Capítulo 1 La Errante
Llevo once lunas sin manada.
Esta noche voy a morir.
No porque quiera. Porque tengo hambre.
Me expulsaron después de la prueba de caza. No derribé al ciervo. No soporté el golpe del beta. Cuando me ordenaron imponer la voz, ningún lobo bajó las orejas.
En mi manada, eso basta.
Los de pelo blanco no conservan a los débiles. Me borraron de sus registros, me dejaron esta capa gris y me echaron más allá del río.
Desde entonces ningún territorio ha sido mío.
Mi cabello sigue siendo blanco. Como el de todos los que dejé atrás. Solo que ahora está sucio, enredado con ramitas y tierra. Me llega a mitad de la espalda y nunca consigo mantenerlo trenzado. El bosque se encarga de deshacer cualquier esfuerzo.
La capa está desgarrada. Las mangas cuelgan en jirones. Tengo las uñas rotas, los nudillos abiertos, tierra bajo la piel. Si alguien de mi antigua manada me viera ahora, no necesitaría preguntar por qué me echaron. Bastaría con mirarme.
Esta noche tampoco he conseguido cazar.
El territorio que conocía quedó atrás y los siguientes están marcados. Una errante aprende a reconocer los límites ajenos. A leer la orina en los troncos, los arañazos en la corteza. Cruzarlos sin permiso puede costarte la vida.
Pero el río viene demasiado bajo. Y el hambre me vuelve estúpida.
Me interno entre los pinos del norte. Las ramas se cierran sobre mi cabeza. La oscuridad oculta cualquier rastro. Ajusto el nudo de la capa contra el pecho y sigo caminando.
Entonces el viento cambia.
Me detengo.
Hay otro lobo cerca.
Su olor no pertenece a ninguna manada que conozca. Es intenso, profundo. Como tierra húmeda y sangre vieja. Me golpea la garganta.
No está de paso. Ha marcado el territorio. Cada árbol está impregnado de él.
Y yo acabo de entrar.
Retrocedo despacio. La capa se engancha en una rama baja. Tiro y la tela se rasga con un sonido seco. El desgarrón deja mi pierna al descubierto.
Entonces lo veo.
Primero los ojos.
Rojos.
No es reflejo de la luna. Son dos puntos encendidos que me observan desde la oscuridad. Inmóviles. A una altura imposible.
Después emerge el cuerpo.
Negro. Enorme. Su silueta se traga la poca luz que atraviesa los árboles. Patas gruesas como troncos, lomo poderoso, hombros anchos. Avanza hacia mí con una tranquilidad que aterra más que si corriera.
Es más grande que el beta que me derribó en la prueba.
Intento retroceder, pero el pie se me enreda en la capa rota. Caigo de espaldas contra la tierra húmeda. El golpe me arranca el aire.
Antes de incorporarme, la sombra negra se abalanza.
Sus patas delanteras se plantan a ambos lados de mis hombros y me enjaulan por completo. Su pecho ancho me tapa el cielo. Su aliento caliente me golpea la cara. Un olor salvaje, cargado de poder, me llena los pulmones hasta marearme.
Su peso me hunde en el suelo. Puedo sentir cada músculo tenso a mi alrededor. Su pelaje negro me roza la mejilla, las clavículas, el cuello. Es espeso, suave y está hirviendo. Quema comparado con mi piel helada.
Estoy completamente debajo de él. Su cadera queda sobre la mía, sus patas traseras a los lados de mis rodillas. No hay espacio entre nosotros. Si abre las fauces, me partirá el cuello.
Voy a morir aquí. Con las manos sucias y la ropa hecha jirones. Nadie encontrará mi cuerpo.
Cierro los ojos.
Una parte de mí ya había pensado en no volver a abrirlos. Junto al río. Al borde del barranco. En las noches en que el frío me despertaba castañeteando.
Siempre retrocedía.
Ni siquiera para eso fui valiente.
Que sea él quien lo haga.
No levanto las manos. No suplico. Me quedo quieta, con la garganta expuesta, esperando el mordisco.
Pero no llega.
