Capítulo 3 Carmen huye esa misma noche

El auricular se le resbaló de los dedos y golpeó la mesita con un ruido seco.

Carmen miró a Iván. Luego a Sofía. El silencio en la habitación 417 era tan absoluto que podía oír el latido de su propia sangre en los oídos.

—¿Quién era? —preguntó Iván. La voz le había cambiado. Ya no sonaba controlada. Sonaba alerta.

Carmen no contestó. Se quitó los zapatos de tacón uno por uno y los dejó caer al suelo. El mármol frío le subió por las plantas de los pies. Pensó con claridad, por primera vez en horas.

Tenía que salir de ese hotel. Ahora.

—Carmen —insistió Iván, dando un paso hacia ella—. ¿Quién habló?

—Alguien que sabe mi nombre completo. Alguien que sabe que la boda se canceló antes que nadie. Alguien que dijo que el protocolo ya no era necesario porque ellos se encargarían de mí.

Sofía se llevó una mano a la boca.

—Dios…

Iván maldijo por lo bajo y sacó el teléfono. Empezó a marcar un número con dedos tensos.

Carmen no esperó a ver a quién llamaba. Se dirigió al armario empotrado, abrió la puerta y sacó el bolso de mano que había dejado allí esa mañana. Dentro solo había el móvil, la cartera y las llaves del coche de alquiler que debían usar para la luna de miel. Perfecto.

—¿A dónde crees que vas? —Iván colgó sin que le contestaran y se interpuso en la puerta.

—A ningún sitio contigo.

—No puedes salir sola. Acaban de amenazarte.

—Acabas de follarte a mi hermana. Perdona si no confío en tu sentido de la protección.

Sofía intentó hablar:

—Carmen, por favor, escúchalo. Hay gente peligrosa. Gente que—

—Cállate. —Carmen ni siquiera la miró—. No existes para mí.

Iván no se movió de la puerta. Estaba más pálido que hacía cinco minutos. La mandíbula apretada.

—Hay dos hombres en el vestíbulo. Uno en la entrada de servicio. Otro en el parking. Si sales por cualquiera de esas vías, te tienen.

—Entonces inventa otra vía. Tú eres el que tiene protocolos, ¿no?

Él sostuvo su mirada varios segundos. Luego cedió, a regañadientes.

—El montacargas de personal. Al final del pasillo de servicio. Baja a la cocina y sal por la puerta de carga. Mi coche está en el segundo sótano, plaza 47. Las llaves están en el cajón de esa mesita.

Carmen abrió el cajón. Las llaves de un BMW negro brillaron bajo la luz. Las guardó en el bolso sin dar las gracias.

—No me sigas —dijo.

—Carmen—

—Si das un solo paso detrás de mí, grito. Y esta vez no me importa quién escuche.

Salió de la habitación sin mirar atrás. El pasillo estaba vacío. La música de la ceremonia seguía sonando abajo, ahora mezclada con murmullos confusos. Alguien ya debía de haber notado que la novia había desaparecido.

Encontró la puerta de servicio exactamente donde Iván había dicho. El montacargas olía a grasa y a comida. Bajó sola, el vestido blanco recogido con una mano para no tropezar. En la cocina, dos cocineros la miraron con la boca abierta. Ella pasó entre ellos sin explicaciones. La puerta de carga estaba entreabierta. El aire de la noche le golpeó la cara como una bofetada.

El segundo sótano estaba casi vacío. El BMW negro esperaba en la plaza 47. Carmen abrió, se metió, cerró con seguro y arrancó. El motor ronroneó demasiado bajo para su gusto. Aceleró hacia la rampa de salida.

En el espejo retrovisor vio a dos hombres de traje oscuro bajar las escaleras del parking en el momento exacto en que ella doblaba la esquina. Uno levantó un teléfono. El otro empezó a correr.

Carmen no frenó.

Salió a la avenida con el corazón martilleándole las costillas. El vestido de novia le quedaba ridículo contra el asiento de cuero negro. Se sacó el velo de un tirón y lo tiró al asiento del copiloto. Luego el ramillete. Las rosas blancas quedaron hechas un montón arrugado.

Condujo sin destino durante veinte minutos, cambiando de carril, metiéndose en calles secundarias, mirando el retrovisor cada diez segundos. Nadie la seguía. O eso parecía.

Cuando por fin se atrevió a detenerse, fue en una gasolinera a las afueras de la ciudad. Apagó el motor y se quedó mirando sus manos. Temblaban. El anillo ya no estaba. Lo había dejado en la habitación 417 junto con la vida que creía tener.

Sacó el móvil. Veinte llamadas perdidas de su padre. Doce de Iván. Tres de Sofía. Varios mensajes. No abrió ninguno. En su lugar, borró la tarjeta SIM, la partió por la mitad y la tiró a la papelera del baño de la gasolinera. Compró un móvil de prepago con el poco efectivo que llevaba en la cartera.

Necesitaba desaparecer. De verdad.

Volvió al coche y abrió el GPS. Buscó el lugar más lejos, más aislado, más insignificante que se le ocurrió. Un pueblo en mitad de la nada, a seiscientos kilómetros. Un sitio donde nadie conociera el nombre Carmen Ruiz. Donde nadie esperara a una novia que había huido en un BMW robado el día de su propia boda.

Arrancó de nuevo.

Mientras la ciudad se quedaba atrás y la oscuridad de la carretera se tragaba el coche, el móvil de prepago vibró por primera vez. Un solo mensaje. De un número desconocido.

“Buen intento. Pero el protocolo no se cancela tan fácil. Nos vemos pronto, señora Mendoza.”

Carmen miró el mensaje. Luego miró el anillo que ya no llevaba. Y por primera vez desde que abrió la puerta de la habitación 417, sonrió. Una sonrisa fría, sin rastro de miedo.

Si querían cazarla, iban a tener que encontrarla primero.

Y ella no pensaba ponerles las cosas fáciles.

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