercanía era una invasión a su espacio personal. —Ahora, la recompensa.

Vladimir no se refería a las sábanas de seda o la vista. Se acercó a una mesa de bebidas y sirvió dos vasos de un licor ambarino. Le ofreció uno. Bianca no lo tomó.

—Esta noche—continuó Vladimir, bajando la voz hasta un tono íntimo y opresivo, —vas a tocar para mí de verdad. Sin invitados, ni interrupciones. Solo para el hombre que invirtió en ti.

Le hizo un gesto hacia un chelo que estaba en la esquina de la sala. Nunca lo había visto antes.

—Mi padre me enseñó a tocar cuando era niño. Una obligación, no un placer. No soy bueno—confesó, con una media sonrisa, —pero entiendo de música. Sé cómo debe sonar el dolor.—Ahora es tuyo, puedes hacer con el lo que quieras.

Él tomó un asiento en el área de estar, reclinándose con la comodidad de quien está en su propio trono.

Bianca se sintió atrapada. Era una prisionera en una obra de teatro absurda y decadente; sacó el violín del estuche y tomó el arco, sintiendo el miedo mezclado con una extraña excitación nerviosa ante la inminente prueba de voluntades.

Vladimir le pidió una pieza lenta, una de las partituras olvidadas de Shostakovich, llena de melancolía y tensión soviética. Una música que encajaba perfectamente con la atmósfera de su relación. Ella se obligó a tocar con la misma furia interna que había sentido antes. No tocaría dulcemente; lo haría con la aspereza que la música merecía, una música sobre la opresión y la resistencia. Mientras ella tocaba, Vladimir cerró los ojos y bebió su licor.

Bianca lo observó; sus rasgos duros, la calma de su cuerpo. Su atención era una manta pesada; no era un interés casual. Era una obsesión estudiada. Cuando terminó la pieza, el silencio era tan completo que oyó su propia respiración.

Vladimir abrió los ojos. Había una intensidad febril en ellos.

—Elisa—dijo, usó ese nombre que tanto se empeñaba en darle. Sonó como un reclamo, como un gemido.— Eres un tormento exquisito. Tu música me dice que me odias, pero tu técnica me dice que me deseas con desesperación. Y juro por Dios que muero por follarte aquí mismo, entre instrumentos y partituras hasta oírte gemir la melodía de tu amor.

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