Baja el hocico hacia mi cabello. Siento su nariz fría rozar mis mechones blancos contra la tierra. Inspira lento, profundo, como si quisiera aprenderse mi olor. Su respiración me retumba en el pecho.
Después recorre mi sien. Mi mandíbula. El costado de mi cuello. Deja un rastro caliente y húmedo sobre mi piel sucia. No es un roce de animal. Es deliberado.
Se detiene sobre mi pulso. Lo siento latir desbocado contra su nariz. Vuelve a olerme con una intensidad que me obliga a contener la respiración. Su pecho vibra con un gruñido que me atraviesa entera.
Entonces habla.
— Errante.
La voz es grave y humana, aunque sale de la boca de una bestia.
Vuelve a acercar el hocico a mi cuello y roza mi piel con los bigotes.
— Hueles a una manada que te expulsó — murmura contra mi piel —. A tierra, a hambre...
Hace una pausa. Aprieta un poco más las patas contra el suelo, encerrándome más. Su vientre roza el mío al respirar.
— Y a mí.
Trago saliva y mi garganta roza su hocico. Mi cuerpo entero se tensa.
— ¿Qué quieres? — consigo preguntar.
Los ojos rojos se clavan en los míos, a centímetros. Por primera vez, no parece mirar una presa.
— Lo oliste venir y aun así cruzaste.
— Tenía hambre.
— Lo sé.
Su hocico desciende y roza la curva de mi hombro, apartando con cuidado el jirón de la capa. Su nariz caliente me recorre la clavícula. Estoy temblando.
— También sé que estabas dispuesta a dejarte morir.
El corazón me golpea las costillas.
Deja escapar un gruñido bajo. Ladea la cabeza y su mejilla peluda roza la mía. El contacto es breve pero abrasador. Me deja su olor pegado.
— No te voy a matar.
— ¿Por qué?
Inclina la cabeza, irritado.
— Porque todavía no puedo reclamarte.
¿Reclamarme? ¿Como parte de su territorio?
Intento mover las caderas para apartarme, pero una de sus patas se adelanta y su rodilla roza mi muslo, bloqueándome. Su peso me recuerda dónde estoy.
— No sé quién eres — susurro.
— Lo sabrás.
— No pertenezco a ninguna manada.
Sus ojos se estrechan. Acerca su hocico a mi boca, sin tocarme, compartiendo el aire. Puedo ver sus colmillos.
— Eso no significa que puedas irte.
— Entonces, ¿qué quieres de mí?
Baja la cabeza hasta que su hocico queda junto a mi oído. Siento sus colmillos rozarme el lóbulo. No me muerde.
— Que sigas viva hasta que pueda reclamarte.
No me ofrece protección. No pide permiso.
Decide por mí.
— No cierres los ojos otra vez — ordena —. No te estoy salvando.
Levanto una mano sin saber por qué. Mis dedos helados encuentran el pelaje negro de su pecho. Es espeso, caliente, completamente real. Me agarro a él, hundiendo los dedos en su calor. Es lo único caliente que he tocado en once lunas.
Él se queda inmóvil. Todo su cuerpo se tensa bajo mi palma.
— ¿Por qué no me matas?
Cierra los ojos y un gruñido profundo le recorre el pecho bajo mi mano. Lento. Peligroso.
Pero no me ataca.
Baja el hocico hasta mi sien y restriega su cabeza contra la mía, cubriéndome con su olor. Marca mi cabello blanco con el suyo negro.
— Tu garganta no es para abrirla.
Su nariz desciende tortuosamente lenta por el costado de mi cuello. Siento la humedad de su hocico, el roce de sus colmillos sin presión sobre mi pulso. Un escalofrío me recorre entera.
— Es para morderla cuando yo diga.
Me quedo sin aliento. Su cuerpo enorme sigue cubriéndome por completo, su calor filtrándose en mi piel helada, su peso entre mis piernas, su olor metido en mis pulmones.
Por primera vez en once lunas, alguien me mira como si mi existencia significara algo.
Y eso me asusta más que sus colmillos.
Intento aferrarme a su pelaje, pero los dedos pierden fuerza. El bosque se desdibuja. El frío se aleja, sustituido por el calor abrasador de su cuerpo encima del mío.
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