Capítulo 2 Confrontación brutal

Las puertas del ascensor se abrieron en la planta baja con un suave ding que sonó a burla.

Carmen no bajó.

Se quedó quieta, mirando el reflejo distorsionado de su propio vestido blanco en las puertas metálicas. El protocolo. La palabra daba vueltas en su cabeza como un cuchillo sin filo que, aun así, cortaba. Iván no había sonado desesperado. Había sonado… en control. Como si todavía creyera que podía manejarla.

El ascensor empezó a cerrarse de nuevo. En el último segundo, una mano se interpuso.

Iván.

Había bajado por las escaleras. La corbata seguía floja, la camisa arrugada donde Sofía lo había agarrado. Detrás de él, como una sombra rencorosa, apareció su hermana. El vestido de dama de honor ya estaba bajado, pero el maquillaje corrido y el pelo revuelto la delataban.

—No te vas —dijo Iván. No era una petición.

Carmen lo miró. La rabia le subió por la garganta con sabor a hierro.

—Quítate.

—Necesitamos hablar. Ahora.

—Ya hablamos. Arriba. Mientras tú te follabas a mi hermana.

Sofía hizo un ruido ahogado.

—Carmen, por Dios, no digas eso aquí—

—Cállate. —La voz de Carmen salió baja, pero tan afilada que Sofía dio un paso atrás—. No tienes derecho a decir mi nombre.

Iván avanzó, bloqueando la salida del ascensor. Un par de invitados pasaron por el vestíbulo y los miraron con curiosidad. La novia, el novio y la dama de honor discutiendo junto al ascensor no era exactamente la imagen que nadie esperaba.

—Subimos —ordenó él—. Ahora.

Carmen soltó una risa corta, incrédula.

—¿Me estás ordenando? Después de lo que acabo de ver, ¿todavía crees que puedes darme órdenes?

—Hay cosas que no entiendes.

—Entiendo perfectamente. Tú eres un mentiroso. Ella es una puta. Y yo soy la idiota que les creyó durante años.

Sofía palideció.

—No soy—

—Sí lo eres. —Carmen dio un paso adelante, saliendo del ascensor, obligando a Iván a retroceder—. Eres la mujer que se acostó con el prometido de su propia hermana. En el hotel de la boda. El mismo día. No busques un nombre más bonito. No lo hay.

Un silencio denso cayó entre los tres. Un botones pasó empujando una maleta y fingió no escuchar nada. El aire olía a flores y a desastre.

Iván cerró los ojos un segundo, como si estuviera contando hasta diez. Cuando los abrió, la máscara de control había vuelto a colocarse.

—Subimos a la habitación. Los tres. O juro que haré que seguridad te detenga antes de que cruces la puerta de este hotel.

Carmen lo estudió. Había algo en su tono. No era solo arrogancia. Había urgencia. Miedo, incluso. Pero no miedo a perderla. Miedo a otra cosa.

—¿El protocolo? —preguntó en voz baja.

Iván tensó la mandíbula. No contestó.

Sofía intervino, la voz temblorosa:

—Carmen, por favor. Hay gente. Tu padre está a treinta metros. Si haces una escena—

—La escena la hicieron ustedes dos cuando decidieron follar en la habitación 417 —escupió Carmen—. Yo solo estoy recogiendo los restos.

Se giró y caminó hacia las escaleras de emergencia. No iba a volver a entrar en un ascensor con ellos. Iván la siguió. Sofía también, arrastrando los pies como si todavía no creyera que esto estaba pasando de verdad.

La escalera de incendios olía a cemento y a desinfectante. Cada paso de Carmen resonaba. El vestido se enganchaba en los escalones. No le importó. Cuando llegaron al rellano del segundo piso, Iván la alcanzó y la agarró del brazo otra vez.

—Suéltame.

—No hasta que me escuches.

—Te escuché. Durante tres años. Cada promesa. Cada “te amo”. Cada “eres la única”. Resulta que también se las decías a ella.

Sofía, detrás, habló con voz rota:

—No era igual. Conmigo no era… no era lo mismo.

Carmen se giró tan rápido que el velo se le enredó en el hombro.

—¿Ah, no? ¿Entonces qué era? ¿Caridad? ¿Aburrimiento? ¿Una forma de demostrar que podías tener a las dos?

—Era un error —insistió Sofía—. Empezó hace meses. Yo… yo estaba mal. Y él…

—Y él aprovechó —completó Carmen—. Porque eso es lo que hace. Encuentra las grietas y se mete.

