Capítulo 6 Fuego

Se puso de pie y caminó hacia ella, sus pasos lentos y mesurados. Ella sintió el impulso de retroceder, pero se obligó a quedarse quieta, desafiante.

—El trato fue simple; tu arte por mi protección. Pero me has dado más. Me has dado el fuego,—susurró, inclinándose peligrosamente cerca, sus ojos clavados en los de ella. —Esa noche en el bar, no solo me enamoré de tu música, me obsesioné con la furia en tu alma. Y hoy, esa furia fue mi postre. Tenía ganas de follarte allí delante de todos, que supieran que eras mía en todos los sentidos, que te estremecí eras de placer y gimieras mi nombre en medio del orgasmo.

Vladimir la tomó por la cintura con ambas manos; la pegó tanto a su cuerpo que se le escapó un grito al sentir su miembro endurecido. No hubo violencia en ningún momento; el control que tenía hacía ella no era físico; era psicológico. Él era el director, y ella la solista; forzada a mostrarle las profundidades de su desesperación.

La besó con descaro y sin mediar palabras la dejó caer sobre la cama. Besó su cuello y clavícula con delicadeza, ella sin pensarlo lo sostuvo por el cabello y el besó el profundo escote de su vestido.

—Moriría por probarlos—susurró contra su oído y ella con cuidado se soltó el lazo del cuello, que mantenía protegidos sus senos.—Mierda, eres perfecta—su boca succionó el pezon con avidez mientras ella se retorcía de placer.—Quiero que me toques, necesito sentirte.

Ella lo besó, el la devoró, la estrujaba tanto contra su pecho que sus senos dolían, el recorría esa cabellera rojiza con sus dedos, antes de pedirle que le hiciera una felacion.

—Puedes follarme como castigo, pero yo no voy a cooperar de esa forma.—Toma mi cuerpo, conviérteme en tu zorra personal, follame delante del personal de servicio si lo deseas, pero yo no te follare a tí.

Las palabras de Bianca hicieron que todo el fuego se extinguiera, Vladimir la miró de arriba abajo, sus senos enrojecido al igual que sus labios y sus mejillas.

—Prefiero follar a una puta, que a tí—sin decir más nada la dejó allí, ardiente y dispuesta.

Porque a pesar de su respuesta agria, estaba más que dispuesta a entregarle su cuerpo, una parte de ella quería saber lo que se sentiría al tener su miembro dentro, ese hombre era fuego, un fuego que ella estaba empezando a extrañar.

Él Salió de la suite, cerrando la puerta tras de sí con un suave, pero firme, clic. El sonido resonó como el cierre de un candado. Bianca se quedó sola en la suite de lujo. Su piel aún caliente por el deseo. Esa era una habitación diseñada para el placer y el descanso, pero se sentía más fría que cualquier celda. Sabía que cada lujo, era una nueva cadena en su jaula.

Fue la primera noche que durmió bajo el mismo techo que Vladimir Volkov; el aire era tan espeso que apenas podía respirar. Tenía miedo, pero no podía llorar, se lamentaba de rechazarlo, porque su cuerpo le pedía a gritos que lo buscará.

La mañana siguiente fue silenciosa y cargada. Bianca encontró un nuevo cambio de ropa esperándola: un conjunto elegante, pero sobrio, con instrucciones escritas a mano por su benefactor.

—Esta noche me acompañaras a una reunión especial. Toca el Nocturno en Do sostenido menor de Chopin en tu ensayo; me gusta el silencio que crea. El tono era casual, pero la orden era absoluta.

A las siete, George, el guardaespaldas de confianza estaba esperándola. Esta vez, el viaje fue diferente. El Bentley se dirigió hacia la parte antigua de la ciudad, una zona de callejones oscuros y edificios que no habían visto un lavado de cara en décadas. No se detuvieron frente a un restaurante o una sala de conciertos, sino ante un edificio anónimo de piedra, custodiado por hombres con trajes que no llevaban el emblema de chofer.

El hombre la guio a través de un pasaje lateral y por escaleras de servicio. El ambiente era pesado y hermético; finalmente, llegaron a una pequeña puerta de madera y llamó con un golpe específico.

Entraron en un vasto espacio que contrastaba dramáticamente con el exterior. No era un club nocturno, sino un teatro de ópera abandonado que había sido transformado. Los palcos de terciopelo estaban destrozados, el escenario cubierto de polvo. Pero en el centro, la platea se había convertido en una zona de reunión íntima: mesas redondas, luz tenue y camareros moviéndose en silencio.

Era una subasta privada y una reunión de negocios de alto nivel, de una clase que nunca salía en los periódicos. Bianca sintió una opresión en el pecho; era una atmósfera de dinero sucio y poder ilimitado.

La condujeron a un palco privado en el segundo nivel. Vladimir ya estaba allí, de pie, mirando el salón como un general examina un campo de batalla.

—Llegas a tiempo—dijo sin sonreír. Iba vestido con una elegancia impecable que lo hacía parecer el dueño de la noche.

—¿Qué es este lugar?—preguntó Bianca, con la voz baja.

—Un lugar donde los negocios se hacen sin la interferencia del gobierno—, explicó Vladimir, ofreciéndole una silla con una leve inclinación de cabeza.—Esta noche, no vas a tocar, estás para observar. Vas a ver el mundo que financia tu Stradivarius. Es parte de tu educación, musa.

Luego, su voz cambió, volviéndose posesiva y fría.

—Y es tu castigo. Después de la insolencia de anoche, te voy a exponer. Vas a estar en mi palco, visible para todos. Ellos sabrán que eres mía. Y tú sabrás que estoy dispuesto a mostrarte mi verdad.

Bianca se dio cuenta de que su desafío anterior solo había provocado que él la sumergiera más profundamente en su mundo, utilizando su propia seguridad como una cadena.

Vladimir le indicó que se sentara a su lado, en la parte del palco más visible. Se sentó tan cerca que su brazo rozaba el de ella. Este era un tipo diferente de intimidad; la intimidad de la exhibición.

La gente de abajo comenzó a mirar. No a Vladimir—, él ya era conocido, sino a la mujer joven y hermosa con el cabello de fuego y el vestido sobrio, sentada a su diestra. Los susurros recorrieron el salón.

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