Capítulo 4 Tres años después. Carmen Ríos en el pueblo

El despertador no sonó. Carmen ya estaba despierta desde las cinco.

Se sentó en el borde de la cama y miró la habitación con la misma expresión con la que miraba todo desde hacía tres años: evaluación fría. La cama individual. La cómoda de pino sin barnizar. La ventana que daba al patio trasero de la posada. Nada de valor. Nada que no pudiera abandonar en cinco minutos si era necesario.

Se levantó, se puso los vaqueros y la camiseta negra de siempre y bajó las escaleras de madera que crujían en el tercer escalón. Lo sabía de memoria. Evitaba ese escalón sin pensarlo.

La cocina de la Posada El Refugio olía a café recién hecho y a pan. Doña Marta, la dueña anterior, le había dejado el negocio hace casi dos años con un apretón de manos y una sola condición: “No hagas preguntas sobre mi pasado y yo no haré ninguna sobre el tuyo”. Carmen había aceptado. Era el tipo de trato que entendía.

Preparó el desayuno de los dos huéspedes que tenía esa semana: un matrimonio mayor de paso hacia la costa. Sirvió, cobró, sonrió lo justo. Cuando se fueron, cerró la puerta y el silencio volvió a llenar el lugar como un animal doméstico.

Tres años.

En tres años había aprendido a cortarse el pelo ella misma. A no mirar dos veces cuando un coche desconocido entraba al pueblo. A responder al nombre de Carmen Ríos sin pestañear. A no soñar con vestidos blancos ni con hombres que hablaban de protocolos.

El pueblo se llamaba Valverde. Doscientos habitantes, una iglesia, un bar, una tienda de comestibles y la posada. El lugar más irrelevante que había encontrado en el mapa aquella noche. Nadie llegaba allí por casualidad. Nadie se quedaba si tenía otro sitio a donde ir.

Carmen sacó el libro de cuentas y empezó a revisar los números del mes. Todo en orden. Las sábanas limpias. La caldera funcionando. El tejado sin goteras. Una vida pequeña, controlada, predecible. Exactamente lo que había construido con uñas y dientes.

A las once abrió la puerta principal de par en par, como hacía todas las mañanas. El aire de la montaña entró frío y limpio. Se quedó un momento en el umbral, brazos cruzados, barriendo la calle con la mirada por costumbre. El cartero pasó en su moto. La señora del colmado sacudió un mantel. Un perro ladró a lo lejos. Nada fuera de lugar.

Volvió dentro y se puso a limpiar las habitaciones aunque no hiciera falta. El trabajo físico ayudaba. Mantenía la cabeza ocupada. Cuando las manos estaban ocupadas, los recuerdos tenían menos espacio.

A mediodía bajó al bar. Era el único sitio donde todavía se podía comer algo caliente sin tener que cocinarlo uno mismo. El dueño, un hombre callado llamado Tomás, le sirvió el plato del día sin preguntarle nada. Llevaban dos años con la misma rutina. Ella comía, pagaba en efectivo, se iba. A veces intercambiaban dos frases sobre el tiempo. Nunca más.

Mientras comía, escuchó la conversación de la mesa de al lado. Dos cazadores hablaban de un coche negro que habían visto aparcado en la carretera vieja al amanecer. Un coche que no era del pueblo. Carmen masticó más despacio. No levantó la vista. No preguntó. Pero el dato se quedó grabado.

Por la tarde recibió una llamada al fijo de la posada. Era el proveedor de gas. Confirmó el pedido y colgó. Luego se quedó mirando el teléfono negro como si pudiera morder. Había aprendido a desconfiar de los teléfonos. De las llamadas. De cualquier cosa que llegara del exterior.

Subió a su habitación al anochecer. Se duchó con agua caliente hasta que se le arrugó la piel. Se puso una camiseta vieja y se sentó en la cama con las piernas cruzadas. Encendió la lámpara de la mesita y abrió el cajón. Dentro, debajo de un montón de calcetines, había una caja de metal pequeña. La abrió.

Dentro solo había tres cosas: un móvil apagado que no había usado en meses, un sobre cerrado con dinero en efectivo y una fotografía doblada. No la sacó. Sabía exactamente lo que había en ella. Iván y ella, sonriendo, el día que él le pidió matrimonio. La había guardado no por nostalgia. La había guardado como recordatorio. Para no olvidar nunca de lo que era capaz de huir… y de lo que era capaz de hacer si alguien la encontraba.

Cerró la caja. La guardó. Apagó la luz.

Se acostó mirando el techo. El pueblo estaba en silencio. Solo se oía el viento entre los pinos y, muy a lo lejos, el ladrido de algún perro. Carmen cerró los ojos. Contó hasta cien. Luego hasta doscientos. El sueño no venía. Rara vez venía fácil.

A las dos de la madrugada bajó otra vez a la cocina. Preparó un café que no pensaba beberse y se quedó de pie junto a la ventana que daba a la calle principal. La luna llena iluminaba el empedrado. Todo quieto. Todo igual.

Entonces lo vio.

Un coche negro, sin luces, avanzaba muy despacio por el extremo de la calle. Se detuvo frente a la iglesia. El motor se apagó. Nadie bajó. El vehículo se quedó allí, inmóvil, como un animal al acecho.

Carmen no se movió. No encendió ninguna luz. Solo observó.

Pasaron cinco minutos. Diez. El coche no se fue. Tampoco se acercó. Simplemente esperó.

Ella sintió cómo el viejo reflejo le subió por la espalda: el mismo que había sentido la noche en que huyó del hotel. La certeza fría de que la paz se había acabado.

El móvil de prepago que guardaba en el cajón de la cocina vibró una sola vez sobre la mesa. Carmen se giró muy despacio. La pantalla se iluminó en la oscuridad.

Un único mensaje. De un número sin identificar.

“Hola, Carmen Ríos. O debería decir Carmen Ruiz. Tres años es mucho tiempo. ¿No crees que ya es hora de hablar?”

Fuera, las luces del coche negro se encendieron de golpe y se apagaron igual de rápido. Como un saludo. Como una advertencia.

Carmen miró el mensaje. Luego miró la calle vacía. Y por primera vez en tres años, sonrió sin humor.

Habían tardado más de lo que esperaba.

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