Iván soltó su brazo, pero no se apartó. Estaba demasiado cerca. El calor de su cuerpo le llegaba a través de la tela del vestido. Carmen odió que su estómago todavía reaccionara.

—No fue así —dijo él, la voz más baja—. Hay contextos que no conoces. Decisiones que tomé para protegerte.

—¿Protegerte? —Carmen se rio, pero el sonido salió roto—. ¿Follarte a mi hermana era protegerte? Vaya método innovador.

—Carmen—

—¡No digas mi nombre como si todavía tuvieras derecho!

La gritó. La voz le salió más alta de lo que pretendía. El eco rebotó en la caja de la escalera. Sofía se tapó la boca con las manos. Iván no se inmutó. Solo la miró con esa intensidad oscura que siempre había tenido, esa forma de parecer que veía tres jugadas por delante.

—Baja la voz —dijo con calma peligrosa—. O esta conversación se vuelve pública en cinco minutos. Y créeme, no quieres que tu padre escuche lo que realmente está pasando.

Carmen sintió un escalofrío. Había algo en la forma en que lo dijo. No era solo una amenaza de escándalo. Era otra cosa.

—¿Qué está pasando realmente, Iván?

Él no contestó de inmediato. Miró a Sofía. Ella bajó la mirada.

—Subimos a la habitación —repitió—. Te lo explico todo. Pero no aquí. No en una escalera de incendios con cámaras de seguridad apuntándonos.

Carmen dudó. Cada instinto le gritaba que se fuera. Que cruzara el vestíbulo, saliera a la calle y desapareciera. Pero la palabra “protocolo” seguía quemándole la lengua. Y la forma en que Iván había ordenado que no la dejaran salir del hotel.

—Cinco minutos —dijo por fin—. Si intento engañarme otra vez, juro que grito hasta que venga la policía.

Iván asintió una sola vez. Sofía pareció a punto de decir algo, pero se lo tragó.

Subieron en silencio. La habitación 417 seguía abierta. El olor a sexo y perfume barato todavía flotaba en el aire. Carmen entró la última y cerró la puerta con el pie. El anillo de compromiso seguía en el suelo, brillando como una burla.

Iván se pasó una mano por la cara.

—Lo de Sofía… empezó hace siete meses. No busco excusas. Fue un error. Uno enorme. Pero no es lo más importante ahora.

—¿No es lo más importante? —Carmen sintió que la risa le subía otra vez, histérica—. Acabo de encontrarte dentro de mi hermana el día de nuestra boda. ¿Qué puede ser más importante que eso?

Iván sostuvo su mirada.

—Que hay personas que llevan meses esperando este momento. Personas que no quieren que tú y yo firmemos ese matrimonio. Personas que están dispuestas a hacer cosas peores que una infidelidad para impedirlo.

Sofía habló por fin, la voz casi un susurro:

—Él no te lo dijo porque intentaba protegerte. Yo… yo tampoco. Pensamos que si la boda se cancelaba de forma natural, tal vez…

—¿Tal vez qué? —Carmen dio un paso hacia ellos. El vestido crujió—. ¿Tal vez yo me quedaba sola y humillada mientras ustedes dos seguían con su vida? ¿Esa era la protección?

Iván no negó.

—Había un plan. Uno que se fue al carajo el segundo en que abriste esa puerta.

Carmen sintió que el suelo se movía bajo sus pies. La rabia ya no era solo por la traición. Ahora había miedo. Un miedo frío y preciso.

—¿Qué plan, Iván?

Él abrió la boca.

En ese preciso instante, el teléfono de la habitación sonó. Un sonido estridente, antiguo, que ninguno de los tres esperaba. Iván se tensó. Sofía dio un respingo.

Carmen miró el aparato negro sobre la mesita. Nadie debería estar llamando a esa habitación. Nadie sabía que estaban allí.

Iván se movió para contestar.

Carmen fue más rápida. Agarró el auricular antes que él.

—¿Dígame?

Del otro lado solo hubo silencio. Luego una voz masculina, calmada, casi educada:

—Señorita Carmen Ruiz. Felicidades por su boda. Lástima que no vaya a celebrarse. Dígale a Iván Mendoza que el protocolo ya no es necesario. Nosotros nos encargaremos de usted a partir de ahora.

La línea se cortó.

Carmen se quedó con el auricular en la mano, el vestido blanco todavía puesto, mirando a Iván y a Sofía como si los viera por primera vez.

El protocolo no era de Iván.

Era de ellos.

Y acababan de declarar que ella era el objetivo.

Capítulo anterior
Siguiente capítulo